Crítica:
Una poética de la mirada
(My life
without me). Isabel Coixet, España, 2003
Nunca he visto una película sobre el tema de la muerte que
transmita tanto vitalismo como Mi vida sin mí. Supongo que
es por ello que me resulta imperecedera. ¿Cómo cansarse un canto a la vida
honesto, sensorial, que huye de intelectualismos y se infiltra lenta pero
arrebatadoramente en la epidermis?
Para su historia, Isabel Coixet se basó en una novela breve donde aparecía el
tema de la muerte inminente de una mujer muy joven, y la decisión de esta de
vivir el tiempo restante con intensidad. Coixet quedó fascinada por el
personaje; y, además, decidió introducir un matiz peculiar: la protagonista
guardaría para sí el hecho de que iba a morir; eso le permitiría desarrollar
mejor su particular carpe diem silencioso. A partir de esta trama (que podría
resultar inverosímil o excesivamente lacrimógena) Coixet supo construir una
inspirada historia que trasciende todo detalle escabroso y se erige como una
singular alegoría poética de la existencia humana.
Pero lo que hace de Mi vida sin mí una gran película, a
la altura del mejor Wong-Kar Wai, es la mirada de la protagonista, que se
construye a través de la acertada B.S.O., y de un delicado tratamiento de la
imagen (con horizontes difusos, abundancia de primeros planos y poéticos
encuadres que aproximan entre sí a los personajes).
La mirada de Ann es la de un despertar. Su vida ha sido difícil, y precipitada:
madre adolescente, trabajadora prematura... No ha habido grietas ni
interludios. Nunca ha tenido ni un espacio para sí misma ni menos todavía
tiempo para pensar. Pero su percepción del mundo cambia en un instante, y se
hace más viva, paradójicamente, con el anuncio de la muerte. La mirada de
Ann se transforma en la del artista, la del poeta; aunque sea inspirada por
cuanto ve, por la lluvia y las puestas de sol, y no por "todos esos libros"
que no ha leído y ya no podrá leer. Como el flâneur del siglo XIX, que era
consciente de las veloces transformaciones de la sociedad, como Baudelaire, que
reivindicaba la belleza de lo efímero, Ann observa la realidad con pupilas
dilatadas, como si lo viera todo por vez primera, o como si todo se fuera a
desintegrar en el instante siguiente. Deambula sola por la calle, se deja
llevar por sus estímulos; se une a la multitud, y a la vez se aparta de ella,
en sus soliloquios. Cuando pasea entre los escaparates se sorprende respecto a
los placeres que con tanto ahínco la sociedad de consumo nos ofrece; al entrar
al supermercado, en un rapto de alucinación similar al de Bjôrk en Bailar
en la oscuridad (Dancing in the dark, Lars Von Trier, 2000)
visualiza a la gente bailando al estilo de un musical. Nadie es infeliz en un
supermercado, se dice; todos estos productos están aquí para seducirnos y
alejarnos de la muerte. Y esa mirada desvaída, esos párpados en trance, ese
fundido en blanco resultan estremecedores; el espectador, acompañado por las
melodías intimistas de Alberto de la Iglesia, por la imagen recurrente del
vidrio, material frágil del que se extraen extrañas melodías, se encuentra con
Ann en un lugar liminal, donde todo es hermoso y terrible al unísono, donde
todo puede suceder, aunque lo único seguro es la muerte.
En ese estado de percepción el encuentro amoroso no tarda en surgir. Y Ann y
Lee entran en un hipnótico enamoramiento que es mostrado con numerosas
elipsis, como a través de un velo. Las palabras son escasas y las miradas,
intensas como aquel que sabe que cada segundo es único e irrepetible. La
fatalidad sobrevuela sobre sus encuentros, lentos y lánguidos, acompasados
ahora por cálidas canciones como "Senza fine". Lo irónico del caso es
que, mientras él interpreta la imposibilidad de su amor de manera
"clásica", por la condición de ella de casada, para ella (y para el
espectador) la imposibilidad es auténtica, porque sabe que va a morir. Eso no
es óbice para que las situaciones familiares de Ann estén revestidas asimismo
de una indudable ternura. Aunque vivan en una situación precaria, la
convivencia entre Ann, su marido y sus hijas es armónica y aderezada de risas.
Ello contribuye aún más al "shock", al extrañamiento que se produce
en el espectador entre esas instantáneas y las apesadumbradas visitas al
hospital; y eso da un sentido mucho más profundo a la historia de amor con Lee,
puesto que no puede explicarse como una huida de su propia vida, sino más bien
una exploración en los (hasta ahora) estrechos límites de la misma. Otro
contrapunto más: otros personajes, como sus padres, parecen llevar vidas
ásperas y vacías de sentido. Pero Ann ahora tratará de ver lo mejor en ellos y
dejarles en herencia palabras esperanzadoras, mediante cartas póstumas cuyo
guión no tiene desperdicio.
El ritmo de la película contribuye a percibir la existencia en plenitud, con
todo su gozo, toda su melancolía: las secuencias intimistas, donde lo que entra
en juego es la mirada de Ann (en complicidad con el espectador, único partícipe
de su viaje), se yuxtaponen bruscamente a las escenas exteriores, donde la
protagonista vive a fondo el romanticismo con su amante, la ternura con su
familia; donde también aparecen personajes secundarios que nos hacen sonreír con
alivio por lo adusto de su expresión (Blondie, la madre) o lo entrañable de su
frivolidad (la peluquera, María de Medeiros. )
Mi vida sin mí se vive como un baile perpetuo, que
fluctúa entre lentas cadencias e imprevistos ritmos sincopados. Mi
vida sin mí es portadora de una mirada despierta, desapegada, que
nos recuerda cómo deberíamos enfrentarnos al mundo cada día: sabiendo que nada
permanece ni es uniforme. Al final, nos aguarda el telón blanco de la muerte, y
ni el dolor ni la razón van a servir para ahuyentarla. De modo que, ¿por
qué no tomar cuanto se nos cruza en el camino, con la belleza de lo perecedero,
y agradecerlo, sin pretender retenerlo? Eso hace al final hace la protagonista
con esas sublimes palabras destinadas a su amante: "Me encantó bailar
contigo".
Festivales y premios:
Festival de Berlín, 2003. Premio de Guild of German Art House Cinemas.
Premios Goya 2003. Premio a mejor canción y guión
adaptado.
[1] Isabel Verdú cursó estudios de
Filología Hispánica y Teoría de la Literatura. Es profesora de Lengua y
Literatura. Escribe reseñas sobre novela contemporánea en el suplemento Artes y
Letras del Heraldo de Aragón