"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".

miércoles, 29 de julio de 2020

Documentos de Cine, Cine Fórum Quintanar: Orfeo Negro (Marcel Camus 1959)






Crítica: Mariana Fernández 2019

Orfeo y Eurídice: La tragedia en Brasil

Basada en la obra del escritor Vinícius de Moraes, Orfeo Negro rescata algunos de los elementos más reconocibles de la tragedia de Orfeo y Eurídice.


Orfeo (Breno Mello) es un conductor de trenes en Brasil. Mujeriego y con talento para bailar, toca la guitarra e interpreta canciones que cautivan a los vecinos de una favela. Eurídice (Marpessa Dawn) arriba a la ciudad, huyendo de un misterioso hombre que desea matarla. Allí, encuentra refugio con su prima Serafina (Léa Garcia).

En primera instancia, el encuentro entre Orfeo y Eurídice sucede en un tren que augura la tragedia. El paralelismo resulta fidedigno al periplo griego tras conocer sus respectivos nombres y orígenes del mito. Así, su romance cobra vida durante la festividad, amenazado por Mira (Lourdes de Oliveira), la celosa novia de Orfeo.

La esencia del teatro en Orfeo Negro
El realizador Marcel Camus ejecuta una narrativa que evoca en forma al dramatismo del teatro. Con la elaboración de los trajes que forman parte del carnaval y la organización del desfile, inserta también al hombre que busca a Eurídice. El personaje, vestido de negro y con una máscara, representa a la muerte y el destino ineludible.

La idealización del romance enfatiza con la interacción de la pareja en el interior del hogar de Orfeo. Reforzada con sencillez, recrea un toque íntimo que sumerge al espectador en el juego de miradas y suavidad en los comportamientos de sus protagonistas.

El carnaval de Rio de Janeiro
Orfeo Negro transita también en las tradiciones brasileñas. Camus coloca, en primera instancia, atención al carnaval. Con ello, realiza una sutil transición al contexto del mito griego.

La música de Luiz Bonfá y Antonio Carlos Jobim sobresalta los tonos de la trama. La samba captura la alegría ante el carnaval. En tanto, la bossa nova logra lo propio en la transmisión de esperanza.

Así, refleja el poder de Orfeo para manifestar estados de ánimo y acciones sobrenaturales. Capaz de convocar la salida del sol con su guitarra, las canciones representan el punto álgido del amor y la tristeza del romance.

La fotografía de Jean Bourgoin en Orfeo Negro

Además de retratar el folclor y luminosidad entre el baile y la música, la fotografía de Jean Bourgoin exalta también el inevitable entorno de peligro en el guion de Marcel Camus y Jacques Viot.
El alcance de la muerte acompaña al recorrido de Orfeo en busca de Eurídice. Los vastos espacios lo representan con oscuros depósitos de tranvía y los edificios públicos. La penumbra mezclada con iluminación rojiza por parte de Bourgoin evoca el infierno que atraviesa su protagonista.
A su vez, acentúa una esencia de fantasía. El joven camina por un amplio corredor hacia la muchacha guiado por un empleado que representa a Caronte, barquero de la muerte, en la mitología. La presencia de santería en el edificio recrea las creencias religiosas en Brasil. La noche rodea a Orfeo al regresar a casa con el cuerpo de Eurídice. Con ello, el sol apunta el fin de una travesía que apunta hacia su trágico destino.
Conclusión
Si bien Orfeo Negro cuenta con una premisa sencilla y un retrato social brasileño que peca de idealista con el entorno de las favelas y las clases bajas, es una solvente readaptación del mito griego.
El filme destaca gracias a la convergencia de la oscuridad de la tragedia con la animosidad de la alegría y carnaval de Rio de Janeiro, apoyado con un estilo visual que resalta paisajes, colores, música y baile.

miércoles, 22 de julio de 2020

Documentos de Cine, Cine Fórum Quintanar: Una vida difícil (Dino Risi 1961)


Ficha Cinematográfica: https://www.filmaffinity.com/es/film406627.html



Crítica:

¿Es la Italia eterna lo que posibilita que haya películas así o son este tipo de películas las que terminaron haciendo una Italia eterna?


Uno llega al cine de Dino Risi y parece que acabe de descubrir la pólvora, ¡a buenas horas! Y más si se hace a través de Una vida difícil, llenísima de memorables escenas, de principio a fin: la cena en casa de la principessa, con el advenimiento de la República; el despecho de la pareja enfrente de la sala de fiestas, ya amaneciendo; el golpe crítico final en casa del commendatore… Y quizás, especialmente, ese Sordi a contracorriente del tráfico, escupiendo a todo vehículo que se encuentra.

Si esta película es un ejemplo de comedia italiana, la cosa entonces es bien seria: el sabor agridulce del humor dramático, a medio escalón de un realismo mágico entrañable, estimulante, inolvidable. Y con la carga adicional de crítica al sistema social; a veces soterrada, otras (la escena final) desbordada, siempre aleccionadora.

Una estupenda película para repasar un cuarto de siglo de historia italiana -de la lucha partisana al desarrollismo de los sesenta- a través del personaje de un periodista políticamente comprometido, llevado en volandas por Alberto Sordi a golpe de muecas, de cócteles espumosos y ácidos, como la escena del tribunal examinador, cuando este rechaza las excusas señalando que las luchas civiles no tienen ningún valor, y el protagonista salta:

¿O sea que la Resistencia no da valor? ¿Entonces qué debería haber hecho? ¿Lo que muchos hicieron en 1944, vestirme la camisa de las Brigadas Negras y conseguir el título apuntando con una pistola a los profesores?

Furia, ruido, sátira, bufonada, desengaño, sensibilidad… Una tragicomedia vital.

miércoles, 15 de julio de 2020

Documentos de Cine, Cine Fórum Quintanar: El año pasado en Marienbad (Alain Resnais 1961)





Crítica:  (Antonio Bazaga 2015)

Entramos hoy en el extraño universo onírico creado por Alain Resnais en la película ‘El año pasado en Marienbad’. Dejen lo racional a un lado y sumérjanse en una de las películas que, en 1961, más revolucionó el lenguaje cinematográfico. Y dedíquenle todo su amor. O parte de su odio. 
Que el cine es un arte está claro, cuando menos en concepto, y por ello se le ha venido a denominar el séptimo, sumándose a las seis grandes artes descritas en el Renacimiento: literatura, música, pintura, escultura, arquitectura y danza, viejas conocidas de la historia. Que además es otra cosa, entretenimiento, espectáculo, industria…, tampoco es menos cierto, y es además la razón por la que predominantemente se le conoce.
Como arte, tan sólo tiene una edad de poco más de cien años; y aunque pueda parecernos extraño, los momentos culminantes de cambio y avance no han sido tantos, si prescindimos de las novedades de formato, sonido, color…, es decir, las técnicas; pero nos referimos a las verdaderas mutaciones o innovaciones en la narrativa, en la forma de contar, de relatar, de decir; en fin, de desarrollarse como lenguaje cinematográfico más allá de su estructura meramente contemplativa.
Dicho esto, Un Viernes de Cine quiere hablarles hoy de una de esas películas que rompe con el canon establecido y que se instrumenta, en un salto al vacío, bajo la silueta de una nueva fórmula narrativa. El año pasado en Marienbad (L’année dernière à Marienbad, 1961), de Alain Resnais.
Aventurarse a escribir sobre este trabajo casi puede tomarse como una locura; quizá haya llegado el momento de perder el juicio esperando la primavera. Si no me creen, escuchen lo que decían de su criatura los dos hacedores, Resnais y el escritor Robbe-Grillet (autor del guión), sobre la intención de su obra: «No importaba tanto lo que se relataba, sino cómo se relataba».
Pues bien, esta fascinante creación que algunos han querido describir como una alegoría sobre la muerte o como una clara inmersión en el mundo de los sueños, como la representación pura del deseo, como el perturbador universo de la creación poética o el inmenso y por tanto inabarcable espacio de las ideas, da aún para múltiples interpretaciones más, y, con seguridad, a posibles y razonables argumentos de los que tan sólo usted puede ser el creador.
Pues una historia tan sencilla como bien pudiera parecer su trama, les aviso ya, es únicamente una idea plausible de aquello que podría ser el argumento y nada más. La historia real está dirigida a las emociones del espectador a través de su representación, y a que la desconcertante conjunción de imágenes y palabras tenga un significado en él, huérfano de paraguas de cualquier racionalidad.
Y he aquí lo que parece querer contarnos: En un suntuoso y barroco hotel, un hombre trata de persuadir a una sofisticada mujer de que, el año anterior en Marienbad, donde se conocieron, le prometió que si la esperaba todo este tiempo, abandonaría a su esposo y se fugaría con él. Pero la mujer parece no recordar ni aquel encuentro ni mucho menos aquella promesa.
Tratar de aferrarse a la razón para comprender esta película es fracasar en el intento, ya que esta rareza -imposible poder calificarla de otro modo-, inusual y libre de compromisos, rompe con la estructura cronológica y los tiempos académicos, dejando al espectador desvalido, ante su desconcertante, pero apabullante y hermoso, laberinto físico y mental, como una trampa, un juego a través del cual deberá componer y recomponer la historia bajo su libre voluntad, con su propio hilo de sensaciones.
Para todo ello, Resnais se vale de una puesta en escena minuciosa, cercana a la coreografía, casi una danza, manejando el travelling, la repetición de planos, los saltos de eje y la rotura premeditada del tiempo y el espacio, haciendo conciliar lo narrado en off con lo visualmente mostrado, un experimento nunca antes desarrollado.
La cinta de Resnais es de esas escasas películas que enlazan de manera descarnada la literatura y el arte visual, tomando importancia incluso por separado y envolviéndolas juntas en un soberbio ejercicio cinematográfico. Tanto el guionista como el realizador trabajaron individualmente sin la influencia del otro; una vez escrito el libreto, Robbe-Grillet lo dejó en manos del realizador, que transcribió en imágenes lo escrito, desde su perspectiva más escrupulosa.
Es cierto que El año pasado en Marienbad tiene tantos seguidores como detractores; unos que alaban su carácter innovador, su atmósfera ensoñadora y sensual, su apuesta por un mundo de ideas, de sensaciones…, y otros que abjuran de su carácter pedante, de su falta de coherencia y de su ritmo analítico desasosegante fuera de cualquier convencionalismo.
De ustedes depende adjudicarse uno de los colores; pero si le dan la oportunidad, quizás más de una, observen la impecable fotografía en blanco y negro y en CinemaScope –digna más bien de una superproducción que de un experimento de la nouvelle vague- de Sacha Vierny, fotógrafo de la también indescriptible obra anterior del director, Hiroshima mon amour.
Contemplen una puesta en escena tan fascinante como desconcertante, laberíntica y desproporcionada a veces y no por ello menos embaucadora. «Pasillos, alfombras, estucos, espejos y más pasillos, alfombras…», narra constantemente la voz en off, verdadera protagonista del filme.
Disfruten de la arquitectura, la luz y la penumbra como personajes; cómo olvidar ese jardín de setos triangulares sin sombras frente a las desproporciones de los personajes, personajes objeto como esculturas dentro de un tablero, o el asombroso brillo de las miradas y los labios, la delicadeza de los gestos y la rigidez de los cuerpos y los muros.
Si entran, háganlo precipitándose incluso en el desasosiego, dejándose herir y estremecer por esa música de órgano recurrente, que pareciera salir de los dedos de un Bach ebrio en una noche de composición en fugas. Háganlo todo suyo, como si, aburridos en el metro, jugasen a inventarse la historia de los cuerpos y mentes que les rodean, mezclando sonidos y palabras, miradas y conversaciones, llevándolas al terreno que les apetezca.
Y, si no, ódienla, tiren por tierra cualquier teoría, detesten tanta incoherencia, pero de cualquier forma, no olviden, si la ven, que quizás sin ella no habrían existido El ángel exterminador o El resplandor, gran parte de la narrativa de Scorsese, el mundo de Lynch y muchas otras más.

lunes, 6 de julio de 2020

Documentos de Cine, Cine Fórum Quintanar: Seducida y abandonada (Pietro Germi 1964)





Crítica: (El crítico abúlico)

  Durante mi primera semana de Erasmus en Messina, recuerdo haber preguntado a un chaval siciliano por qué casi no había chicas en la calle a partir de las dos o tres de la mañana. Respondió que, por lo general, en Sicilia –al menos en Messina, que con todo y ello es la ciudad más próxima al continente- no se tiene en buena consideración –en realidad el término ‘puttana’ apareció en algún momento- a las mujeres que salen de fiesta hasta tan tarde. Tampoco a las que se emborrachan, ni a las que visten minifalda, ni a las que se dejan seducir por extranjeros (lástima, porque por ahí andaba una de las chicas más guapas que he visto nunca).
Aunque entonces me reí por lo que creí una exageración pintoresca destinada a impresionar al foráneo –cosa que solían hacer al hablar de todo lo respectivo a la mafia-, el paso del tiempo y la experiencia en la ciudad me desveló que quizás, en pleno siglo XXI, algo vivo quedaba de la Sicilia secular, patriarcal e irredenta. Aquella que divide a las mujeres entre ‘mamma’ y ‘puttana’, la de misa, crucifijo y lujuria, la Democrazia Cristiana, el comunismo y la Cosa Nostra, la de la inconmensurable belleza y la decadente ruina.
             A través de la exitosa trilogía satírica de Pietro Germi –Divorcio a la italiana, Seducida y abandonada y Señoras y señores– se puede apreciar ya cómo una mirada ajena a la isla, aun siendo igualmente italiana, y rescatada de los años sesenta, trata de desentrañar las pavorosas contradicciones e hipocresías de la cultura siciliana empleando el humor como estilete, ora con precisión y finura, ora con furia salvaje.
             Si en Divorcio a la italiana el espectador asistía entre atónito y descacharrado a las tribulaciones de un hombre casado de mediana edad en su intento de conquistar a su sobrina adolescente, en Seducida y abandonada –expresión popular extraída de las crónicas sociales de los periódicos sículos-, el cuestionable héroe de la tragicomedia es un padre que se desespera haciendo equilibrios para compensar la cuota de honor mancillado por su atractiva hija, embaucada sexualmente por el prometido de su hermana.
Y, claro, en realidad, la grotesca y desproporcionada tragedia del macho, soporte único de los pilares sociales fundamentales -el honor y la familia-, tan solo revela la absoluta indefensión de la mujer siciliana a nivel familiar, social e incluso legal –el abominable artículo 544, el ‘matrimonio reparador’, capaz de purgar por sí solo cualquier delito de género, vigente hasta 1981-.
            Por medio del tratamiento épico de los tejemanejes de Don Vincenzo Ascalone –los agresivos estallidos vocales y gestuales de Saro Urzì, los degüellos propios del spaghetti western, la música de solemne dramatismo, efectos para subrayar su estado emocional tales como explosiones-, Germi pone de manifiesto, con excelentes resultados cómicos, el sobredimensionado patetismo de los tormentos del sufrido pater familias, inscrito dentro de un éxtasis perpetuo conducente a un final feliz del todo despiadado.
Un desenlace sangrante que, en cierto modo, prosiguiendo con esa dolorosa sensación presente a lo largo de todo el metraje, prefigura una situación que abocaría sin remedio a cerrar el siniestro círculo de relaciones matrimoniales planteado por Germi, con la probable repetición futura por parte de sus personajes del argumento de esa anterior Divorcio a la italiana.
            De vuelta en el árido escenario de Sciacca -empleado asimismo en aquel espléndido western judicial que era En nombre de la ley– y arropado por un reparto de rostros habituales en su cine –el excelente Saro Urzì, Stefania Sandrelli ascendiendo un peldaño en su popularidad, el peculiar Leopoldo Trieste,…-, Germi desata una comedia rabiosa cuyo cáustico desenfreno, sin embargo, tiende a cargar las tintas en exceso a causa de su ocasional redundancia.
Tan divertida como malsana.

miércoles, 1 de julio de 2020

Documentos de Cine, Cine Fórum Quintanar: Jules et Jim (Francois Truffaut 1962)






Crítica: Por Juan Marsé (El Cultural 2003)

Cuando Truffaut y Chabrol decidieron entrevistar a Hitchcock por primera vez para “Cahiers du cinéma”, los jóvenes críticos parisinos sufrieron un accidente ridículo al pisar un estanque helado que cedió bajo su peso, y de repente se encontraron metidos hasta el pecho en el agua helada, estropearon la grabadora y parecían incapaces de salir, así que tuvieron que ser auxiliados por el personal de los estudios, y así se presentaron ante Alfred Hitchcock. Al año siguiente, cuando el genial inglés volvió a París, reconoció inmediatamente a Truffaut y a Chabrol en medio de un grupo de periodistas y les dijo: “Señores, pienso en ustedes dos siempre que veo entrechocar dos cubitos de hielo”. Años después Truffaut supo que Hitchcock había embellecido el accidente, dándole su toque personal. Según la versión estilo Hitchcock, cuando los jóvenes cineastas se presentaron ante él, Claude Chabrol iba vestido de cura y François Truffaut de agente de policía.
François Truffaut es uno de esos hombres con los que a uno le hubiese gustado compartir mesa y charla, un hombre afable, curioso, buen conversador, buen oyente a pesar de su leve sordera, o precisamente a causa de ella. Uno de esos hombres misteriosamente tranquilos que inspiran la confianza de las mujeres, de los niños, y hasta de los gatos, siempre educado y respetuoso y discreto, siempre atento, siempre alerta y algo distante. Pero es, sobre todo, la clase de hombre que a uno le hubiese gustado tener de profesor durante la infancia. Es de sobras conocida la capacidad y la sensibilidad de Truffaut a la hora de abordar los temores de la infancia y la preadolescencia, temores que le interesaban y preocupaban profundamente, y para los que demostró muy buenas dotes de pedagogo, una paciencia infinita y un amor sincero. Pero es menos conocido el hecho de que su propia infancia estuvo muy lejos del conocimiento y el tacto que demostró tener sobre el tema siendo adulto.
François Truffaut no fue precisamente un niño deseado. Vino al mundo prácticamente en la clandestinidad, ya que su madre estaba aún soltera. Tal vez angustiada por su reputación y su futuro, su madre le entregó al cuidado de una nodriza siendo apenas un recién nacido, mientras ella volvía al hogar paterno para tratar de pescar un marido. Los primeros tres años de vida de Truffaut son como los de un huérfano oculto, y eso resultó determinante en su personalidad y en su carrera, incluso en su rostro y en sus modales. Su madre se casó por fin con un tal Monsieur Truffaut, que le dio a François el apellido, pero poco más. El flamante matrimonio no se llevó al niño a vivir consigo. Iban a verle de vez en cuando, eso sí, pero el pequeño Truffaut era ya consciente de la indiferencia que sus padres sentían hacia él. Parece que una de sus abuelas se apiadó de él, le llamó a su lado, y le inició en la que sería una de sus pasiones, la literatura, que más tarde calificaría como mucho más que un refugio. Del cine, que descubrió en su preadolescencia, diría que le salvó literalmente la vida. Y sabía lo que decía, porque todo empujaba a aquel chico solitario y taciturno a la marginalidad y al delito. Cuando su abuela falleció, a sus padres no les quedó finalmente más remedio que hacerse cargo de aquel extraño. Truffaut tenía sólo ocho años. La familia carecía de vínculos verdaderos y estrechos, y la convivencia se hizo insoportable. Truffaut seguía estando solo, desamparado, y la horrible certeza de que su madre no le soportaba le llevaba a deambular sin rumbo por las calles. Para colmo, en esa época el niño descubrió que su padre era su padrastro. La búsqueda de la verdadera identidad de su padre le persiguió toda su vida -y se refleja en su obra- aunque nunca consiguió dar con él (la pista se pierde en un dentista judío). A los quince años Truffaut dejó los estudios y montó un cine-club que no pudo mantener. Su inexperiencia y la competencia le aplastaron, y fue enviado a un correccional para menores por culpa de las deudas. El lugar resultó ser a la vez un reformatorio y un asilo de locos, y Truffaut, como tantos otros, parecía condenado sin remedio a ser un fugitivo sin salida. Pero se hizo la luz al final del túnel: un crítico cinematográfico que lideraba un cine-club de éxito, André Bazin, con el que Truffaut se las tuvo que ver cuando su negocio se hundía, se sintió responsable de la suerte del quinceañero y se hizo cargo de su custodia, se ocupó de que no fuese declarado desertor en la guerra de Indochina, entre otras cosas, y por último se lo llevó a vivir a su casa, junto a su familia, y le animó e incitó a que se dedicara a lo que tanto le apasionaba: el cine. La historia de Truffaut es como un cuento de terror infantil con final feliz. Y lo cierto es que es difícil, viendo el semblante y el tono con el que Truffaut se deja ver en algunas películas, imaginar que fue un adolescente al filo de la navaja. Puede que a François Truffaut lo salvara el azar, un milagro, la mano de su ángel de la guarda, pero sin duda Bazin vio algo en el chico, algo que le inspiró confianza y le creó expectativas. Fuese lo que fuese, intuyó que Truffaut era un muchacho a quien valía la pena dar una oportunidad y apostó por él. Lo que sigue, todo el mundo lo conoce: su prestigio como crítico en el “Cahiers du cinéma”, articulista polémico y comprometido, miembro destacado de la “Nouvelle Vague” en su carrera como director de cine, películas de culto y de éxito como son Los 400 golpes, Jules et Jim, La piel dura, Besos robados, La noche americana, etc. Una larga y coherente carrera profesional, que contrasta muy meritoriamente con el terreno turbulento y peligroso que pisó durante su etapa de crecimiento. Las fotografías en las que se muestra a François Truffaut junto a un niño -junto a Jean Pierre-Léaud, su Antoine Doinel, a quien tuteló hasta su madurez, o junto a Víctor, el niño salvaje protegido bajo su paciente manto- en la mirada amable de Truffaut se dibuja el respeto, el amor, la complicidad, la protección, todo aquello que hacía que los niños confiasen en él, y el resultado en pantalla es de lo más convincente y emotivo que se ha dado en los siempre delicados rodajes (como Víctor Erice miraba a Ana y custodiaba su descubrimiento, o como el amoroso y delicado empujón con el que deja partir a su Estrella adolescente al Sur soñado; por ella, por él, y también por nosotros). Teniendo toda esta información en cuenta, y si se presta un poco de atención, en el discurso que el profesor Richet da a sus alumnos en La piel dura, se puede oír la voz modulada y agradable de Truffaut: “Es porque guardo un mal recuerdo de mi juventud y porque no me gusta la manera en que se trata a los niños que he escogido la profesión que tengo: ser profesor. La vida no es fácil, es dura, y es importante que aprendáis a ser fuertes para poder afrontarla… Por una especie de equilibrio extraño, los que han tenido una juventud difícil están a menudo mejor armados para afrontar la vida adulta que los que han sido muy protegidos, muy amados; es una especie de ley de compensación”.
El Texto
Truffaut dejó escrito que, en 1955, cuando descubrió la novela de Henri-Pierre Roché entre los libros de ocasión de una librería, le llamó la atención el título, Jules et Jim (la sonoridad rotunda de las dos jotas), pero sobre todo descubrir que era la primera novela de un autor principiante de ¡setenta y seis años! Truffaut quedó seducido por un triángulo amoroso en el que el lector se enamora de los tres personajes, y escribió unas elogiosas líneas sobre la novela, que había pasado desapercibida. En seguida recibió una nota de agradecimiento del anciano autor, cuya amabilidad le animó a conocerlo y con el que tuvo contacto hasta su muerte. El joven crítico y el viejo autor novel se escribieron cartas. Truffaut estaba entusiasmado con la idea de llevar a la pantalla su novela, algún día, y la idea entusiasmaba a su vez a Roché. Truffaut invitó a Roché a ver su primer cortometraje, Les Mistons (1958), y este acudió, con ochenta y ocho años, y tuvo un gran detalle: Truffaut le contó que estaba a punto de abordar su primer largometraje, que finalmente sería Los 400 golpes, porque le parecía una empresa más factible para debutar. Roché le entendió perfectamente y le escribió esta conmovedora y bellísima nota que, confiesa Truffaut, “el egoísmo de mis veinticinco años no me dejó leer con la suficiente atención”. Decía así: “Me encantaría estar todavía aquí el día que usted acometa el rodaje de Jules et Jim. Deseo seguirle tan de cerca como me sea posible. Si encuentra alguna razón o algún pretexto para vernos, dígamelo”. Poco más tarde, durante el rodaje de Los 400 golpes, Truffaut conoce a Jean Moreau y le envía entusiasmado fotos de ella a Roché, que muestra el mismo entusiasmo: “Me gusta. Me alegro que a ella le guste Kathe. Espero poder conocerla algún día, sí, vengan a verme cuando quieran, les espero”. Pero cuatro días después Roché muere dulcemente en su cama. Los periódicos apenas mencionaron su fallecimiento. No conoció a Jeanne Moreau ni pudo saborear el éxito de Jules et Jim, éxito que hizo que incluso dieciocho años después de su estreno, Truffaut recibiera una carta de la verdadera Kathe, ya anciana, agradeciéndole que le hiciera “revivir, cautivada por su poder mágico y el de Jeanne Moreau, lo que antaño experimenté ciegamente”. Truffaut estrenó su película y ésta fue muy bien acogida, pero era aún muy joven y le atormentaba que un ser tan extraordinario como Roché, capaz de escribir ardientemente sobre una pasión cincuenta años después de los acontecimientos, siguiese siendo un desconocido. Durante mucho tiempo, Truffaut recuperó y publicó parte de sus diarios y le citó y recordó siempre que tuvo ocasión, además de adaptarle otra de sus novelas, Deux anglaises et le continent. Con el tiempo, Truffaut reconocería que Jules et Jim era su recuerdo más “luminoso”. Porque, confesaba con sinceridad, “al acabar una película siempre me doy cuenta de que es más triste de lo que quería. Siempre me pasa lo mismo”.

El Filme
Hubo una vez una amistad sin equivalentes en el amor. Ocurrió a principios del siglo XX; pero no fue puesta en palabras ni en imágenes hasta muchos años después. Jules, de nacionalidad alemana, y Jim, de nacionalidad francesa, inauguran un buen día su amistad con una apertura alegre hasta el agotamiento.

Jules y Jim, como dos adolescentes gemelos, se visten igual y no se están quietos ni un momento, pasean juntos de aquí para allá, agitando mucho los brazos y riendo sin motivo. Ambos buscan a la mujer perfecta, que un día creen vislumbrar en la sonrisa tranquila y misteriosa -o misteriosamente tranquila- de una estatua clásica. Es el secreto insondable de esa sonrisa lo que los dos muchachos pretenden poseer, y cuyo esfuerzo pondrá a prueba su amistad. La sonrisa anhelada llega con Catherine, una francesa algo extravagante, voluble y caprichosa, cuya personalidad conmueve y atrae a ambos jóvenes.
La señorita Catherine es bella y un poco pija y anda de un lado a otro bastante caprichosamente, alocadamente, y en su personalidad se mezcla lo original y lo cursi a partes iguales, pero en fin… El encanto de la película radica en la sobria cámara de Raoul Coutard y en su alegre dinamismo narrativo, que fue el sello de Truffaut.
Catherine propone, Jules y Jim disponen, y los tres se divierten como niños. El primero en ceder al impulso del amor es el vulnerable Jules, un desarraigo con poco que perder. Jim, más prudente y reflexivo, es aún cauteloso con esta fascinante mujer que, en la maleta que prepara para gozar los tres juntos de unos días en el campo, no olvida nunca su vitriolo “para los ojos de los hombres que mienten”.