"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".
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jueves, 5 de enero de 2023

Ciclo: una pincelada por Oriente Medio. MIEL Semih Kaplanoglu 2010

 



Sinopsis: Yusuf tiene seis años y acaba de empezar el colegio, donde aprende a leer y a escribir. Su padre Yakup es apicultor. Se adentra regularmente en los bosques para colgar las colmenas de los árboles más altos. El bosque montañoso está lleno de misterios para Yusuf, que disfruta acompañando a su padre. Hasta que un día las abejas desaparecen y Yakup decide adentrarse en el bosque para descubrir qué ha ocurrido. Oso de Oro en Berlín 2010.


Crítica: Bal nos adentra con una mirada limpia y transparente en una familia humilde y en un entorno de una belleza majestuosa y cruel. A través de Yusuf, en un tempo lento y sin accesorios que puedan distraernos, el director se negó a añadir música al no creerla necesaria para mostrar lo cotidiano, asistimos a la vida de un niño que está aprendiendo a leer y la de su padre que debe adentrarse en los bosques para colgar colmenas.

Los motivos son simples, pero cuánto amor hay en el tratamiento de estos personajes. El director deja la cámara y en largos planos nos aproxima a un tiempo y a unos seres auténticos, a su esencia, a lo que tienen en su interior. Hay en esa mirada de Yusuf la inocencia y avidez de un mundo descubrir. Lástima que como la luna que reflejada en un cubo de agua desaparece apenas con un chapoteo, la realidad se atreva a romper ese equilibrio.
Melosa, tierna y suave como el manjar que producen las abejas, es esta película del turco Semik Kaplanoglu. Deja un sabor muy agradable, un olor a naturaleza campestre, una rememoración de aquel tiempo en que fuimos un niño de pueblo o de aldea, sin televisión ni mp3, pero donde éramos ricos en bienes sencillos y nobles como jamás lo volveremos a ser, por el aire y el agua puros que forman parte de nuestro día a día, por los huevos, la leche, la miel, el pan, los tomates tan auténticos que formaban parte habitual de nuestra vida, cual cosas normales pero que eran tesoros de enorme magnítud.

Esto y más es lo que vemos en esta historia de ritmo tranquilo, pueblerino y arbóreo que nos llega al alma de todos aquellos que hemos conocido esa experiencia en mayor o menos medida.

miércoles, 26 de mayo de 2021

Ciclo de Cine Mediterráneo: Miel (Semih Kaplanoğlu 2010)

 



Enlaces para ver el film:    https://www.filmin.es/pelicula/miel-2010

Sinopsis: El pequeño y sensible Yusuf tiene seis años y acaba de empezar la escuela primaria, donde aprende a leer y escribir. Su padre, Yakup, se dedica a la apicultura. Ambos se adentran regularmente en la espesura del bosque para colgar las colmenas de los árboles más altos. Un día, las abejas desaparecen misteriosamente y, entonces, Yakup decide averiguar la causa.

Tercera entrega de la "Trilogía de Yusuf" que muestra los cambios sociales y económicos en las provincias de Anatolia. La trilogía está formada por Huevo (2007), Leche (2008) y Miel (2010).


Comentarios de Semih Kaplanoglu (guionista y realizador)


La trilogía de Yusuf
BAL es la tercera película de la trilogía de Yusuf. Esta trilogía empezó a tomar forma cuando revisaba un guión que había escrito hacía tiempo y que contaba a grandes rasgos la historia de Yusuf hacia el fin de su adolescencia, tal como aparece en Süt/Leche. Mientras trabajaba en el personaje de Yusuf, empecé a pensar en el futuro del joven (Yumurta/Huevo) y en su pasado (Bal/Miel). Así nació la trilogía. Empecé con Yumurta/Huevo quizá porque quería desnudar lentamente al personaje hasta llegar al núcleo. La trilogía puede verse como un largo flashback, pero en ningún momento son películas de época. Todas transcurren en el momento actual y en diferentes lugares; las relaciones y niveles económicos difieren.

Me han preguntado si los tres Yusuf son el mismo. Prefiero no contestar para no revelar sus secretos, la relación directa e indirecta entre las películas, y sus misterios.

Mis experiencias personales
Me basé en mis experiencias para dar forma al personaje de Yusuf. Puede decirse que Yusuf lleva parte de mí en su interior. Hay referencias a mi infancia en los tres guiones y me parece que he sido capaz de plasmar con realismo los problemas y la búsqueda de Yusuf. Mi infancia está muy presente en BAL/MIEL. Los problemas en la escuela cuando intentaba aprender a leer y a escribir, las preguntas que hacía y que nadie contestaba, la intensa crueldad y riqueza de la naturaleza. En muchos aspectos, el niño da forma a su personalidad mientras descubre el mundo con curiosidad. Puede que un malentendido le lleve a cometer un error ingenuo; los sueños, las alegrías y las tristezas le permiten alcanzar la verdad. Espero que BAL/MIEL nos permita llegar a la verdad de Yusuf.

Un lugar poco corriente
Para Yusuf y su padre Yakup, el bosque es un lugar mágico lleno de misterios. Entran y salen de este mundo encantado. Es mucho más que el sitio donde van a buscar su sustento. Es otro mundo poblado de viejos e inmensos árboles, criaturas misteriosas como la mula y el gavilán que les acompañan. No fue fácil encontrar una localización con enormes árboles de grandes troncos. Me esforcé en encontrar el sitio adecuado para colocar las colmenas y que estuviera a la altura de las imágenes que quería plasmar en BAL/MIEL. Rodamos en varios bosques donde se han colgado colmenas durante siglos. Había unos 30 ó 40 km entre ellos; estaban a diferentes alturas sobre el nivel del mar y ninguno tenía las mismas especies de árboles.

Yakup el colmenero
Yakup, el padre de Yusuf, es un colmenero que recoge la miel de la abeja negra, considerada la mejor miel del mundo y propia de la región. Esta miel terapéutica representa un mundo antiguo, una naturaleza virgen y un conocimiento sagrado para los habitantes de la región. Cada vez son menos los colmeneros que la recogen, y la profesión de Yakup está abocada a desaparecer. Es un trabajo duro y peligroso. Hay que colocar colmenas especiales en la copa de los árboles en zonas montañosas. La admiración que siente Yusuf por su padre se debe en parte a su sorprendente profesión. En mi opinión, tiene mucho que ver con su futura vocación, la poesía.

La ausencia del padre
No puede decirse que la trilogía de Yusuf carezca de figura paterna, sobre todo después de ver el poderoso lazo que une al padre y al hijo en BAL/MIEL. Pero se trataba de mostrar cómo vive Yusuf la ausencia posterior del padre, cómo compensa la ausencia. Visto desde la psicología, la temprana pérdida del padre explicaría la relación autoritaria con su madre en Süt/Leche. Puede que explique su fragilidad, introversión y falta de decisión en Yumurta/Huevo. Pero no me ocupo de psicología en mis historias. Intento reflejar, retratar una situación a un nivel más espiritual. En vez de diseccionar la existencia en el laboratorio psicológico y confinar la vida a relaciones causa-efecto, intento mostrar algo más grande. He intentado y espero haber conseguido que la trilogía de Yusuf analizara la perspectiva de los profetas Yakup y Yusuf de la mano de los sueños y desde la perspectiva de la esperanza y el temor. Solo así estará completa.

Filmar cerca de la costa del mar Negro
Rodamos BAL/MIEL en el pueblecito de Çamlihemsin y alrededores. Se encuentra en la provincia de Rize, cerca del mar Negro, en el noreste de Turquía. Escogí esta región por la naturaleza. Solo allí encontré los bosques que buscaba, pero las condiciones geográficas no nos facilitaron el rodaje, sobre todo cuando debíamos trabajar en los bosques. Solo podíamos llegar hasta un cierto punto en coche y el resto del camino se realizaba a pie, cargando con todo el equipo durante un buen trecho. Rodamos en lugares escarpados donde apenas podíamos mantener el equilibrio. Y el tiempo en la costa del mar Negro es impredecible. En una hora puede hacer sol, llover y levantarse la niebla, lo que planteaba un grave problema para la continuidad. Ahora, mirando mi diario, veo que llovió 39 días de los 48 que estuvimos allí.

La infancia de la humanidad
Si definiésemos los tiempos modernos como la mayoría de edad de la humanidad, diría que las localizaciones de BAL/MIEL siguen estando en la infancia de la humanidad. Rodamos en aldeas de montaña que pronto estarán abandonadas. Aún intentan vivir de acuerdo con las tradiciones y con las condiciones y reglas establecidas por la naturaleza. Sin embargo, los recursos hidráulicos naturales son destruidos para construir enormes presas, lo que es muy preocupante.

El tartamudeo de Yusuf
Yusuf acaba de ingresar en la escuela y aprende a leer y a escribir. Cuando está solo con su padre, es capaz de leer lentamente sin equivocarse. Pero en clase, se pone nervioso y empieza a tartamudear. Sus compañeros se ríen de él y se refugia en el silencio y la soledad. Del mismo modo que para el Yusuf de Süt/Leche, que acaba de graduarse en el instituto y es declarado no apto para el servicio militar, no poder leer en voz alta delante de sus compañeros es un punto de inflexión para el joven Yusuf. Todos se mofan y Yusuf se encierra en sí mismo, desarrollando una fuerte unión con las palabras y la poesía.

La búsqueda del joven Yusuf
Buscamos al joven Yusuf en diferentes ciudades y pueblos durante meses. Fuimos a un sinfín de escuelas primarias, pero ninguno de los cientos de niños que entrevistamos me convencía para encarnar a Yusuf de niño. Al cabo de dos meses, decidí cambiar de región. Era una decisión arriesgada porque tiraba por la borda todo el trabajo realizado por el equipo de casting: ya habíamos escogido actores para muchos papeles secundarios. Nos trasladamos a unos cien kilómetros de donde estábamos. Era una región casi deshabitada, con muy pocos niños, por la falta de trabajo y la emigración. Un día, cuando regresaba de buscar una localización, me encontré con Bora Altas montado en su bicicleta. Bajé del coche y me presenté. Sentí inmediatamente que había encontrado al niño que buscaba, un niño inteligente, sensible, que vivía en su propio mundo.

La transformación de Bora en Yusuf
Durante el rodaje de BAL/MIEL, Bora Altas tenía siete años. Bora se parece poco a Yusuf, es muy sociable, y debería interpretar. No fue fácil transformarle en Yusuf. Nos esforzamos y tuvimos mucha paciencia. Le expliqué cómo era Yusuf escena a escena y desarrollamos un vínculo basado en la confianza. Trabajé con él como con un adulto. Bora tuvo el valor de entregarse, pero siempre tuve cuidado de no abusar de su confianza y admiración. Es una experiencia que me ha enseñado mucho. Al no tener hijos, carezco de experiencia con niños. Pero nunca olvidaré el entusiasmo y el esfuerzo de Bora, ni de los otros niños. Y quiero agradecer la ayuda prestada por la actriz Tülin Özen y la directora de casting infantil Kutay Sandikçi para conseguir la mejor interpretación de los niños.

Realismo espiritual
He aprendido muchas cosas en los cuatro años que me ha llevado realizar la trilogía de Yusuf. Me ha ayudado a dar forma a mi estilo como realizador, al que llamo, de momento, “realismo espiritual”.

Durante este periodo, no solo me he preocupado por los elementos cinematográficos, como la imagen, los actores, el sonido, las localizaciones, sino también por los técnicos, la financiación. He aprendido mucho. Realizar una película es como descubrir, incluso definirse a sí mismo a través del espejo que representa. No solo para el director, sino para todo el equipo. Por ejemplo, mi madre tuvo un pequeño papel en Yumurta/Huevo y en Süt/Leche, y cuando vio la casa en la primera, me dijo que se parecía mucho a la casa donde yo había crecido. Empezó a contarme numerosos detalles, historias de familia que desconocía y que usé posteriormente en las otras dos películas.


Ficha artística
Bora Altas - Yusuf
Erdal Besikçioglu - Yakup, El Padre
Tülin Özen - Zehra, La Madre

miércoles, 19 de mayo de 2021

Ciclo de Cine Mediterráneo: Leche (Semih Kaplanoğlu 2008)

 



Enlaces para ver el film:  o  https://www.filmin.es/pelicula/leche

Sinopsis: 

Yusuf acaba de graduarse en el instituto y su futuro en una pequeña ciudad de provincias es incierto. Su mayor pasión es escribir poesía, y ha empezado a publicar algunos poemas en revistas literarias. De momento, sigue trabajando en la lechería que regenta su madre viuda, cuyo futuro tampoco está muy claro.

Segunda entrega de la "Trilogía de Yusuf". Muestra los cambios sociales y económicos en las provincias de Anatolia. La trilogía está formada por Huevo (2007), Leche (2008) y Miel (2010).

Crítica: (Marcos Vieytes)

 Les tiene que haber pasado varias veces. Se siente en el pecho. Es un calor seguido de palpitaciones, incandescencia que enciende el cuerpo del lado de adentro y te hace sentir extremadamente vulnerable y, por eso mismo, vivo, humano hasta el orgullo, limpio, íntegro. Los más inmediatamente físicos pensarán que se resuelve, por no decir disuelve, sexualmente, pero uno se da cuenta más pronto que tarde que esa intensidad de la que hablo incluye el sexo, se concrete o no, pero lo excede (¿aspira a prescindir de él?). La primera vez debe haber sido ante alguna rima leída o escuchada, así que posiblemente me haya sucedido antes de haber nacido, si acaso mi vieja me cantaba algo por entonces. Sé que hasta los 4 o 5 años tenía que contarme historias fabulosas que inventaba cada noche ante mi exigencia de relatos originales, y que los escenificaba con el histrionismo natural que la caracteriza. Pasolini decía que la repetición es una de las formas poéticas primitivas, y por eso terminó Le mura di Sana’a, ese cortometraje que es un poema político elemental y también una canción de cuna, con cinco o seis paneos consecutivos de izquierda a derecha del plano que inscriben en los ojos la plegaria laica que recita a la UNESCO en favor de las ruinas de una ciudad medieval yemenita cuya preservación consideraba sagrada.

Casi al mismo tiempo que descubrí la poesía, descubrí a las mujeres, pero no fue sólo su belleza la que me provocó sensaciones similares a las de la combinación sensorial y significativa de las palabras, sino algo que iba más allá de su belleza, y que a menudo no estaba en ellas y ni siquiera en mí, sino, con suerte, yendo y viniendo entre ambos, nunca suspendido, cristalizado, asequible. Además de su hermosura, otras causas de ese repentino éxtasis interior que es a la vez opresión y amplitud del espíritu, fueron algún plano de alguna película, alguna canción, una asociación de ideas, una rima conceptual que permitió el encuentro de dos términos hasta entonces alejados entre sí que de pronto se revelaban indispensables y complementarios, el acceso al conocimiento de una verdad histórica oculta. Estoy hablando de crear sentido, de dar a luz algo veraz, definitivo más allá de la duración sin necesidad de negarla, sino haciéndola mejor fulgurar interrumpiendo a intervalos regulares su curso, materializando instantes repentinamente sólidos, ciertos, queridos, necesarios aunque elegidos por una voluntad que juega a ser la propia pero nos excede sin disminuirnos. Durante la adolescencia me pasó más seguido que nunca, debido a las hormonas, a lo interminable de un mundo que recién se abría a mi conocimiento, y a lo poco avara de una disposición anímica voraz como nunca. Cuando sentía resbalar sobre el pecho ese estado similar al peso de la piedra lubricada por el musgo, expresaba la experiencia diciendo que me habría gustado quedarme a vivir en ella como si se tratara de un lugar habitable y seguro.

Ese lugar es la casa, y el poeta siempre vive queriendo volver a ella. Yusuf es un poeta, y su trilogía es la casa cinematográfica que le construyó Semih Kaplanoglu para que viva siendo uno y muchos a la vez, acaso todos. Huevo, Leche y Miel son las tres películas que la componen. En la primera, Yusuf es un hombre de alrededor de 40 años que vuelve de Estambul a su pueblo para el entierro de la madre y se va quedando en la casa materna, atendido por una chica que continua tejiendo la prenda emprendida por aquella. En la segunda, Yusuf es un joven de menos de 20 años que vive con su madre, tironeado entre seguir aferrado a ella hasta llegar al extremo de impedirle casarse de nuevo, o irse y hacer su vida propia en la ciudad, donde conoció a un chica que comparte su interés por la literatura (y es la misma Saadet Aksoy que encarnara a la joven tejedora de la película anterior), lejos del horizonte laboral de la mina que consume el cuerpo y el espíritu de un amigo al que quiere pero no evita perjudicar aunque más no sea por omisión, lejos del pueblo chico incapaz de satisfacer su curiosidad cultural, lejos de esa infancia que es la patria de todo poeta y a la que ni siquiera el ritual del servicio militar obligatorio consigue ponerle fin debido a la epilepsia que le detectan, herida o marca ontológica imborrable. En la tercera, Yusuf es un nene de no más de 7 años al que un accidente deja sin infancia y frente al desafío de aprender a leer algo más que los signos escritos en el libro de lecturas escolar. Entre las tres películas, filmadas en 2007, 2008 y 2010, hay una variedad de correspondencias y actores que se repiten en roles similares, pero no constituyen una secuencia cronológica sucesiva.

El tiempo de las tres películas parece ser el de la actual Turquía, sobre todo la rural, lo que también impide pensar en algún tipo de sucesión lineal, aunque más no sea invertida, entre ellas. Como en El fantasma de la libertad y las otras películas de la última etapa francesa de Buñuel, como en las de su continuador Raúl Ruiz (La comedia de la inocencia, Tres vidas y una sola muerte, Ce jour-là), como en las de Manoel de Oliveira y Otar Iosseliani (Había una vez un mirlo cantor, Adiós, tierra firme, Chantrapas), la relación entre las tres parece más de contigüidad que de continuidad. La matriz de la trilogía es, sin embargo, El espejo. Como en la película de Tarkovsky que hacía coincidir tres generaciones en un mismo plano que incluía vivos y muertos, así como las voces y/o imágenes de padre, madre e hijo del autor en una misma secuencia, las partes de la trilogía configuran los ambientes laberínticos de una casa familiar por la que se desplazan una serie de personajes que materializan el destino humano elemental y los numerosos fantasmas que nos habitan, acompañan y rodean. Las referencias geográficas son lo suficientemente precisas como para situarnos en un país determinado, pero están ahí para darle carnadura concreta a las situaciones, muchas de ellas rigurosamente folclóricas (también se inspira en la lírica antropológica de El color de las granadas, de Sergei Parajanov, de la que deriva la estructura de segmentación de la vida humana en etapas ritualmente consignadas, no así su radicalismo plástico, cuya abstracción rechaza en pro de un naturalismo de apariencia literaria convencional, pero temporalmente alterado, aliterado rítmicamente). El tiempo, sin embargo, es antes mítico que histórico, sin lugar para lo fantástico.

La primera película es hospitalaria. Su protagonista es un hombre herido, solitario y vulnerable que está de regreso. No hay padre y parece como si nunca lo hubiera habido. Ahora tampoco hay madre. A la introspección ontológica del poeta se suma la epilepsia. Pero la casa materna sigue habitada por una mujer que se parece físicamente a la que hará de madre en la segunda parte de la trilogía, y la madre muerta sigue tejiendo los destinos del hijo en esta vida, sin connotaciones ominosas, sino reparadoras. El plano del final se abre a la serena segunda mitad de la vida del protagonista, en medio de los ruidos domésticos y el almuerzo en la cocina, mientras la lluvia golpea sobre la chapa y arropa la percepción. La segunda película es más ardua, porque la adolescencia es ardua. Porque el Yusuf que comienza su andadura poética no pasa el examen físico de entrada al servicio militar, y a esa invalidez sancionada por el ritual castrense que define la masculinidad en un patriarcado tradicional, se suma la imposibilidad momentánea de trasladarse a una ciudad en la que podría estudiar y enamorarse, y las intenciones de la madre de volver a casarse descubiertas cuando regresa. La aparición nocturna de la serpiente es un preciso catalizador del proceso puesto en marcha. En ambas películas, humanos y animales interactúan con mucha más asiduidad que la habitual, en parte por la estrecha cohabitación del espacio urbano y rural, pero como en los cineastas mencionados anteriormente, no sólo cumplen un rol narrativo determinado en cada situación, sino también uno simbólico anclado en tradiciones específicas y en otras más universales, pero sobre todo participan de una zoología fantástica no debida a su naturaleza imaginaria, sino al efecto de extrañamiento causado por una puesta en escena que vulnera la estructura de representación naturalista permitiendo la irrupción de escenarios vinculados a la actividad psíquica del personaje -médicamente disruptiva debido a su epilepsia, anímicamente densa por su vocación lírica– y a la libertad poética de recursos no ceñidos a los de la transparencia clásica estricta.

Suerte de intersección entre la geometría doméstica de Ozu y la indeterminada espiritualidad de Tarkovsky, la trilogía de Yusuf puede ser habitada por cualquiera a quien no le desespere la paciencia. Pero es una paciencia modesta lo único que hace falta, porque ninguna de las películas dilata el tiempo como lo hacía el ruso, ni hurga en el transcurso opaco y banal de lo cotidiano como el japonés. El tiempo interno del plano es sintético y espacialmente expresivo como en los de Aki Kaurismaki o Elia Suleiman. Todo está dado de antemano por el lugar que ocupan los elementos en él, y por el lugar del plano en la edición. Hay un rigor ciertamente cartesiano cuya frialdad se ve contrarrestada por la materia prima de una cultura milenaria conectada con la naturaleza y el cuerpo, gestos de los personajes que revelan su pertenencia a una sociedad en la que el individualismo está subordinado al sentido comunitario (o a una puesta en escena social de esa clase, procedimiento que se constituye como el discurso político más claro de la película, de cuño tradicionalista por no decir conservador, especialmente en lo referido al rol de la mujer), y miradas fuera de campo cargadas de vida interna y peso afectivo. Los tres comienzos son superlativos e incluyen una versión eslava de la isla de los muertos romántica de Arnold Böcklin mientras el arquetipo de la madre euroasiática se pierde en la niebla gambeteando el artificio de la cámara fija viéndola venir desde el fondo del plano, el asombro de un ritual cuyas reglas y sentido se nos escapan pero no así la tensión entre el formalismo del encuadre y el impacto dramático de la ignorancia y la inversión a la que somos sometidos, y el más puro suspenso literal y metafórico.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Ciclo de Cine Mediterráneo: Huevo (Semih Kaplanoğlu 2007)

 



Sugerencia de enlaces para ver el film: https://www.youtube.com/watch?v=4eihhnWGA8U

Sinopsis: 

Al morir su madre, y después de años de ausencia, el poeta Yusuf regresa a la ciudad donde creció. Una joven llamada Ayla le espera en una casa medio derruida. Yusuf no estaba enterado de que una prima lejana llevaba cinco años viviendo con su madre. La presencia de Ayla le ayuda a canalizar, en parte, las emociones provocadas por la muerte de su madre. Pero ¿podrá Yusuf enfrentarse al sentimiento de culpabilidad que le invade después del entierro?

Primera entrega de la "Trilogía de Yusuf" que muestra los cambios sociales y económicos en las provincias de Anatolia. La trilogía está formada por Huevo (2007), Leche (2008) y Miel (2010). 

Crítica (Juan Sardá): 

La idea del cine como tiempo y el tiempo como piedra de toque de una civilización a otra es el centro del cine del turco Semih Kaplanoglu. Dividido entre la tradición oriental de su país, que el cineasta reivindica, y la llamada histórica a modernizarse, su cine intimista aúna la melancolía de Ingmar Bergman o Abbas Kiarostami con la sensibilidad pictórica de Theo Angelopoulos. Todo ello se manifiesta con extrema sensibilidad en la celebrada trilogía Huevo (2007), Leche (2008) y Miel (2010), coronada con el Oso de Oro en Berlín por esta última película. Los desgarros de una nación y del alma un tanto torturada del protagonista los cuenta Kaplanoglu con sobriedad y poesía, sin apenas palabras y a través de la peripecia sensorial de su omnipresente protagonista, Yusuf, encarnado sucesivamente por Nejat Isler (Huevo, 2006), Meli Selcuk (Leche, 2007) y Bora Altas (Miel, 2010).

Siguiendo la cronología impuesta por el director, aunque en España las tres películas se estrenen prácticamente a la vez (hoy, Miel; el viernes próximo, Leche y Huevo), se debe empezar por el teórico “final”: Huevo, que narra el momento en que el protagonista, a los 40 años, regresa a su pueblo tras haber vivido en Estambul durante más de dos décadas. La segunda, Leche, describe el traumático final de la adolescencia, cuando Yusuf abandona el colegio y se dispone a ingresar en la Universidad, despidiéndose del paisaje rural de una infancia que es evocada en Miel, quizá la más conmovedora de las tres. La transformación irremediable del paisaje rural actúa como metáfora de la pureza perdida de una infancia que habita en el núcleo de la trilogía, y en la que el protagonista vive una ruptura catártica con el pasado.

Los desvelos de Yusuf están profundamente marcados por su condición de poeta, de modo que la propia trilogía reproduce esa mirada lírica. Así, cada plano, cada detalle, cada emoción y cada gesto reflejan un significado profundo como proyección de las emociones perturbadoras de Yusuf. En palabras del propio director, entrevistado durante el pasado Festival de San Sebastián: “La infancia de Yusuf es la infancia de un poeta, siempre mirando, sorprendiéndose, buscando... Y eso se da en todas películas que le he dedicado. Mucha gente pierde de mayor la capacidad de sorprenderse. No es así con los poetas, los artistas, los músicos... Los corazones de los artistas no envejecen”.

-En sus películas aparentemente pasan pocas cosas pero, en verdad, cada plano ofrece sutilezas y significados ocultos...
-Esa es la intención. Todas mis películas son así: no hay nada casual o fuera de control. El cine actual está lleno de acontecimientos y de ruido pero luego no sucede nada importante. Yo pretendo hacer todo lo contrario. Es decir, en mis películas lo que llamamos “trama” es muy liviana, pero yo estoy explicando muchas cosas.

-Huevo y Miel están relacionadas de una manera íntima. La primera nos muestra al personaje regresando a su paisaje de la infancia. La segunda, nos sitúa directamente en ella.
-Miel puede entenderse como un largo flashback que surge de Huevo, cuando el protagonista visita la casa de su madre. Por eso recomiendo enérgicamente ver las películas en el orden en que fueran concebidas. En este sentido, aunque siempre coloco la cámara en una posición bastante baja, a no más de metro y medio del suelo, en el caso de Miel está especialmente a ras de tierra, porque esa mirada puede ser tanto la del niño protagonista como la mirada retrospectiva del adulto que regresa a su hogar.
Fragilidad y melancolía
-Esa posición de la cámara enfatiza también la pequeñez del ser humano en relación con la naturaleza, que es presentada como un refugio pero también como un lugar hostil.

-Para mí la naturaleza nunca es un lugar terrible, todo lo contrario. Lo que me interesaba resaltar era la fragilidad del hombre. Todos somos pequeños en un mundo muy grande. Ya no digamos de niños.

-Aunque las tres películas retraten tres edades muy dispares, sí puede observarse una conexión invisible, la melancolía.

-Esta trilogía surge de un momento vital muy concreto en mi vida, que es cuando supero los cuarenta años y comienzo a plantearme cuestiones relacionadas con la idea de la muerte, del tiempo que dejo atrás y no vuelve. Al regresar a mi pueblo y reencontrarme con las personas que conocí entonces, me di cuenta de que en esa época estaba mi verdadera identidad, aunque me sorprendió la distancia entre la imagen que tenían de mí quienes me conocieron y lo que en realidad soy. Esa búsqueda del significado obliga a volver al origen, aunque éste pueda confundirnos.

Semih Kaplanoglu no es fácil de entrevistar. Muchas de sus respuestas se pierden en enigmáticas miradas al infinito y explicaciones un tanto esotéricas. (Un ejemplo entre muchos es su respuesta a cómo utiliza los elementos del folclore turco en su cine: “Desde el alma, aunque el folclore en sí no me interesa nada”). Opina, de forma coherente, que “las películas están para sentirlas o emocionarse con ellas y lo mejor es hablar lo menos posible sobre ellas porque eso las vulgariza”. Expresa una visión cuasirreligiosa del cine que está en consonancia con su reivindicación constante de su condición como “cineasta artista” a todos los efectos, a diferencia del cine comercial, donde el director, considera, es “simplemente un trabajador”. Se enmarca así en su compromiso con una visión oriental del arte. Es posible que parte de la belleza de sus imágenes proceda de su devoción religiosa y su espiritualidad. Partiendo de esta visión muy clara de su oficio trata de mantenerse fiel a ella en todos los aspectos: es productor, director y guionista de todos sus trabajos: “Intento hacer una labor artesanal. Todo está hecho a mano. Nunca trabajo con un equipo de más de quince personas y jamás utilizo la tecnología digital”.

-Del mismo modo que Yusuf, el protagonista, es poeta, ¿podríamos decir que sus películas son poéticas?
-Distinguir entre una película poética y una narrativa no es problema de los directores. Son los críticos de cine quienes hacen esas categorías. Para mí lo más importante es la intención del director.

-¿Y cuál diría que es su intención?
-Mis películas siempre pretenden dar esperanza a la gente. Y también descubrir el misterio de la vida, de lo humano.

-Para buscar ese misterio se sirve del realismo y de una puesta en escena muy poco artificiosa, pero lo mágico, lo insólito, también tiene cabida.
-Más que de realismo mágico, yo hablaría de realismo espiritual. Los artistas deben ocuparse de las cosas del alma porque en la realidad material, tan presente en la vida moderna, no hay ningún valor.

Luz natural
-Sin duda, en las bellas atmósferas que crea, el elemento esencial es la luz.
-En mis películas no suelo emplear luz artificial. Intento buscar la luz natural del lugar que estamos trabajando. Yo normalmente miro con ojos desnudos la luz del sitio que retrato y a partir de allí trato de transmitir al espectador esa sensación, trasladando esa luz al celuloide. Por ejemplo, por la noche nunca ilumino más allá del mínimo. Y sí, la luz es siempre lo más importante en mis películas.

Teniendo en cuenta que Kaplanoglu proviene del mundo de la publicidad y la televisión, y que debutó a los 38 años, con Away From Home (2001) -ganadora del Festival de Estambul-, no deja de ser curioso el compromiso que el cineasta turco ha adquirido con una cierta práctica artística o artesanal del cine, empeñado siempre en subrayar su pureza frente a la artificiosidad que genera la industria.

-Sus películas retratan el paisaje como una catarsis. Su transformación vive la misma tensión que el protagonista, entre el apego a lo antiguo y la necesidad de lo nuevo.
-Yusuf es un poeta que se queda atrapado entre dos mundos. En el segundo plano de la trilogía está siempre presente la increíble transformación del paisaje turco, que comenzamos a intuir en las imágenes de Miel y que ya es una realidad en Huevo, cuando el protagonista tiene cuarenta años. Todas estas transformaciones inciden en la relación con su madre y le enfrentan al dilema de la modernidad. Creo que el dilema por el que atraviesa Turquía es el mismo que se plantea en el arte.

-El cine iraní surge como referencia de sus imágenes.
-Hay algo que nosotros tenemos que nos distingue de los occidentales. Nosotros paramos cinco veces al año para rezar, estamos en conexión con la divinidad, mientras que el tiempo no se detiene en occidente. El tiempo viene de Dios y a Él volverá. Eso trae consigo, aunque sea de forma inconsciente, una forma distinta de hacer cine, porque no olvide que el cine es, sobre todo, tiempo.