Ficha cinematográfica: https://www.filmaffinity.com/es/film550313.html
Crítica:
“La eternidad y un día” de Theo Angelopoulos: Los
arrepentimientos del viajero
Por Ricardo Sánchez
En 1998, Angelopoulos logró a los 63 años
la Palma de Oro en Cannes con una película de senectud sobre
los costes personales del viajero, los errores de vivir en el exilio de uno
mismo.
Siempre que uno comienza a escribir sobre una película
de Theo Angelopoulostiene la sensación de que la empresa se cobrará
mucho más de lo previsto, puessus films suelen elevarse más allá de dónde se
les presupone altura digna y requieren del espectador no sólo el paradigma de
la sensibilidad cinematográfica europea, sino también una dosis de existencia
humana para alcanzar la enormidad de lo que sus historias terminan invocando a
lo largo de sus metrajes. “La eternidad y un día” no es una excepción,
sino más bien una gloriosa ejemplificación de su cine, que en 1998 fue coronada
en Cannes con una Palma de Oro asignada bajo la rendida
armonía de un jurado que votó con unanimidad y que sancionaría para siempre al
cine de este cineasta griego con un éxito para recordar.
Si hay un recurso habitual en el cine de Angelopoulos es
el de los viajes, que sus protagonistas experimentan en todas las fases,
condiciones y niveles posibles: viajes interiores, autobiográficos, históricos,
geográficos, culturales, de vida… y a menudo todos a la vez. “La eternidad y
un día” narra la historia del último día de Alexandre antes
de ingresar en un hospital para vivir, presumiblemente, los últimos días de su
enfermedad. En ése día singular que sigue a la eternidad de su vida
pasada, Alexandre se confiesa a sí mismo haber sido siempre
un poeta exiliado de su propia vida, siempre en fuga, siempre viviendo sus
viajes y desconectando de su esposa Anna, de su hija y del resto de
la familia para encontrar lo que vive más allá de su refugio familiar,
entregado a la fe de una promesa de viajero y explorador. En el día que
sigue a la eternidad, Alexandrecomprende la añoranza vivida por
quienes le amaron, el valor de cuanto pudo haber vivido a través de los
demás y la desesperación de quiénes se resignaron a verle siempre marchar y
estar sin estar.
Desde este punto de vista, Angelopoulos nos propone
una historia que condena de partida la vida solitaria del viajero inconformista,
de quién construye la esencia de su existencia sumando capa tras capa de
vivencias exiliadas, siempre lejos de casa, abocando tal voluntad
intrépida al fatalismo último de un innegable arrepentimiento. Alexandre,
que dedica su vida a esa búsqueda inabarcable, termina sus días sumergido en la
desagradable sensación de que todos sus proyectos han quedado incompletos,
comenzando por algunos de sus proyectos poéticos, pero también las grandes
historias emocionales de su vida. Para comprobarlo, baste recordar que su
esposa murió tiempo atrás, enamorada, anhelando un día más de su compañía; o
que su hija le ha suplantado por su insensible esposo y ya no guarda con él una
relación de valor. Alexandre siente que esa búsqueda de lo que
siempre sigue a lo anterior le alejó en exceso no sólo de su propia casa y de
su familia, sino de sí mismo. Puede que una de las ideas más potentes de la
película sea la de ese exiliado que tanto caminó que cuando volvió a su país ya
no conocía la lengua. De los viajes se dice siempre que pueden tener un efecto
transformador y que producen una evolución interior cualitativa que nos
devuelve diferentes a los que fuimos, que ya no podemos “bañarnos de nuevo
en el mismo río”, ¿y qué sucede cuando la transformación es tan intensa que
olvidamos el camino a casa? Alexandre vuelve la mirada atrás
“demasiado tarde”, un concepto bien documentado en la película con palabra
propia, y ya encuentra dificultad tanto para encontrar el camino, como para
reconocer como propio su hogar: Uno en el que su esposa murió ya años atrás, y
en donde ya sólo quedan las ruinas de una casa de verano que fue escenario de
cuanto realmente aconteció, y que el marido de su hija ha vendido para ser
derruida para siempre. El lugar donde Alexandre necesita
volver al final de sus días… ya no existe. El sino fatal de un viajero
de interiores y exteriores al que Angelopoulos castiga con el arrepentimiento
final ajusticiándole con una nostalgia insoportable y el miedo profundo al
final de la vida. Película de senectud, desgarradora al mostrar la soledad interior
del final, en la que sobrevive una visión adoctrinadora y algo moralista que
reconfortará a los estilos de vida más convencionales e indignará o atemorizará
a quienes no observen las líneas de la tradición.
La longitud del metraje sirve como catalizador silencioso
del ingrediente dramático de la historia que, poco a poco, va acercando a Alexandre a
las últimas horas de su vida real. Desde que conocemos a Alexandre,
su gesto se mueve entre la sonrisa y la nostalgia más terrible, pantalla de
proyección de lo gestual que en él funciona a modo de máscara y que le sirve
para disfrazar el miedo al final. Alexandre se aferra al
último día, y después a “la última noche” con aparente sabiduría y una
resignación consciente y responsable que, sin embargo, en un momento preciso…
se rompe provocando una de las escenas más emotivas de todo el film: Alexandre ve
que incluso el chico huérfano al que ha recogido y cuidado durante el día se
dispone a despedirse de él para siempre, y ante el riesgo material de la última
soledad de su vida, Alexandre deja caer la máscara y
desguaza su gesto nostálgico para dar paso a la desesperación. La sensación le
emparenta con el anhelo último que quiénes le amaron a él sintieron otrora,
comenzando especialmente por el de su fallecida esposa Anna.
Alexandre completa el regreso que tanto se le
solicitaba y vuelve entre lágrimas haciéndose consciente de que sus manos están
vacías y que ya no existe el hogar que abandonó para ser más de lo que era. Sus
frases, en las que él jamás pensó que se reconocería, retratan su miedo y su
desesperación:
Niño – Quería despedirme de ti.
Alexandre – ¿Vas a irte esta tarde? ¿vas a irte en plena noche? Yo que creía… Me habías dado a entender… Tú también te vas. No tendré a nadie más. Sí. Pronto harás el gran viaje, los puertos… el mundo entero.
N – Adiós
A – ¡Quédate conmigo! Tienes dos horas antes de que salga el barco. Sólo tengo esta noche.
Alexandre – ¿Vas a irte esta tarde? ¿vas a irte en plena noche? Yo que creía… Me habías dado a entender… Tú también te vas. No tendré a nadie más. Sí. Pronto harás el gran viaje, los puertos… el mundo entero.
N – Adiós
A – ¡Quédate conmigo! Tienes dos horas antes de que salga el barco. Sólo tengo esta noche.
“Sólo tengo esta noche”. Resulta complicado abarcar
la desesperación de las palabras tranquilas del viajero inconformista al que ya
no le van quedando horas a las que aferrarse antes de encarar el final. Hay
en la manera cómo Bruno Ganz interpretó esas palabras una traza de
desesperación profunda que no se apoya en la intensidad teatral de un grito,
sino más bien en la resignación infinita de una frase calmada que se dice con
las manos vacías implorando la limosna de quién más tarde o más temprano nos
dejará de todos modos. “Sólo tengo esta noche” es un concepto tan
potente que merece una película para él solo, y Angelopoulos lo
convierte en un rincón común en el que el espectador no puede evitar sentirse
involucrado en tanto que muchos podríamos vivir un “sólo tengo esta
noche”. Se trata de una interpelación universal humana que sacude al
espectador conectándole violentamente con la preocupación irreductible de Alexandre y
con una sensación de soledad y temor imposible de ignorar.
No es difícil encontrar una cierta conexión entre el “Alexandre”
de “La eternidad y un día” y el “Jep
Gambardella” de “La gran Belleza”, en tanto que ambos
personajes, intrépidos y valientes, deciden buscar esa belleza auténtica
y genuina que promete transformarles y llevarles hasta un estadio superior en
el camino del aprendizaje y la experiencia. Gambardella, como
escritor, busca la pulcritud definitiva de un arte universal en el que poder
confiar sus anhelos de verdad, los pilares artísticos que le conecten con su
propia integridad humana y que le sirvan de pertrechos seguros y fidedignos
para cualquier catarsis de vida. Alexandre emprende un viaje
en condición de poeta, también en busca de otra forma de belleza, una que ensanche
su ser y su experiencia por encima de su presencia inmediata y original. Ambos
buscan una forma elevada de belleza que les ilumine y les transforme, y ambos
experimentan el elevado coste de tan ambicioso viaje. Gambardella termina
alejándose de esa autenticidad como si fuera un asíntota imposible de alcanzar
y desperdicia su tiempo siguiendo la estela de brillos baratos, de reflejos de
lentejuela entre el más ridículo establishment de la noche
romana. Alexandretampoco alcanza esa belleza cualitativa y además
termina perdiendo el camino a casa, pues ésta se deshace en su pasado un poco
en la desmemoria y en su desaparición, otro poco porque él mismo termina siendo
una pieza diferente a la que encajaba entonces. En ambos casos, se trata de
películas inscritas en el género de la senectud cuyos protagonistas, los dos
escritores, al final de sus vidas, echan la mirada atrás y hacen recuento de
daños y de haberes.
Ya no sorprende citar a Angelopoulos como uno de los
grandes demiurgos del imaginario más potente del cine europeo.
En sus películas, no es extraño que su “escritura” fílmica, dicha esta
expresión desde la jerga propia de la llamada “Teoría del Texto”
de González Requena, incluya pasajes en los que sentir el
trazo imaginativo, poético y contundente de un cineasta acostumbrado a crear
imágenes imposibles de olvidar. En “La mirada de Ulises” (1995)
sobresalía con especial vehemencia la imparable imagen de la estatua de Lenin,
troceada, desmantelada, siendo transportada por el río frente a los
trabajadores que un día creyeron en su ideal (puede que la más terrible
metáfora jamás creada para transmitir el fracaso de la Unión Soviética). En “La
eternidad y un día” destaca la poética de la imagen de la frontera con
Albania, donde el blanco de la nieve sirve como lienzo pictórico en donde Angelopoulos dispone
las figuras desalmadas de un pueblo perdido que auguran la sujeción vital del
chico a un modelo autoritario que convierte a sus ciudadanos en “figuras
encaramadas” con gestos de horror desprovistos de “grito” por el hastío del
tiempo: Una contundente visión que propone una forma de representación
del autoritarismo político y del pavor que supone la guerra.
En definitiva, un valioso metraje propio de las
reflexiones finales en las que Angelopoulos pondera los costes personales de
los viajes y los pesos que también estos tienen para aquéllos que nos
aman. Una película de senectud, de balances, de arrepentimientos y
vacíos que no esconde un cierto toque moral pero que hace sentir el
valor de lo humano como sólo el cine europeo es capaz de hacer, en este
caso con uno de sus más aclamados y paradigmáticos cineastas.

