"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".
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miércoles, 15 de marzo de 2023

Ciclo mujeres cineastas: LA LIBRERÍA Isabel Coixet 2017

 



Sinopsis: La Librería hace un hermoso homenaje a la literatura, los libros y la lectura, en donde Isabel Coixet nos relata la osadía de Florence Green, una mujer que tiene un pequeño sueño por cumplir: abrir una librería para convertirla en un lugar de encuentros, recrear ese lugar donde fue feliz y descubrió el amor, volver a tener ilusiones, y contar con el reconocimiento de la clase pudiente de un pequeño pueblo.

Sugerencia de enlace para ver el film: https://www.netflix.com/es/title/81028348


Crítica: 

Puede que Isabel Coixet sea una de las directoras más prolíficas del momento. Y es que desde el 2012 lleva estrenando una película -a veces dos- al años. Sin embargo, ni las dos que fueron más apreciadas por la crítica como 'Ayer no termina nunca' (2013) o 'Nadie quiere la noche' (2015), lograron despertar el interés que provocaron sus primeras películas, especialmente las excelentes 'Mi vida sin mí' (2003) y 'La vida secreta de las palabras' (2005).

Sólo dos años después de su último trabajo de ficción -el año pasado estrenó el documental 'Spain in a Day'-, Isabel Coixet nos regala 'La Librería' ('The Bookshop'), una adaptación de la novela homónima de Penélope Fitzgerald y la que puede que sea su mejor película desde 'La vida secreta de las palabras'. De corte clásico y delicado, muy al estilo inglés, la película lanza un poderosísimo mensaje sobre el poder de los libros y el miedo y la mezquindad que provoca la ignorancia.

Son los años 50 y Florence Green es una recién llegada a uno de esos pequeños y tranquilos pueblos costeros británicos en los que todo el mundo se conoce. Por suerte, pronto comienza a hacerse su hueco y decide cumplir el sueño que ella y su difunto esposo concibieron cuando se conocieron: abrir una librería en un lugar alejado de las revoluciones sociales de la época en los grandes centros urbanos.

Sin embargo, llegar a cumplir ese sueño no será tan fácil como puede parecer. Los habitantes de Hardborough no son demasiado aficionados a los libros, aunque estos parecen acoger su apertura con curiosidad. Pero el verdadero problema de Florence será Violet Gamar, una de las mujeres más ricas del pueblo y que domina la vida del lugar. Una mujer que hará todo lo posible por destruir el sueño de Florence.

El mensaje de 'La Librería' es claro y universal: el abuso de poder de los ricos y su miedo e ignorancia frente a lo diferente, donde siempre ven una amenaza a punto de cambiar el orden, 'su' orden de dominación establecido; así como la pérdida de la admiración de los súbditos que piensan que poseen. Violet Gamar es la cacique del pueblo y los ciudadanos son los súbditos que deben seguir sus leyes y su voluntad.
Obviamente, Florence, leída y culta, es muy consciente de la situación y hará todo lo posible, sin perder las formas nunca, de cumplir su sueño. Lo hará con coraje y la esperanza de que una buena selección de libros hará abrir los ojos a los ciudadanos de ese pequeño lugar lleno de gente buena pero demasiado inocente. Y para conseguirlo se rodeará de una despierta e imaginativa niña y un anciano rico y viudo que no sale de su mansión desde hace 45 años pero cuya mayor pasión es la lectura.

Sin embargo, la guerra silenciosa declarada por Violet -con la excusa de que la librería ocupa un edificio emblemático del pueblo- será más cruenta de lo esperado y Florence necesitará mucho más coraje de lo que ella cree tener para luchar contra la ignorancia y por el derecho a ser distinto.
Si hay algo que desprende 'La librería' es la importancia de los libros. En un momento de la película, alguien pregunta a Florence si no se siente sola viviendo en esa casa tan grande, a lo que ella responde algo como: "Nunca. Estoy acompañada por los libros". Unos libros que le hacen viajar, crecer como persona, soñar y sobre todo, tener el coraje suficiente para enfrentarse al orden establecido y caciquil que coacciona a la sociedad.

Siempre ha sido bien conocida la predilección de Isabel Coixet por la lectura, pero en su último trabajo, filmado con una delicadeza y sutilidad casi británicas, consigue su alegato definitivo a favor de la lectura y de todos sus beneficios para el alma. Y sí, hasta leyendo esas novelas más 'escandalosas' -concretamente 'Lolita' de Vladimir Nabokov o 'Farenheit 451' de Ray Bradbury-, uno se siente más valiente, más libre. Menos solo.

La sociedad reflejada en 'La librería' es ciertamente desoladora, sobre todo, por aproximarse tanto a la triste realidad: si una persona con poder lo desea, todos tus sueños pueden verse derribados a golpe de influencia, y lo peor de todo es que lo hará por el mero hecho de poder hacerlo. Por suerte, la lucha no es en vano, y Coixet, desarrolla mucho más -que en la novela- el personaje de la niña que trabaja de ayudante en la librería con Florence para demostrárnoslo.

Una niña que, al comienzo de la cinta afirma con descaro que a ella no le gustan los libros pero que, de forma inmediata, establecerá una relación basada en la confianza y la admiración con Florence. Una relación que, desde el primer momento, el espectador entenderá como el de mentora y díscípula y con el que Isabel Coixet ha querido llenar de esperanza el desolador y engañoso paisaje bucólico del lugar.

Si hay algo que caracteriza siempre el cine de Isabel Coixet, nos gusten más o menos sus películas es su extrema sensibilidad y su buena elección de casting y aquí, no podía ser menos. Es más, parece alcanzar su máximo en ambos aspectos, que inundan cada plano de 'La librería' de forma más que evidente.

Desde su cuidadísima puesta en escena hasta la elección del pueblo y la realización suave y algo académica que tanto caracteriza a este tipo de historias de espíritu británico, rezuman sensibilidad. Algo que se ve reforzado por la sutilidad en que se nos cuenta la historia -herencia de la novela de Penélope Fitzgerald-, que aunque para una servidora es una de sus grandes bazas, para otros puede llegar a ser una desventaja por no explicar todo con pelos y señales.

 Y es que es más que evidente que lo nuevo de la Coixet, cautiva a todo aquel valiente que se atreva a adentrarse en este delicado alegato por la lectura y el coraje que nos transmiten los libros.


miércoles, 23 de marzo de 2022

Ciclo de cine: Cuatro mujeres, cuatro cineastas actuales. "Elisay Marcela" Isabel Coixet 2019

 



Sugerencias de enlaces para ver el film: https://www.netflix.com/es/title/80121387   

Sinopsis: En 1885, Elisa y Marcela se conocen en la escuela donde trabajan. Lo que comienza como una gran amistad termina en una relación amorosa que tienen que vivir a escondidas. Los padres de Marcela sospechan de esta relación y la enviarán al extranjero unos años. A su vuelta, el reencuentro con Elisa es mágico y deciden tener una vida en común. Ante la presión social y las habladurías, ambas deciden trazar un plan: Elisa abandonará un tiempo el pueblo para volver convertida en Mario y poder casarse con Marcela, pero no todo será tan fácil para este amor no reconocido.

Crítica: Tras su paso por la Sección Oficial de la pasada Berlinale, 'Elisa y Marcela' llega en un momento en el que necesitamos historias de mujeres valientes que lucharon por su derecho a amar libres. Y aunque no sea perfecta, la última película de Coixet es un canto al respeto, a la empatía y, perdonad la redundancia, a la libertad.

Marcela y Elisa existieron. Marcela Gracia Ibeas (excelente Greta Fernández) y Elisa Sánchez Loriga (Natalia de Molina). Se conocieron de adolescentes en la escuela de A Coruña donde ambas estudiaban para convertirse en maestras. Se gustaron desde el primer momento que se vieron. A pesar de que el padre de Marcela intentó separarlas, cuando terminaron sus estudios, hicieron para trabajar en aldeas lo más cercanas posible: durante dos años, todos los días, Elisa recorría 12 km a pie para volver a la casa que compartía con Marcela.

Pero pronto las descubrieron y no soportando la idea de separarse, decidieron que Elisa se haría pasar por su primo Mario y se casaría con Marcela. Y así, un 8 de junio de 1901, Marcela y Elisa (bueno, Mario) se casaban por la Iglesia convirtiéndose en las primeras mujeres en contraer matrimonio. Pero pronto tuvieron que volver a huir. Por suerte, y a pesar de todo lo que pasaron y no contaré para que veáis la película, un pequeño gran triunfo: su matrimonio es todavía válido a día de hoy.

Coixet plasma esta bellísima y valiente historia de amor con delicadeza y sencillez, prácticamente, como todo lo que hace. Y aunque la historia y sus detalles no me venían de nuevas (hace unos meses vi una divertida y arriesgada obra de teatro basada en la historia de estas mujeres de la compañía gallega A Panadaria), la directora ofrece su propia visión sobre la historia que se conoce, basada en cartas, noticias de prensa y textos de la época, algunos de ellos firmado por Emilia Pardo Bazán, reconocida escritora gallega.

Para contar la historia de Elisa y Marcela, Isabel Coixet no se que sólo con los hechos y juega con las posibilidades creativas que pueden derivarse de la época y la localización en la Galicia de principios del siglo XX. Y es que la directora elige el blanco y negro -con fotografía de Jennifer Cox- para alejarse del realismo y acercarse a la época.

Con unos blancos a veces demasiado quemados, la falta de color de 'Elisa y Marcela' otorga a la película ese toque de melancolía y crudeza necesario para plasmar las dificultades que tienen que afrontar las protagonistas para vivir su historia de amor. Sin embargo, esa crudeza se contrarresta con momentos casi oníricos y encuadres bellísimos cargados de poesía visual.

Así, la Coixet se aleja del realismo, el exceso y la fealdad para brindarnos la estilización del amor y la belleza visual de todos y cada uno de los momentos en los que Elisa y Marcela comparten plano. Algo que, ya le han tachado de excesivo y no ha gustado a todo el mundo, y es que quizá se exceda en algún momento -el pulpo-.  

Ser mujer a principios del siglo XX. Pleno proceso de cambio de la sociedad en la que a las mujeres se les permitía formarse para determinados puestos de trabajo peros sin esforzarse demasiado, ya que el objetivo principal seguía siendo casarse, tener hijos y cuidar de ellos y del marido.

Elisa y Marcela estudiaban para ser maestras, con el deseo loco de ser independientes y libres y no estar atadas. "No te esfuerces demasiado en la escuela, los libros no traen nada bueno", dice el padre de Marcela a su hija. Su madre (breve y estupenda María Pujalte), en cambio, le anima a ello: lee a escondidas porque los libros le dan la libertad que no tiene en su vida real.

Ser mujer y lesbiana a principios del siglo XX. Quizá sea aquí donde más cojea el último trabajo de Isabel Coixet, aunque este defecto se entiende como una decisión consciente en el rumbo del guion. Y es que la directora relata con total naturalidad el descubrimiento sexual de estas dos mujeres, que se lanzan sin pudor y sin dudas, a su sexualidad. ¿Realmente sucedería así conociendo la sociedad de la época?

Aunque nunca sabremos si Elisa y Marcela fueron tan libres a la hora de confirmar su amor, en una película que narra las adversidades que tuvieron que afrontar para estar juntas, quizá también nos habría gustado que se ahondara un poco más en el contexto social del momento y el lugar, e incluso en las dudas y miedos que pudieron surgirles a ellas mismas al descubrir lo que estaban sintiendo.

Elisa y Marcela se casaron justo hace 118 años y seguimos necesitando que nos recuerden de qué va eso del amor. El matrimonio entre dos personas del mismo sexo es legal en España desde 2005. España se convertía entonces, en uno de los países pioneros en legalizar este derecho: el derecho al matrimonio que debería darse por universal. Pero no lo es. Tan sólo en 25 países del mundo, el matrimonio homosexual es legal y en 72 países, la homosexualidad está penalizada. Y sí, en 13 países está condenada con la pena de muerte. Leéis bien.




sábado, 20 de abril de 2019

14 Mi vida sin mi





Enlace para ver la pelicula ( de pago) : https://www.youtube.com/watch?v=70zXdVxEat8

Crítica:

Una poética de la mirada
Mi vida sin mí
(My life without me). Isabel Coixet, España, 2003
Por Isabel Verdú [1]

Nunca he visto una película sobre el tema de la muerte que transmita tanto vitalismo como Mi vida sin mí. Supongo que es por ello que me resulta imperecedera. ¿Cómo cansarse un canto a la vida honesto, sensorial, que huye de intelectualismos y se infiltra lenta pero arrebatadoramente en la epidermis? 

Para su historia, Isabel Coixet se basó en una novela breve donde aparecía el tema de la muerte inminente de una mujer muy joven, y la decisión de esta de vivir el tiempo restante con intensidad. Coixet quedó fascinada por el personaje; y, además, decidió introducir un matiz peculiar: la protagonista guardaría para sí el hecho de que iba a morir; eso le permitiría desarrollar mejor su particular carpe diem silencioso. A partir de esta trama (que podría resultar inverosímil o excesivamente lacrimógena) Coixet supo construir una inspirada historia que trasciende todo detalle escabroso y se erige como una singular alegoría poética de la existencia humana.

Pero lo que hace de Mi vida sin mí una gran película, a la altura del mejor Wong-Kar Wai, es la mirada de la protagonista, que se construye a través de la acertada B.S.O., y de un delicado tratamiento de la imagen (con horizontes difusos, abundancia de primeros planos y poéticos encuadres que aproximan entre sí a los personajes). 

La mirada de Ann es la de un despertar. Su vida ha sido difícil, y precipitada: madre adolescente, trabajadora prematura... No ha habido grietas ni interludios. Nunca ha tenido ni un espacio para sí misma ni menos todavía tiempo para pensar. Pero su percepción del mundo cambia en un instante, y se hace más viva, paradójicamente, con el anuncio de la muerte. La  mirada de Ann se transforma en la del artista, la del poeta; aunque sea inspirada por cuanto ve, por la lluvia y las puestas de sol, y no por "todos esos libros" que no ha leído y ya no podrá leer. Como el flâneur del siglo XIX, que era consciente de las veloces transformaciones de la sociedad, como Baudelaire, que reivindicaba la belleza de lo efímero, Ann observa la realidad con pupilas dilatadas, como si lo viera todo por vez primera, o como si todo se fuera a desintegrar en el instante siguiente. Deambula sola por la calle, se deja llevar por sus estímulos; se une a la multitud, y a la vez se aparta de ella, en sus soliloquios. Cuando pasea entre los escaparates se sorprende respecto a los placeres que con tanto ahínco la sociedad de consumo nos ofrece; al entrar al supermercado, en un rapto de alucinación similar al de Bjôrk en  Bailar en la oscuridad (Dancing in the dark, Lars Von Trier, 2000) visualiza a la gente bailando al estilo de un musical. Nadie es infeliz en un supermercado, se dice; todos estos productos están aquí para seducirnos y  alejarnos de la muerte. Y esa mirada desvaída, esos párpados en trance, ese fundido en blanco resultan estremecedores; el espectador, acompañado por las melodías intimistas de Alberto de la Iglesia, por la imagen recurrente del vidrio, material frágil del que se extraen extrañas melodías, se encuentra con Ann en un lugar liminal, donde todo es hermoso y terrible al unísono, donde todo puede suceder, aunque lo único seguro es la muerte.

En ese estado de percepción el encuentro amoroso no tarda en surgir. Y Ann y Lee entran en un hipnótico enamoramiento que es mostrado con numerosas elipsis, como a través de un velo. Las palabras son escasas y las miradas, intensas como aquel que sabe que cada segundo es único e irrepetible. La fatalidad sobrevuela sobre sus encuentros, lentos y lánguidos, acompasados ahora por cálidas canciones como "Senza fine". Lo irónico del caso es que, mientras él interpreta la imposibilidad de su amor de manera "clásica", por la condición de ella de casada, para ella (y para el espectador) la imposibilidad es auténtica, porque sabe que va a morir. Eso no es óbice para que las situaciones familiares de Ann estén revestidas asimismo de una indudable ternura. Aunque vivan en una situación precaria, la convivencia entre Ann, su marido y sus hijas es armónica y aderezada de risas. Ello contribuye aún más al "shock", al extrañamiento que se produce en el espectador entre esas instantáneas y las apesadumbradas visitas al hospital; y eso da un sentido mucho más profundo a la historia de amor con Lee, puesto que no puede explicarse como una huida de su propia vida, sino más bien una exploración en los (hasta ahora) estrechos límites de la misma. Otro contrapunto más: otros personajes, como sus padres, parecen llevar vidas ásperas y vacías de sentido. Pero Ann ahora tratará de ver lo mejor en ellos y dejarles en herencia palabras esperanzadoras, mediante cartas póstumas cuyo guión no tiene desperdicio.

El ritmo de la película contribuye a percibir la existencia en plenitud, con todo su gozo, toda su melancolía: las secuencias intimistas, donde lo que entra en juego es la mirada de Ann (en complicidad con el espectador, único partícipe de su viaje), se yuxtaponen bruscamente a las escenas exteriores, donde la protagonista vive a fondo el romanticismo con su amante, la ternura con su familia; donde también aparecen personajes secundarios que nos hacen sonreír con alivio por lo adusto de su expresión (Blondie, la madre) o lo entrañable de su frivolidad (la peluquera, María de Medeiros. )

 Mi vida sin mí se vive como un baile perpetuo, que fluctúa entre lentas cadencias e imprevistos ritmos sincopados. Mi vida sin mí es portadora de una mirada despierta, desapegada, que nos recuerda cómo deberíamos enfrentarnos al mundo cada día: sabiendo que nada permanece ni es uniforme. Al final, nos aguarda el telón blanco de la muerte, y ni el dolor ni la  razón van a servir para ahuyentarla. De modo que, ¿por qué no tomar cuanto se nos cruza en el camino, con la belleza de lo perecedero, y agradecerlo, sin pretender retenerlo? Eso hace al final hace la protagonista con esas sublimes palabras destinadas a su amante: "Me encantó bailar contigo".


Festivales y premios:
Festival de Berlín, 2003. Premio de Guild of German Art House Cinemas.
Premios Goya 2003. Premio a mejor canción y guión adaptado. 


[1] Isabel Verdú cursó estudios de Filología Hispánica y Teoría de la Literatura. Es profesora de Lengua y Literatura. Escribe reseñas sobre novela contemporánea en el suplemento Artes y Letras del Heraldo de Aragón