"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".

martes, 28 de septiembre de 2021

Ciclo: dictadura y democracia, el cine de transición en España

 

Cine Fórum Quintanar presenta este ciclo una propuesta didáctica-formativa y divulgativa de films que forman parte del momento de transformación cultural que implicó el fin de la dictadura y la transición democrática en España.

El tema de la transición en el cine es de gran interés para conocer una época cercana, pero olvidada. Olvidada porque suele ser uno de los últimos temas en las clases de historia. Olvidada porque el cine ha mostrado más interés en recuperar otras épocas. Sin embargo, veremos cómo se han realizado películas que han tocado una etapa tan interesante como ésta. Y es que, una década antes de la Transición, el cine español había evolucionado hacia un cine más innovador. Un cine capaz de competir con el resto de la filmografía europea.



Programación

Sábado 2 de octubre

Mi querida señorita

J. de Armiñán 1972

Sábado 9 de octubre

Habla, mudita

M. Gutiérrez Aragón 1973

Sábado 16 de octubre

Solos en la madrugada

J.L. Garci 1978

Sábado 23 de octubre

Gary Cooper que estás en los cielos

P. Miró 1980

Sábado 30 de octubre

Los santos inocentes

M. Camus 1984                                                                                        

Ciclo Cine dictadura y democracia, el cine de la Transición en España : Mi querida señorita (Jaime de Armiñán 1971)

 






Sinopsis: Adela Castro, una madura solterona que vive en una ciudad provinciana, sabe que no es una mujer normal: se afeita todos los días y se siente atraída por su criada Isabelita. Se ha pasado la vida creyendo que se ha quedado soltera por ser poco agraciada físicamente. Ciertos trastornos psicológicos la llevan a la consulta de un médico.


martes, 21 de septiembre de 2021

Ciclo decíamos ayer, Neorrealismo Italiano, el compromiso social de la posguerra: Accattone.

 



Sinopsis: En el submundo de Roma vive Accattone, un peculiar personaje que ejerce de chulo y malvive con su grupo de amigos, para los que es preferible pasar hambre a trabajar. La primera película de Pasolini bebe del neorrealismo y del primer Fellini, pero es ante todo la personalísima visión del director y guionista la que le imprime su peculiar carácter. Trágica sin dejar de lado lo cómico, áspera pero con intensos toques de lirismo, enfangada en una realidad casi obscena y a la vez impregnada de catolicismo, con una dirección descarnada pero elegante. Música de Bach y excelentes interpretaciones para una obra que mantiene en buena parte su capacidad de fascinación.

Sugerencia de vínculo para ver el film: https://www.amazon.es/dp/B000WB6JRU?tag=filmaffinity-21

Crítica: 

LA PROMESA POR MANU ARGÜELLES

¿Cómo definir a Pasolini? ¿Pensador? ¿Escritor? ¿Intelectual? ¿Moderno? ¿Cineasta? ¿Podemos encontrar una sola palabra? No se me ocurre otra mejor para “definirlo” que la de poeta, de acuerdo con María Caballero en su crítica del fallido biopic de Ferrara. Su cine funciona mejor en el fragmento, en la pieza corta, en la colección de relatos. Su ideario, por muy apegado que esté al compromiso político de izquierdas, siempre se teje fílmicamente bajo una forma literaria abstracta que huye de toda intención enunciativa. Y ya sea desde la aridez que nos supone lo críptico [su periplo en los 60 después de Mamma Roma (1962)], la naturaleza de sus imágenes siempre tiende a lo onírico y a lo irracional, cuando todavía no está manchado por el prisma psicoanalítico. Desde sus primeras poesías en friulano, su lengua materna, hasta Saló, o los 120 días en Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975), lo suyo siempre fue la poesía. Y con ello no estamos pensando en la acepción común de lo lírico, de lo bello y de lo romántico (que también). Estamos pensando en lo inaprensible, en lo que resulta complicado parametrizar, en la categoría estilística que escapa de todas las demás y que a su vez las integra a todas.

Al pensar en Pasolini tenía la sensación de que me interesaba su perfil renacentista, lo que supone toda su obra polifacética, su valiosa aportación teórica sobre el cine, su figura más allá de él como director/autor cinematográfico. Siempre he pensado que sus películas me interesaban menos, salvo Mamma Roma, por motivos obvios que ya comentaba Damián Bender en su estudio y que se reducen a uno: Anna Magnani. Pero me equivocaba. Una simple búsqueda en esta misma publicación me revelaba que he socorrido a su cine en múltiples ocasiones. Lo tenía mucho más cristalizado de lo que era consciente. También creía que Accattone (1961) tenía una fuerza magnética gracias a su fuerza pulsional, su visceralidad y a la edificación de sus imágenes como un ciclón. Pero volvía a errar. En una reciente revisión compruebo que la estaba confundiendo con Mamma Roma. Así pues, Pier Paolo Pasolini es un cineasta en permanente descubrimiento, que conserva en su interior el enigma, ese que te obliga a reformularte tu propia experiencia frente a él (y con él).

Esta línea multidireccional y caleidoscópica que será un signo característico de su producción ya puede encontrarse en el personaje protagonista de su filme debut, interpretado por Franco Citti cuando no tenía experiencia como actor, si bien con el tiempo se convirtió en un intérprete habitual en su filmografía, nota común en el realizador que solía repetir con el mismo equipo de técnicos, artísticos y de producción. Resulta sintomático que a lo largo de la película se le llame de muchas maneras. Los amigos suelen decirle Accató, pero también algún personaje le menciona como Accattone -que vendría a ser como su nombre de guerra en el barrio- así como Stella (Franca Pasut) le llama Vitó. Al principio de conocerlo se dirige a él por su nombre de pila completo, Vittorio, hasta que Accattone le ruega que no le llame así. Esa incomodidad que manifiesta el personaje con su propio nombre resulta crucial. Porque la primera película de Pasolini narra el viaje interior de su personaje (y truncado trágicamente, como el mismo Pasolini): la distancia que va de Accattone a Vittorio.

Por tanto, con Accattone estamos ante el tiempo de las promesas. La propia que se autoasigna el protagonista como un proceso de redención. Un tránsito primario a ras de suelo, en la calle, en escenarios naturales, encarnado a través de maravillosos planos secuencia de los personajes caminando -la más bella expresión líríca de la imagen-movimiento de Deleuze-, que después serán adoptados y perfeccionados en Mamma Roma. Son, sin duda, en su valor historiográfico, una perfecta plasmación de la Roma del extrarradio en los años del milagro económico, la otra orilla del Tévere, el río como símbolo de la ciudad, porque Accattone busca el físico de aquello que está en off, el barrio que se erige en un confín aparte. Es también el excedente del capitalismo, aquello que no se civiliza, bifurcado en lo desértico (las explanadas o los lugares de prostitución como también el mismo cementerio como campo santo pero también reposo de la muerte) y en las ruinas. Un material estético por el que sentía predilección y que luego radicalizará en El evangelio según San Mateo (Il Vangelo secondo Matteo, 1964) o en Edipo Re (1967). De ahí que Pasolini se haga acopio de la iconografía del western y de sus códigos, especialmente visible en la paliza que le dan a Accattone. Por consiguiente, somos testigos de una plasmación en bruto, sin aderezos estéticos, aunque los encuadres feístas, imprevisibles y la edición tosca todavía no tienen carta de naturaleza como lo tendrán en su Trilogía de la vida. Son, por tanto, una perfecta impresión de un camino de iluminación o si se quiere de ascensión religiosa, dado que toda búsqueda de una identidad siempre lleva consigo una construcción de lo espiritual, desde lo moral, la moral del amor como fuerza de salvación.

Pero este ragazzi di vita está condenado al fracaso. Demasiado voluble, demasiado inconstante, demasiado ocioso, demasiado pasional. Al Pasolini poeta, en cambio, siempre lo he percibido como un poeta que desconfía de la pasión. Él siempre impone la razón (de ahí su potente legado que nos ha dejado en la cultura occidental) sobre lo puramente pulsional, si bien es evidente el magnetismo que le producía y que se tantea desde la misma Accatone. La mirada de Pasolini ya muestra el deseo en esos primeros planos e, importante, en la secuencia de los rostros encandenados de los chicos, que se erigen en una instancia no-narrativa. Esta erotización del lumpen será algo constante, el deseo por lo viril –un hombre de verdad-, a partir del modelo marcadamente racial/latino. Obsérvese que cuando aparece el rubio con ojos azules en su filmografía siempre lleva connotaciones negativas como así sucede en Teorema (1968) o en Las mil y una noches (Il fiore delle mille e una notte, 1974). El físico de Franco Citti ya marca el modelo y será una de las constantes más destacables en su trayectoria fílmica y que pocas veces observo que se mencione. El otro patrón característico de la mirada marica (Pasolini es pre-Stonewall), el del efebo, el que hemos heredado de la Grecia antigua, todavía no emerge en Accattone. De forma coherente florecerá en su Trilogía de la vida, cuando trata de fundar una genealogía, aquella en la que Paula López Montero en su estudio de Los cuentos de Canterbury (I racconti di Canterbury, 1974) consideraba que fracasaba para triunfar mejor que nadie. Pero allí no hay tanto una paidofilia sino más bien una idealización de la relación maestro-alumno, quizás remontándose a su juventud cuando ejercía de profesor. Porque aunque los muestre desnudos siempre impera el candor, la inocencia en su pureza máxima.

Hablaba de la pasión desde el físico de Franco Citti y del personaje de Accattone y su imposibilidad de adquirir un compromiso de reforma, una incapacidad que solo tendrá un destino (fatal). Creo que subyace una concepción de dicha fuerza emocional como peligro, el mismo factor que a su vez lleva al eros a su director. No hay nada que excite más que el riesgo, lo cual, por cierto, ya es quizás un acto de trangresión primigenio. En el deseo que antes he descrito se tensan las barreras, se dinamita la moral convencional. Es muy probable que ese fatum esté estrechamente ligado a la muerte de su hermano. Pasolini lo definía así 1 : Yo, por mi hermano, puedo decir que fue el destino de su cuerpo entusiasta el que lo mató, y que no podía sobrevivir a su entusiasmo]. Fue asesinado pero su forma de concebir lo político, el activismo que Pasolini no era capaz de asumir, le acabó conduciendo a una situación de extrema amenaza. Accattone tampoco podrá sobrevivir a su propia energía, como también podemos pensar del propio Pasolini en su trágico final, si bien luchó con todas sus fuerzas para imponer el pensamiento sobre lo pasional.

Accattone como primer largometraje también es en sí una promesa. Un camino nuevo que emprender, una cinematografía por trazar. Una vía para lo que fue todo su cine: «nosotros, que tenemos una conciencia» 2. En ese sentido, sin necesidad de entrar en ningún tipo de confrontación, el filme se puede percibir como una respuesta a Fellini y Los inútiles (I vitelloni, 1953). El retrato colectivo y masculino es muy similar. El desdén de los personajes por el trabajo es el mismo. En Fellini para ser crítico con algo que le resulta cercano, en Pasolini como un signo de exclusión pero también de autoafimación, de orgullo del proletariado, un orgullo incómodo para el pensamiento marxista y de izquierdas, al fin y al cabo hablamos de vagos y maleantes, a los que Pasolini les brinda toda su empatía, pese a sus no pocas actitudes negativas entre las que destaca una salvaje misoginia. Porque no hay acto de empatía más subversivo que el que siempre demostró y hoy parece ser algo que la prescripción cultural sanciona, comprender al que se aleja de nuestro sistema de valores, descentrarnos, combatir nuestro propio egocentrismo y tender un puente al Otro. Accattone no es un personaje unidimensional, es como tal una caracterización compleja y llena de contradicciones, víctima de su propia potencia y de ahí su dolor. En ese pesar que conecta con el propio hermano del director y con él mismo por una pérdida brutal es donde es capaz de trazar ese vínculo con su personaje. Lo fácil es censurar, lo difícil es entrar en el fondo de la naturaleza humana. Porque en eso convergen Fellini y Pasolini, la conexión del personaje de Fausto (Franco Fabrizi) en Los inútiles con Accattone, si bien el segundo es un macho tan extremo y despreciable que es un proxeneta. Pasolini no discute la carga de denuncia de Fellini y su propia autocrítica proyectándose en el personaje de Moraldo (Franco Interlenghi), pasivo, observador y dentro del cículo. Pasolini únicamente incorpora una conciencia política, la anteriormente citada, y de ahí la diferencia de clase social de los hombres de Los inútiles frente a los de Accattone. Y por último, en ambos filmes encontraremos herramientas conceptuales y estilísticas que luego serán desarrolladas y forjadas por ambos creadores. En Fellini, por ejemplo, en la secuencia del carnaval.

Por ello, muchos de los rasgos y principios que hemos comentado de Accattone son tomados del Neorrealismo. Pero su director, como Accattone, también sera incapaz de cumplir. Porque ya tiene necesidad de encontrar su propia voz, de escribir su propia poesía, como en la secuencia del sueño [estremece que dicha secuencia o la zurra a Maddalena (Silvana Corsini) adquieran una visión profética] o en su desmañada puesta en escena, que no está tan controlada y codificada como acabó sucediendo con el Neorrealismo, que acabó por fijar un dogma para cincelar un realismo social naturalista y que Pasolini adoptará a la vez que lo rompe. Llega al modernismo del cine italiano, al Nuevo Cine Italiano, y al énfasis del individualismo, misma actitud que emprenderán directores de su generación como Bellocchio y Bertoluccci. Pero frente a ellos hay una clara mirada diferencial desde el inicio, la marica, patente aquí en la atracción erótica hacia el machote heterosexual, la que luego dará algunos de sus fundamentos para el pensamiento queer (no tanto en este punto sino en su posición incómoda, en su voluntad rupturista y en su desafío de los límites), una nueva promesa más, esta involuntaria.

  1. SICILIANO, Enzo (2015): Pasolini. Una vida tormentosa. Ediciones Torres de Papel, p. 98 ↩
  2. Ibídem, p. 110 ↩


martes, 14 de septiembre de 2021

Ciclo decíamos ayer, Neorrealismo Italiano, el compromiso social de la posguerra: Rocco y sus hermanos.

 



Sinopsis: Una mujer viuda llamada Rosario (Katina Paxinou) abandona la región sureña de Lucania para vivir en Milán en compañía de sus hijos. Uno de ellos es Rocco (Alain Delon), quien se introduce en el boxeo junto a su hermano Simone (Renato Salvatori). Entre ambos surgirá un conflicto a causa del amor por una mujer llamada Nadia (Annie Girardot).

Sugerencia de enlaces para ver el film: 


Crítica:

 La familia es la patria del corazón”.

(Giuseppe Mazzini)

Rosaria Parondi (Katina Paxinou) y cuatro de sus hijos, Simone (Renato Salvatori), Rocco (Alain Delon), Ciro (Max Cartier) y Luca (Rocco Vidolazzi), llegan a Milán procedentes de su tierra natal, Lucania, en busca de trabajo y unas mejores condiciones de vida. Allí se encuentran con Vincenzo (Spiros Focas), el mayor de los hermanos, que trabaja como albañil y está comprometido con Ginetta (Claudia Cardinale).
Sobrecogedor melodrama familiar de raíces neorrealistas que transita hacia una estilizada estética de claroscuros propia del cine negro, anticipando algunos de los elementos operísticos (la estructura narrativa, la dirección, el gusto por lo visual, la catarsis emocional de los personajes) que caracterizarían al cine posterior de su inmarcesible autor. La película, coproducción italo-francesa de unas tres horas de metraje, obtuvo el Premio FIPRESCI de la Crítica Internacional en el Festival de Venecia de 1960.
Rocco e i suoi fratelli está estructurada, como las tragedias de Shakespeare, en cinco actos. Cada uno de esos cinco actos recibe el nombre de cada uno de los cinco hermanos Parondi por orden de edad, desde el mayor hasta el menor (Vincenzo, Simone, Rocco, Ciro y Luca). No obstante, son dos los hermanos que tienen un mayor peso en el desarrollo de la trama, y los que, por tanto, aparecen mejor definidos: Simone y Rocco. De hecho, se puede decir que buena parte del guión (en el que intervinieron hasta siete manos, incluidas las del propio Visconti y las de la reconocida guionista Suso Cecchi D´Amico) gravita en torno a la contraposición que progresivamente va estableciéndose entre ambos: enamorados de una misma mujer, la prostituta Nadia (Annie Girardot), y dedicados, aunque con suerte dispar, a la misma profesión, el boxeo. A Simone la vida en la gran ciudad lo va corrompiendo poco a poco debido a su afición al sexo, el juego y la bebida. Lo suyo es una auténtica bajada a los infiernos de los celos, la desesperación y el pecado tras enamorarse de Nadia. Rocco, en cambio, de carácter bondadoso y generoso, termina erigiéndose como el inesperado pilar sustentante del edificio familiar, sacrificando su felicidad (y la de Nadia) en favor de su querido hermano. Ese montaje en paralelo, absolutamente magistral por su impacto emocional, en el que Visconti nos muestra a Rocco, por un lado, venciendo sobre el cuadrilátero en un combate importante, y a Simone, por el otro, cometiendo un atroz crimen a orillas del río, refleja a la perfección el ascenso de uno y la definitiva caída del otro.
El reparto de la película incluye a conocidos actores italianos, franceses y griegos, destacando las interpretaciones de Renato Salvatori y, sobre todo, Annie Girardot, quien bajo mi punto de vista constituye la gran figura trágica del filme. Su escena junto con Alain Delon entre los pináculos y contrafuertes del tejado de la Catedral de Milán, es una de las más bellas que yo haya podido contemplar en una pantalla de cine.
Otros aspectos a subrayar dentro de esta incuestionable obra maestra, son la impresionante fotografía en blanco y negro de Giuseppe Rotunno y la hermosa partitura de Nino Rota.


martes, 7 de septiembre de 2021

Ciclo decíamos ayer, Neorrealismo Italiano, el compromiso social de la posguerra: Los Inútiles

 



Sinopsis: Tercera película de Federico Fellini, considerada por Stanley Kubrick como una de sus películas favoritas de todos los tiempos. Los vecinos de un pueblo de las costa adriática italiana son gentes amables y corteses que se dedican afanosamente al trabajo. Sólo cinco jóvenes rompen la armonía de la comunidad: ninguno de ellos ha trabajado nunca y ni siquiera se avergüenza de ello.

Sugerencia de enlaces para ver el film: https://rakuten.tv/es/movies/los-inutiles



Crítica: 

En una zona provinciana de la costa adriática de Italia transcurre este filme –tercera película en la carrera del maestro del cine italiano Federico Fellini– una panorámica cinematográfica que funciona como el retrato social de una época. Al mismo tiempo el relato hace foco en la vida cotidiana de un grupo de amigos, personajes singulares, un grupo de jóvenes que están por alcanzar los 30 años de edad y se caracterizan por algo clave entre otras tantas peculiaridades que los une, no haber trabajado jamás.

Pensemos que la historia transcurre en un contexto de post guerra, allí donde la cultura al trabajo y el sacrificio para sobrevivir eran ante todo un valor social y específicamente del género masculino en particular, los hombres en su tradición deberían representar esos valores. Pero ninguno de este grupo de cinco amigos busca ser el adalid de estos cánones morales. Por el contrario, los motiva y los une habitar la abulia diaria, depender de sus madres y hermanas como mantenidos y atendidos por las figuras femeninas, el ocio los atrae como un imán al metal, la diversión los convoca a la juerga, y ante todo los une como un lazo inquebrantable la cultura del anti trabajo.

Hay una mirada crítica y a su vez tragicómica que se dirige hacia los lugares que representen un paradigma de poder, como una esposa, un jefe, la idea de una jerarquía que quiera determinarles su modo de vida.

El mismo Alberto Sordi, que retrata a su personaje Alberto, en la vida real vivió casi de la misma forma en su cotidianeidad, aferrado a la compañía de su madre hasta la muerte de ella.

Si usáramos un término porteño para definirlos serían los chantas, los vagos o los vivos del barrio. Esos seres que pululan en una esquina, en un bar, en una vereda y que son tan empáticos como díscolos a la vez.

El filme evita concluir en un desenlace que los haga ver como perdidos en un callejón sin salida, que evitan madurar y enfrentar las complejidades del mundo, como un puñado de cobardes. Por eso Moraldo y Fausto abren en cada caso una salida posible a ese universo de repetición y estaticidad.

Narrativamente se presenta ese sello de los significativos travellings de Fellini que rodean y recorren, describen y narran como la oración en la frase de una novela. Mucho menos ostentoso en su puesta que algunos de sus más megalómanos filmes posteriores, no deja de tener un gran poder visual en la construcción de algunas de las escenas de los amigos y sus rituales.

El filme de Fellini ha sido una clara influencia de muchos realizadores posteriores, desde un Scorsese que lo cita como influencia para algunas de sus películas como Calles salvajes (Mean Street, 1973) o Buenos muchachos (Goodfellas, 1990), hasta realizadores contemporáneos que trabajan también la temática del vacío existencial y la inercia del hombre que sobrevive sin poder construir en esa vida una propia existencia.

Por Victoria Leven