"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".

lunes, 28 de enero de 2019

08 La eternidad y un día




Biografía autor: https://es.wikipedia.org/wiki/Theo_Angelopoulos


Crítica:

“La eternidad y un día” de Theo Angelopoulos: Los arrepentimientos del viajero
 Por Ricardo Sánchez

En 1998, Angelopoulos logró a los 63 años la Palma de Oro en Cannes con una película de senectud sobre los costes personales del viajero, los errores de vivir en el exilio de uno mismo.
Siempre que uno comienza a escribir sobre una película de Theo Angelopoulostiene la sensación de que la empresa se cobrará mucho más de lo previsto, puessus films suelen elevarse más allá de dónde se les presupone altura digna y requieren del espectador no sólo el paradigma de la sensibilidad cinematográfica europea, sino también una dosis de existencia humana para alcanzar la enormidad de lo que sus historias terminan invocando a lo largo de sus metrajes. “La eternidad y un día” no es una excepción, sino más bien una gloriosa ejemplificación de su cine, que en 1998 fue coronada en Cannes con una Palma de Oro asignada bajo la rendida armonía de un jurado que votó con unanimidad y que sancionaría para siempre al cine de este cineasta griego con un éxito para recordar.
Si hay un recurso habitual en el cine de Angelopoulos es el de los viajes, que sus protagonistas experimentan en todas las fases, condiciones y niveles posibles: viajes interiores, autobiográficos, históricos, geográficos, culturales, de vida… y a menudo todos a la vez. “La eternidad y un día” narra la historia del último día de Alexandre antes de ingresar en un hospital para vivir, presumiblemente, los últimos días de su enfermedad. En ése día singular que sigue a la eternidad de su vida pasada, Alexandre se confiesa a sí mismo haber sido siempre un poeta exiliado de su propia vida, siempre en fuga, siempre viviendo sus viajes y desconectando de su esposa Anna, de su hija y del resto de la familia para encontrar lo que vive más allá de su refugio familiar, entregado a la fe de una promesa de viajero y explorador. En el día que sigue a la eternidad, Alexandrecomprende la añoranza vivida por quienes le amaron, el valor de cuanto pudo haber vivido a través de los demás y la desesperación de quiénes se resignaron a verle siempre marchar y estar sin estar.
Desde este punto de vista, Angelopoulos nos propone una historia que condena de partida la vida solitaria del viajero inconformista, de quién construye la esencia de su existencia sumando capa tras capa de vivencias exiliadas, siempre lejos de casa, abocando tal voluntad intrépida al fatalismo último de un innegable arrepentimiento. Alexandre, que dedica su vida a esa búsqueda inabarcable, termina sus días sumergido en la desagradable sensación de que todos sus proyectos han quedado incompletos, comenzando por algunos de sus proyectos poéticos, pero también las grandes historias emocionales de su vida. Para comprobarlo, baste recordar que su esposa murió tiempo atrás, enamorada, anhelando un día más de su compañía; o que su hija le ha suplantado por su insensible esposo y ya no guarda con él una relación de valor. Alexandre siente que esa búsqueda de lo que siempre sigue a lo anterior le alejó en exceso no sólo de su propia casa y de su familia, sino de sí mismo. Puede que una de las ideas más potentes de la película sea la de ese exiliado que tanto caminó que cuando volvió a su país ya no conocía la lengua. De los viajes se dice siempre que pueden tener un efecto transformador y que producen una evolución interior cualitativa que nos devuelve diferentes a los que fuimos, que ya no podemos “bañarnos de nuevo en el mismo río”, ¿y qué sucede cuando la transformación es tan intensa que olvidamos el camino a casa? Alexandre vuelve la mirada atrás “demasiado tarde”, un concepto bien documentado en la película con palabra propia, y ya encuentra dificultad tanto para encontrar el camino, como para reconocer como propio su hogar: Uno en el que su esposa murió ya años atrás, y en donde ya sólo quedan las ruinas de una casa de verano que fue escenario de cuanto realmente aconteció, y que el marido de su hija ha vendido para ser derruida para siempre. El lugar donde Alexandre necesita volver al final de sus días… ya no existe. El sino fatal de un viajero de interiores y exteriores al que Angelopoulos castiga con el arrepentimiento final ajusticiándole con una nostalgia insoportable y el miedo profundo al final de la vida. Película de senectud, desgarradora al mostrar la soledad interior del final, en la que sobrevive una visión adoctrinadora y algo moralista que reconfortará a los estilos de vida más convencionales e indignará o atemorizará a quienes no observen las líneas de la tradición.

La longitud del metraje sirve como catalizador silencioso del ingrediente dramático de la historia que, poco a poco, va acercando a Alexandre a las últimas horas de su vida real. Desde que conocemos a Alexandre, su gesto se mueve entre la sonrisa y la nostalgia más terrible, pantalla de proyección de lo gestual que en él funciona a modo de máscara y que le sirve para disfrazar el miedo al final. Alexandre se aferra al último día, y después a “la última noche” con aparente sabiduría y una resignación consciente y responsable que, sin embargo, en un momento preciso… se rompe provocando una de las escenas más emotivas de todo el film: Alexandre ve que incluso el chico huérfano al que ha recogido y cuidado durante el día se dispone a despedirse de él para siempre, y ante el riesgo material de la última soledad de su vida, Alexandre deja caer la máscara y desguaza su gesto nostálgico para dar paso a la desesperación. La sensación le emparenta con el anhelo último que quiénes le amaron a él sintieron otrora, comenzando especialmente por el de su fallecida esposa Anna.
Alexandre completa el regreso que tanto se le solicitaba y vuelve entre lágrimas haciéndose consciente de que sus manos están vacías y que ya no existe el hogar que abandonó para ser más de lo que era. Sus frases, en las que él jamás pensó que se reconocería, retratan su miedo y su desesperación:
Niño – Quería despedirme de ti.
Alexandre – ¿Vas a irte esta tarde? ¿vas a irte en plena noche? Yo que creía… Me habías dado a entender… Tú también te vas. No tendré a nadie más. Sí. Pronto harás el gran viaje, los puertos… el mundo entero.
N – Adiós
A – ¡Quédate conmigo! Tienes dos horas antes de que salga el barco. Sólo tengo esta noche.
“Sólo tengo esta noche”. Resulta complicado abarcar la desesperación de las palabras tranquilas del viajero inconformista al que ya no le van quedando horas a las que aferrarse antes de encarar el final. Hay en la manera cómo Bruno Ganz interpretó esas palabras una traza de desesperación profunda que no se apoya en la intensidad teatral de un grito, sino más bien en la resignación infinita de una frase calmada que se dice con las manos vacías implorando la limosna de quién más tarde o más temprano nos dejará de todos modos. “Sólo tengo esta noche” es un concepto tan potente que merece una película para él solo, y Angelopoulos lo convierte en un rincón común en el que el espectador no puede evitar sentirse involucrado en tanto que muchos podríamos vivir un “sólo tengo esta noche”. Se trata de una interpelación universal humana que sacude al espectador conectándole violentamente con la preocupación irreductible de Alexandre y con una sensación de soledad y temor imposible de ignorar.
No es difícil encontrar una cierta conexión entre el “Alexandre” de “La eternidad y un día” y el “Jep Gambardella” de “La gran Belleza”, en tanto que ambos personajes, intrépidos y valientes, deciden buscar esa belleza auténtica y genuina que promete transformarles y llevarles hasta un estadio superior en el camino del aprendizaje y la experiencia. Gambardella, como escritor, busca la pulcritud definitiva de un arte universal en el que poder confiar sus anhelos de verdad, los pilares artísticos que le conecten con su propia integridad humana y que le sirvan de pertrechos seguros y fidedignos para cualquier catarsis de vida. Alexandre emprende un viaje en condición de poeta, también en busca de otra forma de belleza, una que ensanche su ser y su experiencia por encima de su presencia inmediata y original. Ambos buscan una forma elevada de belleza que les ilumine y les transforme, y ambos experimentan el elevado coste de tan ambicioso viaje. Gambardella termina alejándose de esa autenticidad como si fuera un asíntota imposible de alcanzar y desperdicia su tiempo siguiendo la estela de brillos baratos, de reflejos de lentejuela entre el más ridículo establishment de la noche romana. Alexandretampoco alcanza esa belleza cualitativa y además termina perdiendo el camino a casa, pues ésta se deshace en su pasado un poco en la desmemoria y en su desaparición, otro poco porque él mismo termina siendo una pieza diferente a la que encajaba entonces. En ambos casos, se trata de películas inscritas en el género de la senectud cuyos protagonistas, los dos escritores, al final de sus vidas, echan la mirada atrás y hacen recuento de daños y de haberes.

Ya no sorprende citar a Angelopoulos como uno de los grandes demiurgos del imaginario más potente del cine europeo. En sus películas, no es extraño que su “escritura” fílmica, dicha esta expresión desde la jerga propia de la  llamada “Teoría del Texto” de González Requena, incluya pasajes en los que sentir el trazo imaginativo, poético y contundente de un cineasta acostumbrado a crear imágenes imposibles de olvidar. En “La mirada de Ulises” (1995) sobresalía con especial vehemencia la imparable imagen de la estatua de Lenin, troceada, desmantelada, siendo transportada por el río frente a los trabajadores que un día creyeron en su ideal (puede que la más terrible metáfora jamás creada para transmitir el fracaso de la Unión Soviética). En “La eternidad y un día” destaca la poética de la imagen de la frontera con Albania, donde el blanco de la nieve sirve como lienzo pictórico en donde Angelopoulos dispone las figuras desalmadas de un pueblo perdido que auguran la sujeción vital del chico a un modelo autoritario que convierte a sus ciudadanos en “figuras encaramadas” con gestos de horror desprovistos de “grito” por el hastío del tiempo: Una contundente visión que propone una forma de representación del autoritarismo político y del pavor que supone la guerra.

En definitiva, un valioso metraje propio de las reflexiones finales en las que Angelopoulos pondera los costes personales de los viajes y los pesos que también estos tienen para aquéllos que nos aman. Una película de senectud, de balances, de arrepentimientos y vacíos que no esconde un cierto toque moral pero que hace sentir el valor de lo humano como sólo el cine europeo es capaz de hacer, en este caso con uno de sus más aclamados y paradigmáticos cineastas.


domingo, 13 de enero de 2019

07 Fitzcarraldo


Ficha Cinematográfica: https://www.filmaffinity.com/es/film430661.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Fitzcarraldo

Biografía Autor: https://es.wikipedia.org/wiki/Werner_Herzog

Trailer :   https://www.youtube.com/watch?v=MDQyBmZa8vY

Libro: https://www.blackiebooks.org/catalogo/conquista-de-lo-inutil/5/

Fragmento Musical: https://www.youtube.com/watch?v=jhrsQP8Bj_U&list=RDEMRW4Yd_gCCmqM2ryC0gxBsg&index=18


Crítica: 


Cinco palabras. «Señor todopoderoso, envíanos un terremoto». No hace falta más para expresar la desesperación en la que se convirtió el rodaje de 'Fitzcarraldo', con el equipo atrapado en una selva infernal. Enfrentados a las inclemencias meteorológicas, a la falta de financiación, al 'absurdo' empeño de hacer pasar un barco por una inaccesible montaña, a la tentación de asesinar a Klaus Kinski..., Werner Herzog (Múnich, 1942) resume con esta frase la carencia más absoluta que le lleva a dirigirse a Dios en busca de consuelo. En tal extrema situación, no es raro que un temblor de tierra la pareciera al cineasta alemán la mejor de las soluciones.

'Conquista de lo inútil' es un libro lleno de frases redondas, pero falto de ligazón en los párrafos. Las palabras son pinceladas que se van uniendo para dibujar un cuadro, surrealista por supuesto, en el que va apareciendo una verdad, un orden, a partir del más absoluto caos. Entre el 16 de junio de 1979 y 4 de noviembre de 1981, Herzog escribió un diario en paralelo a la realización de la que él considera su «mejor película» y que le valió la Palma de Oro de Cannes, en 1982. Un cuarto de siglo después, el muniqués se decidió a darle forma (es un decir) y publicarlo. «No me había atrevido a enfrentarme a esas páginas con anterioridad», ha admitido a menudo. Ahora, la editorial Blackie Books presenta en España esta obra que si no fuera por lo salvaje del relato podría parecer desternillante.
Así, Herzog relata cómo le desaparecían bidones de gasolina del campamento amazónico de Iquitos (Perú). Los nativos explicaban que se los había llevado una crecida de las aguas, pero días después aparecían río arriba. Llama la atención el gusto por empinar el codo de aquellas gentes. El equipo de rodaje también participaba de la costumbre, claro. Algunos episodios son hilarantes. Herzog cuenta cómo la moto que utilizaba se estropeó y llamó a un mecánico que se acercó con su ayudante. Sin embargo, antes de reparar el vehículo, optaron por entrar en la taberna. Unas horas más tarde, fue a buscarlos y los encontró sentados en el suelo, cantando botella en mano. El director trató de incorporar al aprendizn -su jefe acababa de dormirse-, aunque sólo logró que se girara y que él también cogiera el sueño.
Sin duda, 'Fitzcarraldo' se realizó en una tierra inhóspita donde todo llega a las últimas consecuencias.
Sea el vicio, la tentación, la grandeza o el talento. A lo largo de los dos años que le costó pasar un barco desde el río Camisea hasta Urubamba, hay dos indios que se le presentan al cineasta de manera recurrente pidiéndole permiso para asesinar a Kinski. La vida y la muerte pasan cogidas de la mano para estos macheteros que no dudan en amputarse un pie. En una de las batidas por la ladera de la montaña para abrir paso al navío, una serpiente muerde a uno de los trabajadores y este no duda en desviar el golpe de su cuchillo y seccionarse la extremidad infectada. Un gesto salvaje que el responsable de 'Teniente corrupto' recoge en estas páginas, en las que son muy pocos los detalles sobre la propia película.
Una lucha de excesos
En realidad, resulta más novedoso saber de los sentimientos de Herzog que de cómo llevó a cabo tal faraónica aventura. A estas alturas todo el mundo conoce que este bávaro casi mata al actor que dio vida a Brian Fitzgeral (en la vida real, Carlos Fermín Fitzcarrald, el empresario cauchero que quiso inaugurar una Ópera en la selva), que escaló una montaña con un barco a cuestas y que los protagonistas iniciales, Jason Robards y Mike Jagger -el Rolling Stone-, abandonaron la nave hartos de tanta tempestad. Más allá del cotilleo de portal, pocas novedades se pueden esperar sobre 'Fitzcarraldo'.
«Hoy, miércoles 4 de noviembre de 1981, poco después de las doce del mediodía, hemos conseguido pasar el barco desde el río Camisea por encima de la montaña hasta el río Urubamba». Con ese apunte da fe de la hazaña. Unas líneas antes muestra su estado de ánimo: «No he sentido ningún dolor, ninguna alegría, ninguna excitación, no he oído ningún sonido ni he respirado de alivio. Sólo la conciencia de haber hecho algo totalmente inútil, o, más exactamente, de haber penetrado en la profundidad de su reino misterioso».
Inexplicable epopeya
A todas luces, la epopeya iniciada en San Francisco, dos años antes, es una de las locuras más estúpidas y geniales que alguien ha podido imaginar. ¿Por qué una persona abandona la comodidad de la mansión de Francis Ford Coppola para pasar penurias en la selva? Tampoco en la 20th Century Fox podían entenderlo. «Aquí se da por sentado que subiremos un barquito de plástico por una montaña en algún estudio de cine, tal vez incluso en un jardín botánico que no esté muy lejos, por qué no San Diego, allí hay invernaderos con buenas plantas tropicales», escribe. «He preguntado cuáles son entonces las malas plantas tropicales y he agregado que más bien se da por sentado que será un verdadero barco de vapor sobre una montaña de verdad, pero no por una cuestión de realismo sino por la característica estilización de las grandes obras. A partir de ese momento, las palabras que hemos intercambiado se han cubierto de una fina capa de gélida escarcha», explica.
El calor surge en cada aparición de Kinski. La más interesante revelación viene de los recuerdos del rodaje de 'Aguirre, la cólera de Dios' con su jefe de producción, Walter Saxer. «Ayer hablé largo rato sobre 'Aguirre' y me vino a la memoria una serie de atrocidades que en parte había olvidado y en parte había reprimido deliberadamente», relata. Hace memoria de cómo Kinski presumía de «hombre de la naturaleza» y se negaba a ocupar la habitación del único hotel que había por entonces en Machu Pichu. Al segundo día se mudó bajo techo, para desgracia de los demás huéspedes.

 Pocas veces he sentido como en esta película la complejidad de un rodaje. Se puede decir que esas memorias son cine en sí mismas. Y es que la filmación de esta gran narración de aventuras es una película dentro de la película, de forma similar a lo que vivió Coppola en jungla filipina, y es desde la casa de Coppola donde empieza precisamente el recuerdo de Herzog. Filmada en localizaciones de Iquitos, Perú, esta película está inspirada en la personalidad de Carlos Fitzcarrald, comerciante de caucho y eventual explorador, cuya documentada brutalidad con los indígenas iba pareja con su egolatría y su desmesura: capaz de remontar un enorme barco de vapor por una cresta de quinientos metros de altitud. Pero la locura de Herzog no fue menor: repetir exactamente la misma hazaña, elevando con poleas el casco del barco, sin recurrir jamás a maquetas ni efectos de ninguna clase, hiriendo a varios actores, cruzando el umbral de lo humano e instalándose en el de animal sin raciocinio.



Brian Sweeney Fitzgerald (Klaus Kinski), alias “Fitzcarraldo”, está obsesionado con la idea de construir un teatro de la ópera en un remoto pueblo de la selva peruana. Para alcanzar su objetivo necesita enriquecerse, por lo que no dudará en acometer una compleja aventura que le llevará a cruzar el Amazonas y  atravesar montañas con su barco de vapor para conseguir caucho.



Hubo un tiempo en el que Werner Herzog era uno de los cineastas más singulares y arriesgados del panorama cinematográfico mundial. Un tiempo en el que el genio alocado de este cineasta legó a la historia del cine joyas tales como Aguirre, la cólera de Dios (Aguirre der Zorn Gottes, 1972), Nosferatu, vampiro de la noche (Nosferatu: Phantom der Nacht, 1979) o la cinta que nos ocupa, que es la obra más conseguida de su filmografía.



Se trata del hipnótico relato de un soñador, amante de la ópera y de la voz de Enrico Caruso, que pretende extender su fascinación por este arte tan refinado y civilizado allá donde todavía prevalecen los mitos y la exuberancia natural.



La filmación de Fitzcarraldo en las selvas de Ecuador y Perú, supuso una odisea casi tan demencial como la empresa que narra su argumento, viéndose sacudida por accidentes, enfermedades y continuos roces entre el director y su actor principal, un Kinski que se muestra muy preciso en la interpretación de su romántico personaje.


"Herzog y Kinski"

A pesar de que ya habían trabajado juntos en varias ocasiones, Kinski fue la segunda opción de Herzog para este papel, siéndole ofrecido sólo tras la negativa a éste de Jason Robards (Esto puede deberse al carácter "inestable" del actor). Originariamente, Mick Jagger también tenía que haber participado en la película como asistente de Fitzcarraldo, pero su contrato expiró y acabó yéndose de gira con los Rolling Stones.


"Herzog y Kinski... otra vez"

La película, como otras de su autor, tiene un tono semidocumental que se deriva del hiperrealismo y la agudeza con la que Herzog consigue captar la atmósfera de la selva amazónica.


"Foto del rodaje de Fitzcarraldo"

El cine de Herzog emana un cierto primitivismo que procede del enfrentamiento de sus personajes, ya no sólo con la inmensidad del paisaje que los envuelve, tal y como hacía el pintor Friedrich en sus obras, sino también con sus pasiones e instintos más primarios; lo que convierte a sus mejores trabajos en piezas de arqueología, eslabones perdidos de un modo de hacer cine que ya no existe.



No sé exactamente si ‘Fitzcarraldo’ es una película, un documental, una locura o una gigantesca brutalidad. Quizá lo sea todo al mismo tiempo, pero no podría asegurarlo. De lo que sí estoy seguro es de que es una experiencia sensorial obligatoria para todos los amantes del cine (a los que puede fascinarles o repugnarles, sin término medio, y puede que ambas cosas a cada minuto) y una cita imprescindible para todos aquellos que crean que el arte es eso que, precisamente, más nos pone nerviosos. Una aventura sin regreso a casa.