"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".

miércoles, 28 de octubre de 2020

Documentos de Cine: Rodado en Portugal. Cristales rotos, pruebas para un film Portugal. Víctor Erice, 2012.

 


Ficha: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7372546

Artículo: https://codigocine.com/vidrios-rotos-victor-erice/

Enlace para ver la Película (VOSE): https://www.youtube.com/watch?v=_I5gdHHp3U4

Resumen

En este artículo se pretende estudiar una fotografía anónima que Víctor Erice utiliza en su mediometraje «Vidros partidos» («Cristales rotos») que forma parte de la película conjunta Centro histórico (2012). El estudio de esta imagen resulta fallido si se utilizan las metodologías tradicionales sobre fotografía. Incluso el filme «Vidros partidos» se resiste al análisis cinematográfico convencional, ya que el director plantea una película que se basa en la desconfianza de la imagen como referente de lo real y en el modelo de los géneros fílmicos como estructuras narrativas cerradas.
Nuestra propuesta consiste en considerar «Vidros partidos» y la fotografía encontrada que contiene como un objeto de estudio que necesita una metodología propia. La fotografía no se puede analizar con los métodos tradicionales, ya que es una imagen intervenida fílmicamente; del mismo modo, el mediometraje no es ni un documental ni una película de ficción, sino una extraña mezcla de ambos. «Vidros partidos» es una película de ficción que utiliza la técnica del documental y se realiza con personas reales que recitan un texto escrito sobre las experiencias verídicas vividas por obreros de la Fábrica de Hilados y Tejidos del Río Vizela (Portugal).
Por todo ello, concluimos que el investigador a veces debe apartarse de las metodologías clásicas y abordar ciertos objetos de estudio desde caminos nuevos y perspectivas no estudiadas.

jueves, 22 de octubre de 2020

Documentos de Cine: Rodado en Portugal. Viaje al principio del mundo, Manoel de Oliveira, 1997.

 



Enlace para ver el film (VOSI): https://www.youtube.com/watch?v=cLHEq24EVEo

Crítica: Sofía Bofarull

Entrañable película del maestro del cine portugués, el octogenario Manoel de Oliveira (El valle Abraham, O convento, La caja, Party), que continúa en plena forma como autor. Aquí parece ofrecer su testamento fílmico -él mismo aparece de fondo, como chófer de los viajeros protagonistas-, a modo de Otto e mezzo de Fellini, pero con la personalidad estilística que le caracteriza como cineasta sin igual. Con cierta analogía con el también magistral Lisboa Story de Wim Wenders (donde se evoca el viaje y la búsqueda de otro cineasta, aunque éste es alemán, y se captan también los bellos escenarios naturales de Portugal), la película de Oliveira es una lección de hacer cine, donde lo que se narra se hace por medios estrictamente fílmicos y los sentimientos íntimos se expresan a través de la más pura imagen, secundada por unos diálogos muy medidos y en unos actores que dan vida a sus personajes con fuerza dramática y gran emotividad.

Además de la postrera interpretación del llorado Marcello Mastroianni (que nos recuerda un tanto a Sostiene Pereira y es aquí el patético alter egode Oliveira), destaca el trabajo de la asimismo veterana Isabel de Castro, junto a Jean-Yves Gautier y los jóvenes Leonor Silveira y Diogo Doria. Con momentos poéticos sublimes, junto a otros pasajes de delicado sabor costumbrista y popular (como la recitación del poema del legendario Pedro Macau), el filme evoca un mundo rural que ha permanecido indemne pese al correr del tiempo, a la vez que retrata eficazmente unas mentalidades sencillas que pueden resumir la idiosincrasia del campesinado portugués. Un mundo de ayer y hoy, lleno de valores y tradiciones, que tiene su culminación en el vigoroso encuentro-rechazo y posterior aceptación de la tía del padre del actor galo.

Un joven que emigró a Francia en los años treinta, que sufrió la Guerra Civil española y se instaló en aquel país, donde murió exiliado y añorado. Aunque Viagem ao principio domondo es, a simple vista, el viaje iniciático de ambos artistas, resulta, ante todo, el retorno de un hombre (o dos, si se prefiere) a sus orígenes, al principio del mundo, a sus raíces. Un mundo ancestral, que va a ser tratado de forma diferente por el viejo cineasta y su maduro actor, tras las vivencias en su patria. Así, cuando termina el relato empieza una nueva vida, que captará la cámara cinematográfica combinando la nostalgia con la humanidad, el ensayo con la búsqueda de otra puesta en escena. Pero eso ya no lo ve el espectador.

Estamos, pues, ante una obra mayor de Manoel de Oliveira, que ha sido saludada con satisfacción por la crítica más rigurosa.




jueves, 15 de octubre de 2020

Documentos de Cine: Rodado en Portugal. Sostiene Pereira , Roberto Faenza 1996

 




Crítica:  Fernando López (La Nación Arg.)

De punta a punta de "Sostiene Pereira", Marcello Mastroianni concreta una tarea formidable. No sólo porque debe hacerse cargo del relato como protagonista casi excluyente y porque su presencia en pantalla es casi perpetua -lo cual no deja de ser un deleite para la multitud de sus admiradores-, sino también porque es él, con su aire familiar, su humanidad entrañable y la calidez de su temperamento quien se ocupa de mantener vivo el relato cuando decaen los bríos del realizador Roberto Faenza o cuando la adaptación -tan respetuosa de la breve anécdota del original- no encuentra traducción visual para el complejo proceso interior que vive el personaje.

Sólo en los ecos de la interioridad de Mastroianni -que pocos como él sabían volver transparentes- la película consigue captar ese proceso que constituye la esencia de la novela de Antonio Tabucchi. El que conduce a Pereira, el viejo periodista del suplemento cultural del diario Lisboa, a decidirse por el cambio e imponer un giro rotundo a su vida hasta entonces solitaria y monótona.

El triunfo de la vida

Hay diversos factores que inciden en la mudanza del viudo que, en medio de la represión  de la dictadura salazarista y de la repercusión que tiene en Portugal el encarnizado enfrentamiento entre españoles, ha elegido mantenerse recluido en sus lecturas de autores de otros tiempos y en la traducción de los franceses contemporáneos que más admira.

El camarero del bar en el que cada mañana Pereira inicia su rutina le acerca datos inquietantes de lo que sucede en Lisboa y los diarios callan; cuando viaja al interior para una breve temporada de reposo, se cruza con una judía alemana que le da amenazadoras noticias de Europa y le instala alguna intranquilidad; un médico con preocupaciones filosóficas y vocación de psicólogo le sugiere una teoría según la cual aun a su edad -Pereira ronda los 65- el cambio es posible y todavía más, probable.

Claro que toda esta embestida contra la inalterable quietud de Pereira no haría mella en su espíritu de no haberse producido antes un encuentro decisivo: la aparición de un joven graduado en filosofía que con su vitalidad y su pasión ha venido a alborotarle ese pequeño mundo congelado en que buscó refugio.

De menor a mayor

El cambio que irá madurando lentamente en el espíritu de Pereira es más que un cambio político: supone el renacimiento de un hombre que se había sepultado en el sosiego, la renovación del compromiso con la vida, el triunfo de ésta en fin.

Con el gesto que indica este renacer del personaje también la película de Faenza cobra la grandeza y la intensidad que en toda la primera parte están prácticamente ausentes.

La cuidadosa descripción de ambientes, la belleza de los escenarios de Lisboa, el esmerado retrato de personajes secundarios y el correcto desempeño del elenco -más allá de un doblaje al italiano del que no todos salen bien parados- apenas alcanzan a compensar la opacidad un poco amodorrada con que el cineasta italiano conduce la acción antes de arribar a esos tramos finales en los que el film cobra vuelo.

Pero para su fortuna -y la nuestra- está ahí el admirable Marcello, que colma de humanidad palpitante al personaje y entabla con el espectador -otra vez, como siempre-, ese lazo afectivo que lo convirtió en el amigo que todos reconocíamos en la pantalla. Viéndolo nuevamente se comprende cuánto va a costar acostumbrarse a su ausencia.



jueves, 8 de octubre de 2020

Documentales: Cuando el homo sapiens hacía cine

 



Enlace para ver el documental:  https://youtu.be/r9BnEU-0nxk

Sinopsis:Tras revisar un gran número de obras de arte parietal, el director y prestigioso arqueólogo Marc Azéma desvela que el hombre prehistórico sentía la misma fascinación por las imágenes y el movimiento que el hombre actual.





Documentos de Cine: Rodado en Portugal. En la ciudad blanca. Alain Tanner, 1983.

 




Crítica( Daniel Arana):

«La memoria y el olvido
tienen un mismo origen»

Dans la Ville Blanche (En la ciudad blanca, 1983) es lo más parecido a poner en imágenes un largo poema. Algo que también Wim Wenders, Werner Herzog o Rohmer han hecho con sumo gusto, también el mejor Antonioni. El director suizo Alain Tanner es, aparte de todo esto, una rara avis en la Historia del Cine. Ha conseguido traer a las pantallas un sinfín de historias que hacen del humano mucho más que un mero comparsa en deslavazados guiones —algo a lo que, por otra parte, el actual acaecer cinematográfico nos tiene sobradamente acostumbrados—.

La historia del marinero Paul —espléndido, como acostumbra, Bruno Ganz— es la de cualquier trabajador alienado. De él conocemos su dedicación laboral presente (marinero) y bastan las primeras imágenes para asistir a su indudable caos personal. Paul sólo quiere huir: «mi barco puede funcionar sin mí». Su descanso de ese pequeño infierno de sala donde trabaja ocho horas al día consistiría en volver a la soledad de una cabaña pequeña. Pero cuando la bella Lisboa, bañada por el sol del verano, aparece en el horizonte (están parados en los muelles portugueses) Paul coge su bolsa, su radio, su cámara súper 8 y abandona la nave sin mirar atrás.

La sensación de tiempo suspendido -más propio de la memoria que de la realidad- con la que se inicia el film de Tanner, nos acompañará durante todo el resto del metraje. El mar en calma, la tranquilidad de una vida que empieza a ser vivida, que pugna por ello. Paul pasará las primeras horas en tierra firme, caminando alrededor de la ciudad vieja —una Lisboa cuya blanca luz jamás ha sido captada de igual manera en el Cine— y lo hará explorando sus callejuelas empinadas y laberínticas y montando en el conocido tranvía. Todo lo que ve lo captura con su cámara. El cine dentro del cine tiene aquí un referente de valor incalculable.

Se hospedará en un bar al que entra por azar, y pronto nos enteramos de que Paul no necesita un descanso de su vida como marinero, sino de la vida en general. Simplemente quiere existir, flotar, mecerse en la paz que trae carecer de obligaciones. Dans la Ville Blanche nos habla también de la desaparición de las responsabilidades que atenazan al humano, que lo atoran en su día a día. De repente, ya no hay nada inmediato que deba ser atendido. La ciudad (un territorio nuevo, inexplorado) parece darle la bienvenida con los brazos abiertos: sus calles empapadas de historia, su comida, sus mujeres. ¿Puede durar este estado onírico?

Aunque no nos es dicho, algo en el rostro de Paul, en sus expresiones y su gestualidad, nos advierte de que es un hombre atormentado en busca de consuelo. Esa es la función de los sueños. Por cierto que la diferencia entre realidad y ensoñación cada vez se vuelve más borrosa. Paul va grabando, decíamos, una serie de cintas que resultan ser el único punto de conexión entre él y su mujer suiza. Paul le habla a través de esas grabaciones dispersas, e incluso será capaz de iniciar una relación con Rosa, la trabajadora de su pensión. Sin embargo, no es capaz de olvidar a su primer amor.

Con su ritmo lento y su actitud introspectiva, pero segura, encontramos a un Tanner que toma con firmeza el pulso de la historia y deja que las imágenes fluyan, con la consiguiente destreza. Así como Paul se pierde por Lisboa, Tanner deja al espectador que haga exactamente lo mismo. Los diálogos son escasos y la trama casi ausente, probablemente muchas escenas sean fruto de la improvisación. Sólo Paul y Lisboa son protagonistas. Nada más se requiere para redondear esta obra maestra inclasificable.

Tanto la envolvente música de Jean-Luc Barbier como la fotografía de Acácio de Almeida acompañan a Paul en su fascinadora descripción de alguien viciado, herido por la humanidad. Así, Dans la Ville Blanche supone un hito en el cine de Alain Tanner. Revivido el éxito de público que le había faltado desde Jonas qui aura 25 ans en l’an 2000 (Jonás, que cumplirá los 25 en el año 2000, 1975), la película marca además una ruptura estética en su obra. Si bien la fuga y el deseo de soledad eran temas tannerianos, estos se desarrollaban siempre sobre un basamento proveniente de cierto izquierdismo político, hecho de conversación y fantasías lúdicas, y dando así forma a un paraíso de palabras y bromas donde los personajes parecían vivir. Esta vez Tanner fue mucho más allá.

Nada de lo antedicho se halla en la película que comentamos hoy, que impresiona por su silencio, su poesía despojada y su melancolía en blanco y gris. El cineasta suizo recuerda también su juventud en la marina mercante para imaginar este retrato de un hombre que lo abandona todo, para fundirse en cuerpo y alma en Lisboa. ¿Qué es real y qué una ensoñación lisboeta? Sirva como ejemplo el impagable diálogo entre Rosa y Paul, nada más llegar este a la pensión, cuando le llama la atención un reloj que funciona al revés. La camarera le responde algo que no puede pasarnos desapercibido: «No, el reloj va bien, es el mundo el que funciona al revés».

Y será bajo el signo de este deterioro, de un cierto caos existencial, que el personaje de Paul vive su soledad urbana, registrando con su cámara los fragmentos de real que envía a su esposa, y que, por supuesto, circulan al azar. Con Dans la Ville Blanche (1983), Tanner se reafirma como un gran cineasta del territorio en el que el mapa del personaje y la topografía de la ciudad terminan por convertirse poco a poco en uno solo. Porque quizás el sueño loco del marino sea simplemente devenir Lisboa. Con su paz, también con su quietud de horas que no parecen sucederse. Paul es el testimonio de que ciertas cosas están tan arraigadas en nuestra naturaleza que, aunque a veces podamos permitirnos soñar un poco más, la realidad termina por surgir: siempre estarán ahí cuando despertemos.

Quizás sea esa realidad aquello de lo que conviene huir.



jueves, 1 de octubre de 2020

Documentos de cine: rodado en Portugal. Tras-os-Montes, Margarida Cordeiro; Antonio Reis ,1976.

 



"Nós queríamos traduzir em linguagem fílmica o nosso encantamento com as gentes, os animais, as paisagens e o modo de vida desta zona. Quisemos traduzir a maravilha que sentíamos."  Margarida Cordeiro.


o también este otro: https://vimeo.com/383229590   los dos son en Version original subtitulada en inglés , aunque el audio es en portugués. No encontré una versión subtitulada al castellano.
Este enlace está en youtube y se pueden activar subtítulos en portugués https://www.youtube.com/watch?v=ki4DEFsmFfg

Crítica:

Una visión poética del arraigo

La película Trás-os-montes no pertenece a un cine convencional. Sus directores, los esposos Margarida Cordeiro y António Reis, no hicieron un cine complaciente con la audiencia o la crítica, mas con ellos mismos y con la gente que retrataron en sus filmes. En el caso de Trás-os-montes, el filme ofrece una mirada poética a la forma de vida de los pobladores de las regiones de Trás-os-montes y Alto Duero, situadas geográficamente en el noreste de Portugal y socialmente en la pobreza. Una mirada que contiene el sentir de la gente entre sí, el sentir de la gente con su tierra, el arraigo, el sentido de pertenencia a ese pedazo olvidado por los centros de poder, que legislan a distancia sobre algo que, probablemente, desconocen. No deja de ser una extraña coincidencia que también el noreste de Brasil presenta esa misma pobreza y olvido.

Trás-os-montes carece de historia propiamente dicha; es, más bien, un collage de imágenes que nos muestran la forma de vida de los pobladores del noreste, en una cadencia hipnóticamente lenta, donde no hay prácticamente elipsis, donde en lugar de omisiones hay largas expectaciones. Ese ritmo es análogo al devenir deliberadamente lento de la vida en provincia, de lo rural, donde pareciera que el tiempo no juega un rol de importancia. Sin embargo, y por contraposición, es precisamente en el tiempo en el que ocurren las migraciones en busca de un mejor futuro y esa lucha, digamos ontológica, entre el deber y el arraigo, entre irse o quedarse; es una lucha descarnada, que toca a lo más íntimo del Ser, pues nos recuerda que somos en la medida en la que estamos insertos en un espacio social y, por ende, geográfico. Esa identificación entre el ser y el sitio, el arraigo, pareciera ser el planteamiento central de esta producción. La contraposición, antes mencionada, está representada en el film en las escenas en las que un viejo ferrocarril llega, al comienzo de la película, y se va, al final de la misma. Llega el desarrollo para llevarse a buena parte de los pobladores y hacer mermar, aún más, las esperanzas de la pobre región. Aquí el ferrocarril no deja de remitirnos al ferrocarril de Cuentos de Tokio: ambos representan al progreso que irrumpe desde otros lados en la bucólica campiña de los protagonistas.

Podría interpretarse, entonces, que el filme alude al ser-ahí heideggeriano y que la disrupción provocada por la migración obliga a los emigrantes a canjear lo que pudo ser una existencia auténtica(1), de la que disfrutaban en su terruño, por una existencia inauténtica(1), que es la que les ofrecerán los centros urbanos empleadores; entendiendo éstas existencias como las enunció Heidegger. Pareciera que la cura(1) que el film propone es el arraigo, es decir, el no abandono de la tierra nativa. Esto explicaría, por otra parte, el porqué Margarida Cordeiro -según he sabido- regresara a su región natal (Trás-os-montes) luego de la muerte de su esposo. Ahora bien, la intención de los cineastas era menos ambiciosa, más simple, era mostrar fílmicamente lo maravillados que se sentían mientras andaban por esas tierras en su Land Rover(2), lo encantados que se sentían con las gentes, con los animales, con la naturaleza.

Si se intentase etiquetar esta cinta, uno piensa en el cine documental, en la docuficción y en el Novo Cinema brasileño, evidentemente. También uno piensa en que las etiquetas no siempre hacen justicia a las obras de arte; incluso pueden entorpecer. No deja uno de recordar el neorrealismo italiano y a nuestra gran película, Araya, en la que Margot Benacerraf también nos mostrara escenas -absolutamente poéticas- de la vida de los pobladores de la península antes del advenimiento de la tecnología que cambiaría sus vidas y pondría en el banquillo su arraigo y su sentido de pertenencia. Trás-os-montes, al igual que Araya o Pather Panchali, nos muestra una triste realidad con la gentileza, la honestidad y el respeto por los dolientes que solo los poetas pueden imprimir a una obra. Quizás la etiqueta que mejor les va a este tipo de film sea la de cine-poesía.