"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".
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miércoles, 5 de mayo de 2021

Ciclo de Cine Mediterráneo: La Mirada de Ulises (Theo Angelopoulos 1995)

 





Ficha Cinematográfica: https://www.filmaffinity.com/es/film453833.html

Enlaces para ver el film: https://www.amazon.es/dp/B0030IL56C?tag=filmaffinity-21

Sinopsis:

Un cineasta griego, exiliado en los Estados Unidos, regresa a su ciudad natal para emprender un apasionante viaje. De Albania a Macedonia, de Bucarest a Constanza (Rumanía), a través del Danubio hasta Belgrado y por fin a Sarajevo. En su camino se cruza con su propia historia, con el pasado de los Balcanes, con las mujeres que podría amar. Espera recobrar con estas imágenes olvidadas la inocencia de la primera mirada.

Crítica: 

“Cuando regrese, lo haré con las ropas de otro, con el nombre de otro. Nadie me esperará. Si me dijeras que no soy yo, te daría pruebas y me creerías. Te hablaría del limonero de tu jardín, de la ventana por donde entra la luz de la luna, y de las señales del cuerpo. Señales de amor. Y cuando subamos temblorosos a la habitación, entre abrazos, entre susurros de amor, te contaré mi viaje, toda la noche, y las noches venideras. Entre abrazos; entre susurros de amor. Toda la aventura humana. La historia sin fin”.

Un director griego de cine (Harvey Keitel), exiliado durante años en Estados Unidos, regresa a su tierra natal para iniciar un largo viaje, a través de los Balcanes, en busca de una vieja película de principios de siglo que se creía perdida.

Obra mayor de Theo Angelopoulos. Inspirándose en la Odisea de Homero, de la que toma ciertos elementos narrativos y simbólicos, el director griego emprende un trascendental viaje al corazón herido de Europa, y al alma humana misma, para reflexionar acerca de un pasado recogido en miradas de celuloide que es preciso recuperar. Con esta película, probablemente la mejor de su carrera, Angelopoulos recuerda que nuestra memoria también es cinematográfica, y que ésta debe ser conservada, como todo tesoro artístico, más allá del caos moral y material de un mundo autodestructivo.

De igual modo que Odiseo, o Ulises, ansiaba volver a Ítaca tras la prolongada guerra de Troya en el célebre poema homérico, aquí el cineasta al que interpreta un lacónico Harvey Keitel, álter ego del propio Angelopoulos, vive obsesionado con la idea de encontrar tres bovinas de negativo aún sin revelar atribuidas a los pioneros hermanos Manakis. En su camino, a caballo entre las fronteras actuales de Grecia, Albania, Macedonia, Bulgaria, Rumanía, Serbia y Bosnia, no se topará con cíclopes, sirenas, diosas en celo o monstruos marinos de los que escapar, pero sí con una Penélope (Maïa Morgenstern) cuyas facciones se repiten en cada rostro de mujer que conoce, así como con viejos y nuevos conocidos, entre los que se halla el gran Erland Josephson, que lo ayudarán a alcanzar su destino en un contexto deprimido por la guerra.

“Conócete a ti mismo”, decía la inscripción del templo de Apolo en Delfos. La búsqueda de las bovinas no es más que una excusa que el autor de Paisaje en la niebla utiliza para afrontar el conocimiento de sí mismo y el de su personaje, el del pasado individual y colectivo de un pueblo desgastado a causa de un siglo de continuos enfrentamientos. Recuperar la película de los Manakis supone recuperar la inocencia de la primera mirada, la inocencia anterior al inicio de los conflictos.

Como es habitual en el realizador griego, la puesta en escena, envuelta por una atmósfera húmeda y neblinosa, se estructura a través de largos planos secuencia magistralmente coreografiados. Su trabajo detrás de las cámaras es el de un maestro que ha alcanzado la cima de su arte.

El filme culmina en el interior de una sala de cine de Sarajevo derruida por las bombas. Allí, emulando a Odiseo, en uno de los finales más hermosos y tristes que recuerdo, el protagonista recita los versos del poema que encabeza la reseña. Su viaje, que es el de todos nosotros, ha concluido. Toca al espectador decidir si este ha merecido o no la pena.



miércoles, 28 de abril de 2021

Ciclo de Cine Mediterráneo: El apicultor (Theo Angelopoulos 1986)

 



Sugerencia de enlace para ver el film: https://mubi.com/films/the-beekeeper-1986

Sinopsis: 

El día en el que se casa su hija, Spiros, un apicultor maduro y desilusionado, emprende un viaje hacia el sur, llevando todas sus colmenas. Durante el viaje conocerá a una muchacha con la que entablará relación, y se reencontrará con sus antiguos camaradas, antes de llegar al final del viaje en la tierras de sus orígenes.

El mítico actor Marcello Mastroianni decidió unir su talento con el del reputado cineasta griego Theodoros Angelopoulos ("La eternidad y un día") y el resultado fue esta sujestiva y melancólica cinta, que se nutre de la gran interpretación del italiano y de la banda sonora compuesta por un habitual del director, Eleni Karaindrou ("Viaje a Cítera"). Llena de filosofía, esta pequeña obra maestra rebosa poesía y soledad y sigue los esquemas básicos del realizador: ritmo pausado y tomas largas y ambiguas.


Crítica  (Mario Arango Escobar): 


El director griego nos propone, de nuevo, un viaje. En esta oportunidad, el  viajero es un viejo maestro de escuela, que después de romper con su vida actual, decide  retomar el antiguo oficio familiar, de apicultor, y emprender un  recorrido hacia el pasado, hacia su memoria, hacia sus raíces…

La película se inicia con una imagen de una mesa tendida, que habla de una celebración. Simultáneamente, una voz en off, la de Spiros (Marcelo Mastroianni), nos relata el itinerario de las abejas en las colmenas.

Seguidamente asistimos a la boda de la hija menor  del protagonista, y llama la atención la atmósfera fúnebre y melancólica de este acontecimiento. Ciertamente, este será el tono que ha de permear toda la historia. Algo parecido a un presagio de una tragedia, de una muerte anunciada.

Una vez que la ceremonia ha terminado, el viejo apicultor emprende el viaje hacia el sur de Grecia, en compañía de sus abejas.

En el recorrido, inicialmente se encuentra con los viejos amigos de juventud. Compañeros de luchas estériles que sienten que han fracasado en lograr un mundo mejor. Ahora, después de los años, la frustración los ha sumido en un estado de vacío existencial.

Siguiendo el viaje, Spiros va a encontrarse con una joven mujer, que le sirve de contrapunto a su desesperanza, casi como un llamado para que el viejo profesor recupere la alegría de vivir. La mujer, al igual que él, también quiere partir, pero no hacia el pasado, ni hacia el futuro, solamente partir;  llévame donde quieras, pero lejos de aquí”…le dice.

Angelopoulos nos muestra a dos solitarios, que lo único que tienen en común es justamente la soledad y el deseo de no detenerse. Entre ellos impera el silencio, ninguno de los dos conoce nada del otro. El poder de la seducción se hace presente, pero limitado, quizás debido a la diferencia generacional, lo que convierte a estos seres perdidos y  ensimismados, en víctimas de una dependencia mutua.

Si bien, la idea del viaje, como en todos los films del director griego, es el eje central de “El apicultor”, no es menos claro su interés en insistir en las relaciones con la historia y con las tradiciones de la Grecia profunda.

La mitología está presente, no sólo en esta nueva odisea de Spiros, que es este viaje hacia sus orígenes. También podemos encontrar sus ecos en la figura de los dos protagonistas, y particularmente en la relación incestuosa (tema recurrente en la literatura griega) que tiene lugar en el escenario del viejo teatro.

De igual manera, la tragedia griega, particularmente el teatro, están presentes en repetidas alusiones como aquella, donde Spiros dice haber encontrado la máscara de su padre.

Como es frecuente en el cine de Angelopoulos, el tiempo corre con marcada lentitud, como si el tiempo no pasara, y esto refuerza el clima de profunda melancolía existencial del protagonista. Una melancolía que parece ser causada por ese destino irremediable que Spiros no puede cambiar. Sólo la muerte, en la tierra de su infancia, hará posible el encuentro con la paz, con la verdadera primavera, con una vida llena de luz, como lo insinúa el bellísimo plano final.


miércoles, 9 de diciembre de 2020

Ciclo de cine del Este y los Balcanes: Paisaje en la niebla (Theo Angelopoulos 1988)

 


“Normalmente, las personas van al cine por el tiempo perdido, fugado o aún no obtenido. Van al cine buscando experiencia de la vida, porque el cine amplía enriquece y profundiza la experiencia del ser humano…”

Andréi Tarkovski


Ficha cinematográfica: https://www.filmaffinity.com/es/film768590.html


Sinopsis/Crítica: https://www.tiempodecine.co/web/algo-a-que-aferrarse/

  El viaje como retrato de un país y de su historia, de un anhelo futuro y de la vida misma, expresados por medio de una simbiosis entre el teatro, la poesía y el cine.

Theo Angelopoulos prosigue con sus constantes vitales y cinematográficas en Paisaje en la niebla, si bien parece abrir ligeramente el hermetismo tradicional de su obra e incluso rebajar la exigencia formal -planos un tanto más breves y lenguaje un tanto más convencional-, en comparación con las dos obras precedentes de la denominada trilogía del silencio: Viaje a Citera y El apicultor. En ambos casos, no obstante, se trata de cambios exiguos que no afrentan contra el estilo o las inquietudes del autor griego.

           En Paisaje en la niebla, dos niños abandonan su casa y a su madre para embarcarse en una odisea imposible hasta Alemania, en pos de encontrarse con un padre que ni siquiera tienen.

La travesía se desarrolla en la frontera entre la fábula y el sueño, en las profundidades insondables de un universo de aliento lírico, melancólico y terrible en el que los descubrimientos de la existencia se acompañan indisociablemente de las continuas frustraciones –el cuento, el billete, el pasaporte,…- y los traumas que produce vivir –y, es más, vivir en sociedad; vivir en Grecia, vivir en la Europa del momento-. La eterna búsqueda de respuestas que solo conduce a nuevas y más dificultosas preguntas.

Un cosmos irreal y humano al mismo tiempo donde el verso y la poesía chocan agresivamente con recursos tan devastadores como ese tremebundo y violentísimo plano sostenido contra la parte trasera de un camión estacionado. Pocas veces en el cine la inmovilidad ha resultado tan abrumadoramente lacerante.

           Pero a pesar de lo mencionado en el primer párrafo, la propuesta de Angelopoulos continúa siendo un trabajo muy exigente, puesto que, como les dirán a sus protagonistas, “el tiempo parece no importarle, pero tiene prisa por irse; parece viajar sin rumbo, pero va a algún sitio”. Paisaje en la niebla es opaca en su simbolismo de tibia impronta surrealista –reconozco que me es difícil interpretar el significado ciertas imágenes, si lo hay- y adolece de un exceso de engolamiento y solemnidad en la formulación de su lirismo.

Claro que quizás en las causas de estos mismos defectos se encuentre también el origen de las poderosas sugerencias y lecturas de otras de sus composiciones, de la relación de los hermanos protagonistas con los encuentros del camino, y, a su vez, con un paisaje grisáceo, sucio y desapacible, constituido también como personaje y alegoría, todo uno.

La vida como un fotograma nebuloso, a la espera de ser revelado.


lunes, 28 de enero de 2019

08 La eternidad y un día




Biografía autor: https://es.wikipedia.org/wiki/Theo_Angelopoulos


Crítica:

“La eternidad y un día” de Theo Angelopoulos: Los arrepentimientos del viajero
 Por Ricardo Sánchez

En 1998, Angelopoulos logró a los 63 años la Palma de Oro en Cannes con una película de senectud sobre los costes personales del viajero, los errores de vivir en el exilio de uno mismo.
Siempre que uno comienza a escribir sobre una película de Theo Angelopoulostiene la sensación de que la empresa se cobrará mucho más de lo previsto, puessus films suelen elevarse más allá de dónde se les presupone altura digna y requieren del espectador no sólo el paradigma de la sensibilidad cinematográfica europea, sino también una dosis de existencia humana para alcanzar la enormidad de lo que sus historias terminan invocando a lo largo de sus metrajes. “La eternidad y un día” no es una excepción, sino más bien una gloriosa ejemplificación de su cine, que en 1998 fue coronada en Cannes con una Palma de Oro asignada bajo la rendida armonía de un jurado que votó con unanimidad y que sancionaría para siempre al cine de este cineasta griego con un éxito para recordar.
Si hay un recurso habitual en el cine de Angelopoulos es el de los viajes, que sus protagonistas experimentan en todas las fases, condiciones y niveles posibles: viajes interiores, autobiográficos, históricos, geográficos, culturales, de vida… y a menudo todos a la vez. “La eternidad y un día” narra la historia del último día de Alexandre antes de ingresar en un hospital para vivir, presumiblemente, los últimos días de su enfermedad. En ése día singular que sigue a la eternidad de su vida pasada, Alexandre se confiesa a sí mismo haber sido siempre un poeta exiliado de su propia vida, siempre en fuga, siempre viviendo sus viajes y desconectando de su esposa Anna, de su hija y del resto de la familia para encontrar lo que vive más allá de su refugio familiar, entregado a la fe de una promesa de viajero y explorador. En el día que sigue a la eternidad, Alexandrecomprende la añoranza vivida por quienes le amaron, el valor de cuanto pudo haber vivido a través de los demás y la desesperación de quiénes se resignaron a verle siempre marchar y estar sin estar.
Desde este punto de vista, Angelopoulos nos propone una historia que condena de partida la vida solitaria del viajero inconformista, de quién construye la esencia de su existencia sumando capa tras capa de vivencias exiliadas, siempre lejos de casa, abocando tal voluntad intrépida al fatalismo último de un innegable arrepentimiento. Alexandre, que dedica su vida a esa búsqueda inabarcable, termina sus días sumergido en la desagradable sensación de que todos sus proyectos han quedado incompletos, comenzando por algunos de sus proyectos poéticos, pero también las grandes historias emocionales de su vida. Para comprobarlo, baste recordar que su esposa murió tiempo atrás, enamorada, anhelando un día más de su compañía; o que su hija le ha suplantado por su insensible esposo y ya no guarda con él una relación de valor. Alexandre siente que esa búsqueda de lo que siempre sigue a lo anterior le alejó en exceso no sólo de su propia casa y de su familia, sino de sí mismo. Puede que una de las ideas más potentes de la película sea la de ese exiliado que tanto caminó que cuando volvió a su país ya no conocía la lengua. De los viajes se dice siempre que pueden tener un efecto transformador y que producen una evolución interior cualitativa que nos devuelve diferentes a los que fuimos, que ya no podemos “bañarnos de nuevo en el mismo río”, ¿y qué sucede cuando la transformación es tan intensa que olvidamos el camino a casa? Alexandre vuelve la mirada atrás “demasiado tarde”, un concepto bien documentado en la película con palabra propia, y ya encuentra dificultad tanto para encontrar el camino, como para reconocer como propio su hogar: Uno en el que su esposa murió ya años atrás, y en donde ya sólo quedan las ruinas de una casa de verano que fue escenario de cuanto realmente aconteció, y que el marido de su hija ha vendido para ser derruida para siempre. El lugar donde Alexandre necesita volver al final de sus días… ya no existe. El sino fatal de un viajero de interiores y exteriores al que Angelopoulos castiga con el arrepentimiento final ajusticiándole con una nostalgia insoportable y el miedo profundo al final de la vida. Película de senectud, desgarradora al mostrar la soledad interior del final, en la que sobrevive una visión adoctrinadora y algo moralista que reconfortará a los estilos de vida más convencionales e indignará o atemorizará a quienes no observen las líneas de la tradición.

La longitud del metraje sirve como catalizador silencioso del ingrediente dramático de la historia que, poco a poco, va acercando a Alexandre a las últimas horas de su vida real. Desde que conocemos a Alexandre, su gesto se mueve entre la sonrisa y la nostalgia más terrible, pantalla de proyección de lo gestual que en él funciona a modo de máscara y que le sirve para disfrazar el miedo al final. Alexandre se aferra al último día, y después a “la última noche” con aparente sabiduría y una resignación consciente y responsable que, sin embargo, en un momento preciso… se rompe provocando una de las escenas más emotivas de todo el film: Alexandre ve que incluso el chico huérfano al que ha recogido y cuidado durante el día se dispone a despedirse de él para siempre, y ante el riesgo material de la última soledad de su vida, Alexandre deja caer la máscara y desguaza su gesto nostálgico para dar paso a la desesperación. La sensación le emparenta con el anhelo último que quiénes le amaron a él sintieron otrora, comenzando especialmente por el de su fallecida esposa Anna.
Alexandre completa el regreso que tanto se le solicitaba y vuelve entre lágrimas haciéndose consciente de que sus manos están vacías y que ya no existe el hogar que abandonó para ser más de lo que era. Sus frases, en las que él jamás pensó que se reconocería, retratan su miedo y su desesperación:
Niño – Quería despedirme de ti.
Alexandre – ¿Vas a irte esta tarde? ¿vas a irte en plena noche? Yo que creía… Me habías dado a entender… Tú también te vas. No tendré a nadie más. Sí. Pronto harás el gran viaje, los puertos… el mundo entero.
N – Adiós
A – ¡Quédate conmigo! Tienes dos horas antes de que salga el barco. Sólo tengo esta noche.
“Sólo tengo esta noche”. Resulta complicado abarcar la desesperación de las palabras tranquilas del viajero inconformista al que ya no le van quedando horas a las que aferrarse antes de encarar el final. Hay en la manera cómo Bruno Ganz interpretó esas palabras una traza de desesperación profunda que no se apoya en la intensidad teatral de un grito, sino más bien en la resignación infinita de una frase calmada que se dice con las manos vacías implorando la limosna de quién más tarde o más temprano nos dejará de todos modos. “Sólo tengo esta noche” es un concepto tan potente que merece una película para él solo, y Angelopoulos lo convierte en un rincón común en el que el espectador no puede evitar sentirse involucrado en tanto que muchos podríamos vivir un “sólo tengo esta noche”. Se trata de una interpelación universal humana que sacude al espectador conectándole violentamente con la preocupación irreductible de Alexandre y con una sensación de soledad y temor imposible de ignorar.
No es difícil encontrar una cierta conexión entre el “Alexandre” de “La eternidad y un día” y el “Jep Gambardella” de “La gran Belleza”, en tanto que ambos personajes, intrépidos y valientes, deciden buscar esa belleza auténtica y genuina que promete transformarles y llevarles hasta un estadio superior en el camino del aprendizaje y la experiencia. Gambardella, como escritor, busca la pulcritud definitiva de un arte universal en el que poder confiar sus anhelos de verdad, los pilares artísticos que le conecten con su propia integridad humana y que le sirvan de pertrechos seguros y fidedignos para cualquier catarsis de vida. Alexandre emprende un viaje en condición de poeta, también en busca de otra forma de belleza, una que ensanche su ser y su experiencia por encima de su presencia inmediata y original. Ambos buscan una forma elevada de belleza que les ilumine y les transforme, y ambos experimentan el elevado coste de tan ambicioso viaje. Gambardella termina alejándose de esa autenticidad como si fuera un asíntota imposible de alcanzar y desperdicia su tiempo siguiendo la estela de brillos baratos, de reflejos de lentejuela entre el más ridículo establishment de la noche romana. Alexandretampoco alcanza esa belleza cualitativa y además termina perdiendo el camino a casa, pues ésta se deshace en su pasado un poco en la desmemoria y en su desaparición, otro poco porque él mismo termina siendo una pieza diferente a la que encajaba entonces. En ambos casos, se trata de películas inscritas en el género de la senectud cuyos protagonistas, los dos escritores, al final de sus vidas, echan la mirada atrás y hacen recuento de daños y de haberes.

Ya no sorprende citar a Angelopoulos como uno de los grandes demiurgos del imaginario más potente del cine europeo. En sus películas, no es extraño que su “escritura” fílmica, dicha esta expresión desde la jerga propia de la  llamada “Teoría del Texto” de González Requena, incluya pasajes en los que sentir el trazo imaginativo, poético y contundente de un cineasta acostumbrado a crear imágenes imposibles de olvidar. En “La mirada de Ulises” (1995) sobresalía con especial vehemencia la imparable imagen de la estatua de Lenin, troceada, desmantelada, siendo transportada por el río frente a los trabajadores que un día creyeron en su ideal (puede que la más terrible metáfora jamás creada para transmitir el fracaso de la Unión Soviética). En “La eternidad y un día” destaca la poética de la imagen de la frontera con Albania, donde el blanco de la nieve sirve como lienzo pictórico en donde Angelopoulos dispone las figuras desalmadas de un pueblo perdido que auguran la sujeción vital del chico a un modelo autoritario que convierte a sus ciudadanos en “figuras encaramadas” con gestos de horror desprovistos de “grito” por el hastío del tiempo: Una contundente visión que propone una forma de representación del autoritarismo político y del pavor que supone la guerra.

En definitiva, un valioso metraje propio de las reflexiones finales en las que Angelopoulos pondera los costes personales de los viajes y los pesos que también estos tienen para aquéllos que nos aman. Una película de senectud, de balances, de arrepentimientos y vacíos que no esconde un cierto toque moral pero que hace sentir el valor de lo humano como sólo el cine europeo es capaz de hacer, en este caso con uno de sus más aclamados y paradigmáticos cineastas.