"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Saura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Saura. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de junio de 2023

Ciclo Saura- jóvenes directores. GOYA EN BURDEOS. (Carlos Saura 1999)

 




Sinopsis: A los 82 años, exiliado en Burdeos junto a Leocadia Zorrilla de Weiss, la última de sus amantes, Francisco de Goya, reconstruye para su hija Rosario lo que ha sido su ya larga vida, marcada por las convulsiones políticas, las pasiones y el éxtasis de la fama. Así, recordará al Goya joven y ambicioso que lucha por escalar puestos en la corte de Carlos IV, donde vivirá el reconocimiento y la fortuna, las intrigas de palacio y el juego de la seducción y la mentira. También rememorará a su único amor, la duquesa de Alba, una mujer que redibujó su vida y la historia de su tiempo.


Crítica: 
La enésima demostración del talento artístico del gran Carlos Saura, indiscutible cineasta al que todavía algunos siguen minusvalorando. "Goya en Burdeos" es un proyecto largamente acariciado por Saura, la biografía del genial Goya a partir de los últimos días de vida de éste, en Burdeos y en compañía de su esposa e hija. Goya es un pintor admirable y una figura apasionante para Saura (quién dedica la película a su hermano, el pintor Antonio Saura) y se acerca a su figura de un modo personalísimo y artístico, nada habitual y muy alejado del típico "biopic" hagiográfico y meramente narrativo.

Saura hace una película hermosa, eminentemente estética, llena de brillantes decorados y magnífica fotografía (Goyas respectivos para Jean Pierre Thevenet y el maestro Storaro), en la que sincroniza y superpone la figura del Goya viejo y enfermo (última gran interpretación de Paco Rabal) y la del Goya en plenitud artística, aquejado ya de sordera y amante de la duquesa de Alba (muy aceptable José Coronado).
"Goya en Burdeos" es una versión, con suprema lógica, de la vida del pintor desde el onirismo, el simbolismo, las pesadillas interiores que lo asediaban, sus dioses y demonios, lo surrealista, lo escenográfico y lo visionario, con lo que se identifica brillantemente la propia personalidad del pintor con la propia personalidad de esta excelente obra. Por extensión también se produce una identificación entre el estilo de la película (alternativo y arriesgado) con las distintas etapas de la obra del pintor, que configuran un estilo pictórico visionario, desasosegante, surrealista, genialmente desordenado, plenamente simbólico (para Saura, Goya y Buñuel son dos de sus incólumes referentes y al segundo, el cual también admiraba a Goya, dedicó su siguiente película: "Buñuel y la mesa del rey Salomón"). Esto es, la identificación de las etapas creativas con las vitales.
Hermosa pero nada hueca ni inane, resulta un acercamiento fantasioso, imaginativo y fascinante al mundo del genio ya crepuscular y decadente, pero mucho más fascinante y lúcido en sus intermitentes lagunas. Hay una gran aportación de la Fura dels Baus, reconstruyendo los míticos fusilamientos del 2 de mayo, así como un uso espléndido del color y los decorados, de la intercolación de cuadros y vida, aparte de unas magníficas interpretaciones de la niña Dafne Fernández y de Eulalia Ramón (hija y esposa del artista respectivamente).
Es, resumiendo, una de las mejores películas de Saura, que entronca con su mejor cine -el de los 60 y 70-, un director que obra tras obra va logrando una libertad creativa cada vez más absoluta e intransferible, un terreno vallado para sí solo, una altura de cineasta ancho y grande que solo unos pocos privilegiados hombres y mujeres de talento tienen hoy en día,pues no solo bastan películas, experiencia, suerte o dinero, sino, sobre todo, mucho talento y unas ideas absolutamente claras.


miércoles, 7 de junio de 2023

Ciclo Saura- jóvenes directores. TANGO, no me dejes nunca. (Carlos Saura 1998)

 





Sinopsis: Tango es de se tipo de películas que no busca la aprobación del público, ni grandes taquillas. Es más bien un capricho de Saura, un deseo de expresar sus emociones haciendo una película, es arte puro. Si alguien tiene el derecho de hacer este tipo de película, una película sólo por el placer de hacerla, ese es el genial Saura.

No se puede decir que la película entretiene, encandila, tiene argumento ni nada de eso, pues es sólo tango, una sucesión de imágenes y sonido en torno a la bella música y baile tradicional argentina: el tango y la milonga. Si consigues aceptar esa premisa, y no buscar nada más, la disfrutarás. 


Crítica: 

8 mayo 1998 - Nº 735
Carlos Saura sitúa el tango entre las cosas «más hermosas de la vida»

Julio Bocca y Vittorio Storaro participan en su última película

W. M. S., Madrid
La película Tango, dedicada a un género que Carlos Saura sitúa entre las cosas «más hermosas de la vida», no competirá en Cannes porque no quiso el director. «Siempre he preferido no competir, pero nos dieron el honor de la selección oficial fuera de concurso», afirmó el cineasta en la presentación de la película . «Es mejor así», agregó Saura, quien asegura que no cree en los premios. En el filme participan el bailarín Julio Bocca y el oscarizado director de fotografía Vittorio Storaro.

Los amores desamparados que narran los tangos siempre han seducido a Saura, de 66 años. «Pero sobre todo el ritmo. Eso fue lo que más me motivó para hacer la película», cuenta el director en un restaurante argentino en Madrid. Recuerda cómo vivió desde niño aquel ritmo a través del Gardel que pretendía ser su padre en casa. «Y también era bailón», dice, aunque aclara que «al estilo europeo, como alemán».

«Introducir el baile fue lo más laborioso de la película», afirma Saura, que después de viajar a Argentina optó por un filme con argumento. Allí le fue fácil ser testigo de los dramas sentimentales relatados en las canciones. «Por eso cada uno de los bailes no está puesto caprichosamente, sino que forma parte de la historia central», dice el director, para quien esta línea argumental emparenta a Tango con Carmen (1983) .

Saura se adelanta a las críticas, sobre todo de los puristas, para dejar claro que se trata de su visión del tango (también es el guionista). «Es mi versión. La selección que yo he hecho de lo que me gustaba. Siempre se quedarán cosas fuera», asegura.

En Tango, que se exhibirá el 22 de mayo en Cannes, actúan los argentinos Miguel Ángel Solá, Mía Maestro, Cecilia Narova y Juan Carlos Copes; el español Juan Luis Galiardo, y el mexicano Alfonso Arau. A través de ellos se intenta mostrar la necesidad de encontrar un nuevo amor después del desamor; porque, para Saura, «estar solo es maravilloso, hasta que no lo puedes soportar».

© Copyright DIARIO EL PAIS, S.A. - Miguel Yuste 40, 28037 Madrid

miércoles, 24 de mayo de 2023

Ciclo: Buñuel, Saura, ¡AY CARMELA! (Carlos Saura 1990)



Sinopsis: Los artistas ambulantes Carmela, Paulino y Gustavete, tras divertir a las tropas republicanas en el frente, deciden buscar un destino menos peligroso. Cuando, por error, acaban en la zona 'nacional', son detenidos y condenados a muerte. Su única posibilidad de salvar el pellejo es hacer una obra de teatro que exalte el valor de la 'Cruzada'. Carlos Saura dirigió en 1990 esta comedia dramática ganadora de 13 premios Goya, entre ellos película, director, guion adaptado (Carlos Saura y Rafael Azcona), actor (Andrés Pajares) y actriz principal (Carmen Maura) y actor de reparto (Gabino Diego). Basada en la obra de teatro del mismo título escrita por José Sanchis Sinisterra, el título de la película es un juego de palabras entre el nombre del personaje protagonista y la canción de la Guerra Civil "El paso del Ebro".


Crítica:   A favor: si los curas supieran 

Hoy queremos viajar casi tres décadas en nuestra máquina del tiempo con motivo de las celebraciones relacionadas con la proclamación de la Segunda República Española. Lo hacemos para recordar una de las películas más premiadas de la historia de los Premios Goya. Consiguió en 1990 un total de trece estatuillas y fue la reina absoluta hasta que en 2004 ‘Mar adentro’ de Alejandro Amenábar la superó en el ranking con un galardón más. Pero por entonces, la gran fiesta del cine español tan sólo tenía cinco años de vida y esta tragicomedia del gran Carlos Saura se convirtió no sólo en una revisión totalmente novedosa de la Guerra Civil Española sino en uno de las mejores colaboraciones del realizador aragonés con Rafael Azcona.

‘¡Ay, Carmela!’ fue el resultado de la adaptación cinematográfica que ambos llevaron a cabo de la pieza teatral homónima de José Sanchis Sinisterra, y hace años también visitó los teatros españoles de la mano de José Bornás. Tanto en teatro como en la gran pantalla, la historia tomó el nombre de una de las canciones del folclore español más representativas de los tablaos milicianos y de los recuerdos del bando republicano, “El paso del Ebro”. Con ella también se bautizó al personaje femenino protagonista, interpretado por una grandiosa Carmen Maura, componente junto a su pareja Paulino (Andrés Pajares) y al mudo Gustavo (Gabino Diego) de un trío de cómicos que son hechos prisioneros por militares del lado nacional en plena contienda, viéndose obligados a actuar para ellos. 

Es importante recordar que si por algo se caracterizó el cine español de los años ochenta fue por una contestación a su realidad social dividida entre los estertores de la Movida y el continuo estudio tanto de nuestra Guerra Civil como de la dictadura de Franco. Todavía hoy puede apreciarse esa división. En 1990 aproximarse a los rincones de la guerra y el franquismo desde la comedia aún podía resultar arriesgado aunque curiosamente, tan sólo cuatro años antes, Fernando Fernán-Gómez ya había tejido esa relación con ‘El viaje a ninguna parte’. No obstante, ‘¡Ay, Carmela!’ fue engalanada con tanta frescura y buen gusto que superó todas las expectativas y dejó que la memoria histórica también se vistiera de gags, de astracanada, de vodevil, y enseñara al mismo tiempo el destino más trágico de los que únicamente buscaban hacer sonreír en medio de la desolación y la muerte. 

Puede ser un ejercicio vacuo, sin sentido, pero siempre nos gusta pensar qué hubiera pasado, como dice la canción con la que conocemos al trío de cómicos, si los curas y frailes de entonces hubieran sabido del uso del sentido del humor bajo las bombas. No sabemos si hubieran salido corriendo gritando “libertad, libertad, libertad”, pero estamos convencidos de hubieran reprimido más de una sonrisa en los numerosos trucos y engañifas que utilizan los protagonistas para poder salir bien parados de su aventura. Maura, Pajares y Diego conformaron una verdadera trinidad, en este caso terrenal, que supo transmitir la vitalidad de los que luchan sin saberlo. 

ea como sea, no nos quitamos la percepción, como nos sucede con otras muchas películas, de que ‘¡Ay, Carmela!’ ha pasado a formar parte de un olvido injustificado. También desde aquí hemos mostrado alguna vez cierto empacho del continuo regreso del cine español a nuestras heridas de guerra, en ocasiones sin aportar algo que no sepamos ya. Pero eso no significa que debamos encerrar bajo cuatro llaves todo lo ya hecho y además esta película de Carlos Saura es algo mucho más que eso porque se asienta sobre una novedosa concepción teatral, unos diálogos que reflejan lo mejor de nuestro carácter como país, y una alegría de vivir que pocas veces más hemos visto en la gran pantalla. 

En contra: risas y costumbrismo bélico
Nadie puede cuestionar que las cicatrices de la Guerra Civil en la sociedad española han calado en el cine español desde que este comenzó a ejercer su libertad plena después de la muerte de Franco. Carlos Saura se subió a ese carro de forma más comprometida, al menos aparentemente, con ‘¡Ay, Carmela!’ y por culpa de ello le llegó un reconocimiento en forma de Premios Goya que bien pudo considerarse, ya entonces, todo un homenaje a su filmografía.

Esta tragicomedia con aires de costumbrismo bélico y sonatas de la tradición cómica española no fue (ni es) una mala película, pero situó en el punto de mira a un realizador que tenía en su haber un tesoro cinematográfico absolutamente espectacular incluso en tiempos en que parecía imposible que su visión cruda de la oscuridad social pudiera sobrepasar la censura. Fue como Luis Buñuel, el otro gran aragonés del séptimo arte (al que él mismo rindió homenaje en 2011), pero doliendo desde dentro del país, y fraguado su sobriedad en el realismo más grisáceo de la posguerra. 

Echando la vista atrás, basta con hacer parada en auténticas maravillas de su cine como fueron ‘Peppermint Frappé’ (1967), ‘Ana y los lobos’ (1972), ‘La prima Angélica’ (1973), ‘Cría cuervos’ (1975), ‘Mamá cumple cien años’ (1979), o ‘Deprisa, deprisa’ (1981) para confirmar que su comedia sobre la Guerra Civil no fue su mejor película, y que repasando la oscuridad de la condición humana y los instintos más naturales desplegó mejor que nadie esa función de exorcismo social que todo buen realizador apegado a la realidad debe ejercer. 

Es algo de lo que carece la historia protagonizada por Carmen Maura y Andrés Pájares. Deja que la crítica a la violencia, el fascismo y la vulneración de ciertos derechos humanos durante la guerra, sobrevuelen por encima de sus chisposos diálogos, sin que apenas podamos percibirlos entre una sucesión de pantomimas que huelen más a puro entretenimiento que a una trabajada recreación de los tablaos teatrales que se mantuvieron vivos durante la contienda.

‘¡Ay, Carmela!’ fue tan solo su canto personal a la libertad. Cubrió de risas junto con Azcona la superficie de la película para que aprendiéramos a mirar el pasado de otra manera, y dirigió a un trío protagonista en los mejores momentos de sus respectivas carreras. Merece por ello ser tenida en cuenta aunque años atrás, y compilando la inflada antología cinematográfica sobre la Guerra Civil, hoy resulte algo pasada de moda y otros cineastas hayan conseguido después que eso de la memoria histórica haya adquirido tintes de revolución cultural. Pese a todo, y como pieza de una parte de nuestro triste siglo XX, su valor no es cuestionable.




 

miércoles, 10 de mayo de 2023

Ciclo Buñuel, Saura... : LA CAZA (Carlos Saura 1966)

 



Sinopsis: 

Uno de los grandes clásicos del cine español, y una hábil metáfora sobre las heridas de la Guerra Civil en la sociedad española. Protagonizada por Ismael Merlo, Alfredo Mayo, José María Prada y Emilio Gutiérrez Caba, y dirigida por Carlos Saura, cuenta una jornada de caza de tres amigos, a los que el rencor mantiene unidos. Bajo un sol asfixiante, ese oído empezará a florecer. 

Sugerencia de enlace para ver el film on-line: https://ver.flixole.com/watch/d33ee765-2f31-47f3-8188-f1dea1396d51

Crítica: Este drama psicológico es una de las mejores películas del oscense Carlos Saura con producción de Elías Querejeta.

Narra un día de caza entre varios amigos, tres de la misma generación y uno más joven, dando lugar a situaciones de reflexión y confrontación con personajes en decadencia, en busca de catarsis o reflejo violento de sus ansias ocultas.

Más allá de la paranoia psicológica, las ricas (y presuntas) actitudes y simbologías de cazadores y víctimas, estados personales en crisis, y consecuencias finales de supervivencia (entre otras), pueden dar lugar a interpretaciones varias de carácter sociopolítico, sean fabuladas o con algún sentido real.

Este aspecto, aunque con posible lugar para gratuidades, hace todavía más atractiva la película.

La tensión en el ambiente árido rural de Toledo (la película fue rodada en Seseña y Esquivias) está expuesto con tanto estilo como desabrimiento y énfasis, y va in crescendo hasta un clímax trágico no demasiado sorprendente.

A destacar la partitura de Luis de Pablo en algunos momentos álgidos con empleo de piano y percusión de marcha, y las excelentes interpretaciones de todo el reparto, incluidos los secundarios Fernando Sánchez Polack, hermano del actor y humorista Tip, y la adolescente Violeta García en su única película cinematográfica.

Estamos acostumbrados a ver películas sobre grupos de amigos cuyo feliz día en el campo se transforma en pesadilla. Por lo general se localizan en un paisaje peculiar y habitualmente se enfrentan a una amenaza externa a ellos. Pero en La Caza de Carlos Saura el peligro es el grupo en sí mismo, la dinámica de rencores cocinándose a fuego lento. Y sí, también hay un paisaje singular.

“Cuando Luis Buñuel vio la película le gustó muchísimo. Me pidió el guión para leerlo pero luego se indignó porque decía: ¡Si aquí no pasa nada!”. Carlos Saura ríe al recordar esta anécdota. Sobre el papel la reacción del director de Viridiana era comprensible, pero lo cierto es que La Caza plantea muchos temas como lo hacen las grandes películas, sin obviedades: la Guerra Civil, la incipiente España del pelotazo, la tiranía sexual de un régimen mojigato o la difícil supervivencia de la amistad ante el paso de los años. Un paso del tiempo que ha sentado muy bien a este largometraje que se estrenó tímidamente hace 50 años y se convirtió en un gran éxito que llegó a influenciar hasta a un gran director de Hollywood, Sam Peckinpah.

“Todo el mundo dice que La Caza es una metáfora de la Guerra Civil”, nos cuenta Carlos Saura, “y puede ser, pero no era esa la única intención. Comenzaba lo que es ahora el pelotazo. Empezaban los industriales a hacer sus negocios, a tener amigos, el compadreo, yo te hago esto, tú me haces aquello. Pero sobre todo era el enfrentamiento de cuatro personas entre sí”.

Una de estas cuatro personas fue interpretada por Emilio Gutiérrez Caba que recuerda que “era un equipo de gran calidad, desde Luis Cuadrado (director de fotografía) a Primitivo Álvaro (director de producción), junto al reparto de actores: Alfredo Mayo, que era un símbolo del cine franquista, Ismael Merlo, que era republicano, y José María Prada”.

En La Caza tres antiguos amigos de farra y negocios, se reencuentran para disfrutar de un día juntos en el coto de uno de ellos, José (Ismael Merlo), aunque las intenciones de éste superan lo cinegético. Le acompañan Enrique (Emilio Gutiérrez Caba), joven cuñado de Paco (Alfredo Mayo), y Luis (José María Prada) el tercero de los amigos, un hombre amargado y sumiso ante José. A lo largo del día el cuarteto da rienda suelta a sus frustraciones, inseguridades y perversidades en uno de los paisajes más áridos y ariscos recogidos por el cine español, situado en los alrededores de Seseña (Toledo).

Carlos Saura convierte a ese paisaje en un personaje más con planos generales en los que la sombra de un toldo simula la balsa de unos náufragos en un océano de tierra y matojos, sólo que aquí, el que sale de esa sombra no se ahoga, queda abrasado como sugiere uno de los protagonistas: “Nos estamos asando vivos aquí encerrados… Y este dolor.”

El falangista que salvó a 'La Caza'
Treinta y cinco años antes, el lugar fue escenario de una cruenta batalla de la Guerra Civil: “A montones murieron aquí, y ahora sólo quedan los agujeros. Buen lugar para matar”, dice uno de los personajes a propósito de las cuevas que abundan en el paraje.

En uno de los momentos claves el dueño de la finca, José, lleva a su amigo Paco a visitar una de esas grutas en la que yace el esqueleto de un soldado, todo un atrevimiento en los años sesenta en los que el régimen de Franco distaba mucho de caer. Una escena simbólica del conflicto cuyas víctimas del bando perdedor se ninguneaban y ningunean: es inevitable recordar las fosas que siguen hoy en día sin abrirse en centenares de cunetas.

“Es de estos filmes que no te explicas cómo han superado la censura”, admite Kepa Sojo, profesor de historia del cine en la UPV/EHU de Vitoria y director de cine. “Posee una carga ideológica detrás bastante fuerte, tiene como trasfondo el enfrentamiento entre las dos Españas y la no superación de la Guerra Civil”, añade.

Según explica Emilio Gutiérrez Caba “los críticos sabían que quienes estaban detrás de la película eran gente, entre comillas, un poco sospechosa. Les llamaban los de la Cáscara amarga. Los apelativos que daban esta gente a los progresistas eran totalmente montaraces”.

Carlos Saura añade que, sin autocensurarse, sabían “hasta dónde podíamos llegar, no éramos tontos”. Y cuenta cómo superaron el filtro de la censura: “Lo que sucedió, y es curioso, es que había un censor que se llamaba Marcelo Arroita Jáuregui, que era falangista. Amaba el cine de verdad y estaba entusiasmado con La Caza. La defendió a muerte y la salvó”. Arroita, secretario de la Censura siendo ministro Manuel Fraga, fue un personaje curioso que hasta trabajó como actor en alguna película del transgresor Jess Franco. 

El desasosiego de la localización encontró un aliado en la música de Luis de Pablos, “muy sucinta, muy esquemática”, comenta el director, de una melodía con ecos de marcha militar: “La caza daba la impresión de que tenía que ver con el ejército”. Un hipotético escuadrón portando escopetas cargadas con rencores y balas, interpretados por cuatro actores magníficos encabezados por quien fue alter ego del dictador Franco en la película Raza, Alfredo Mayo.

“Es una de las contradicciones de este país”, según Carlos Saura. “Igual que un falangista defendió La caza, que se salvó por eso, Alfredo Mayo fue un entusiasta desde el principio” y efectivamente relanzó su carrera.

“En el 66, cuando se estrenó”, recuerda Gutiérrez Caba, “hubo un silencio relativo sobre la alusión a los vencedores y vencidos que está implícita en la película, yo creo que aunque Alfredo lo supiera tampoco le importaba mucho. No creo que estuviera alineado en el bando franquista, estaba alineado como mucha gente porque tenía que comer. Después de una guerra espantosa, el que más y el que menos, intenta sobrevivir”.

 Una modernidad técnica insólita
“La fuerza de la película reside en la contradicción de presentar a unos personajes atrapados en su pasado en unos paisajes amplios con gran profundidad de campo”, afirma el profesor Kepa Sojo. Pero además del plano general, cuanto más amplio más claustrofóbico, tan magistral como en el cine del británico David Lean, también brilla la contrastada fotografía en blanco y negro y las interpretaciones de los actores mirando a cámara.

“Pensé que la única forma era hacer una película muy rompedora”, recuerda Saura. “La hicimos con nada. No teníamos luces, sólo unos reflectores de luz, un traveling de 5 metros y una cámara de baterías. Además rodé por orden de guión, cosa que entonces era bastante insólito”.

Saura contó con un cómplice esencial en la historia del cine español, el director de fotografía Luis Cuadrado. “Creo que fue la primera o segunda película de Luis”, recuerda Saura. “Le hablaba mucho de la fotografía, que tenía que ser en blanco y negro, fuerte y con carácter. Él se lo tomó muy en serio e hizo una foto magnífica, pero tuvo muchos problemas: el propio laboratorio estaba en contra suya y del trabajo que hizo para La caza”, explica.

Para el profesor Sojo “la foto de Luis Cuadrado es impresionante. Al empleo de grandes angulares y dominio de la profundidad de campo hay que añadir los planos cerrados muy herméticos, que hacen que la fotografía adquiera una modernidad insólita para España en ese momento”.

La ruptura del aislamiento del cine español
Para el profesor Kepa Sojo “es una de las películas emblemáticas del llamado Nuevo Cine Español, y recoge el guante de los planteamientos de las Conversaciones de Salamanca de 1955”. Se refiere al encuentro organizado por el también director Basilio Martín Patino en aquella ciudad, y que terminó reuniendo a un amplio grupo de cineastas y críticos para hablar sobre la situación del cine español en aquellos años. Uno momento definido por Juan Antonio Bardem como “políticamente ineficaz. Socialmente falso. Intelectualmente ínfimo. Estéticamente nulo. Industrialmente raquítico”.

En las conclusiones de aquel encuentro hubo reflexiones como ésta: “El cine español vive aislado; aislado no sólo del mundo, sino de nuestra propia realidad.” Un aislamiento que La Caza quebró con el Oso de plata al mejor director en el Festival de Berlín.

“Pasolini (miembro del jurado) me dijo que merecía el Oso de oro, que no sé si es verdad, porque se lo dieron a Polanski con una película que estaba muy bien, Cul de sac. Fue muy simpático con nosotros”.

Por nosotros, Saura se refiere también a Elías Querejeta, La Caza fue la primera película de ambos como pareja profesional, llena de grandes títulos como La prima Angélica, Cría cuervos o Mamá cumple cien años. 

“Con él hacíamos las películas muy justas siempre, o sea, lo que era necesario, estaba, porque Elías en eso era maravilloso. A partir de La caza ya llegó a acuerdos con alemanes, franceses: se distribuían en el mundo entero, y se podía rodar con más comodidad”.

Juntos filmaron La caza con poco dinero, y en el caso del director tirando del patrimonio familiar. “Mi padre me dijo que de acuerdo, pero que ya formaba parte de mi herencia”, recuerda riendo Carlos Saura. “Claro, luego se lo devolví con intereses y me dijo que cuando quisiera le volviera a pedir dinero. Nunca más lo hice, nunca más he vuelto a ser productor”.

Un éxito que les pilló por sorpresa. “La primera proyección que se hizo invitamos a un montón de críticos españoles y uno de ellos, no te digo quien, al salir me dijo ”Vaya una mierda de película que has hecho, Carlos“. Pero lo dijo en serio, no era broma”. Emilio Gutiérrez Caba también recuerda el escaso entusiasmo por parte de la prensa hacia la película y su éxito internacional, con proyección incluida en el Lincoln Center de Nueva York “sí, se dijo, se publicó, se hicieron entrevistas, pero vamos, no fue portada en ninguna publicación de la época”.

Guerra civil, comienzo de la cultura del pelotazo y también un estudio de la naturaleza humana, porque si este artículo les anima a descubrir o revisar la película, hagan un ejercicio solitario e íntimo. ¿Con quién se sienten más identificados, con el sumiso Luis, con el torturado José, con el orgulloso Enrique o con el interesado y perverso Paco? Ésta capacidad de retratarnos consigue que cincuenta años después La caza sea una película moderna, que junto a títulos como Surcos, Bienvenido Mister Marshall, Esa pareja feliz o Muerte de un ciclista se atrevieron a plantear temas como la emigración, el servilismo, el desarraigo social o el adulterio unido a los incipientes conatos de rebelión en las universidades, en una España que el régimen se esforzaba en vender internacionalmente como una próspera y feliz “dictablanda”.

La caza aportó además un órdago narrativo que lanzó definitivamente la carrera de Carlos Saura como cineasta allá en la época de la Nouvelle Vague francesa y el Free Cinema británico.

“Pienso que una película es una aventura, y si no es una aventura, no merece la pena que la hagas”, asegura. Y aunque al director aragonés no le gusta mucho mirar hacia atrás en el tiempo, en este caso, y a juzgar por sus palabras, el recuerdo es agradable: “en esas cuatro semanas, fue un reducto en donde, en un lugar muy pequeño, se hizo una película pequeña con cuatro actores, no había más que eso... ¡Y conejos!”.



 

martes, 17 de agosto de 2021

Ciclo Saura, Erice y los carteles de Cruz Novillo : Deprisa deprisa (C. Saura 1981)

 



Sinopsis: Pablo, "el Meca", "el Sebas", y Ángela son cuatro muchachos que quieren escapar del ambiente marginal en el que viven. Para ello, necesitan conseguir dinero, aunque no están dispuestos a trabajar durante años para poder ahorrar. Ellos sólo piensan en conseguirlo rápidamente y en vivir deprisa.









martes, 10 de agosto de 2021

Ciclo Saura, Erice y los carteles de Cruz Novillo: Mamá cumple 100 años (C. Saura 1979)

 



Sinopsis: La abuela está a punto de cumplir cien años y todos los miembros de la familia se trasladan a la finca para felicitarla. A la vieja casa llegan los dos hijos, Fernando y Juan, sus respectivas esposas y sus tres hijas. También llega Ana, la antigua institutriz y su marido argentino. A la cita sólo falta José, el más pequeño de los hijos, que murió hace unos años. Todos los hijos esperan que la anciana muera para parcelar la finca, construir una urbanización y salir de la ruina.

  

Crítica: https://sofiaenelcine.blogspot.com/2014/02/mama-cumple-100-anos-carlos-saura-1979.html

sábado, 31 de julio de 2021

Ciclo Saura Erice y los carteles de Cruz Novillo: Elisa vida mía (C. Saura 1977)

 



Sinopsis: A punto de separarse de su marido, Elisa visita a su padre para celebrar el cumpleaños de éste, al que no ha visto desde hace veinte años, ya que abandonó el hogar cuando ella era aún una niña. Él vive retirado en el campo, dedicado a escribir sus memorias. Elisa, que no quiere volver a su casa, decide quedarse una temporada. Es entonces cuando la relación entre padre e hija empieza a hacerse cada vez más profunda.









martes, 27 de julio de 2021

Ciclo Saura, Erice y los carteles de Cruz Novillo: Cría Cuervos (C: Saura 1975)







Sinopsis: Ana recuerda todo lo ocurrido desde la muerte de su padre, veinte años antes. A los nueve años, cree tener poder sobre la vida y la muerte de quienes viven con ella. Hay otro poder que Ana cree poseer: el de invocar la presencia de su madre. Con ella, muerta hace años, revive una relación llena de ternura y, a veces, de dominio. Saura, quien firmaba por primera vez un guión en solitario, entremezcla pasado y presente, sueño y realidad, en una película imprescindible con la que culminaba el camino iniciado seis años antes con 'El jardín de las delicias.


Sugerencia de enlaces para ver el film: https://ver.flixole.com/watch/e96e8a9e-5658-4634-b511-f5af61dc8197   


 

martes, 20 de julio de 2021

Cine de Verano (2) Ciclo Saura, Erice y los carteles de Cruz Novillo: La prima Angélica C. Saura 1974



Sinopsis:

Un hombre vuelve a su pueblo natal para asistir al entierro de su madre. Allí, rememora su infancia y adolescencia, especialmente el amor que sentía por su prima Angélica.


https://ok.ru/video/3405954943569


 

martes, 6 de julio de 2021

Cine de verano (2) Ciclo Saura, Erice y los carteles de Cruz Novillo: Ana y los lobos C.Saura 1973



Sugerencia de enlaces para ver el film: 



 Sinopsis: José es autoritario, coleccionista de trajes militares, pobre de espíritu. Fernando, perseguidor incansable de la unión mística con Dios. Juan, escritor de cartas enloquecidamente eróticas. La madre añora antiguos esplendores. Las niñas que, entre juegos, encuentran muñecas enterradas y torturadas. Y en medio de esta atmósfera tan extraña e inquietante está Ana, la institutriz inglesa de 25 años que acaba de llegar a trabajar a la casa.

Crítica: 

"Ana y los lobos ", cuento cruel, alegoría, crítica mitigada

Crítica a "Ana y los lobos"

Lorenzo López Sancho





No han transcurrido dos meses desde la presentación de Ana y los lobos en el Festival Internacional de Cannes y ya está aquí. Lo primero que se advierte es que este filme, decoroso en la galería de selectos del Festival, es en el cine nacional una producción sobresaliente. Vive nuestro cine de esta hora en dos extremos: o la adaptación de novelas, dramas, anteriores al momento en que vivimos -Marianela, Flor de santidad, La guerrilla, La duda- o la creación de guiones ad hoc que o son de un mimetismo frecuentemente paródico y vergonzante o caen en una comerciliadad apuntada a los más bajos estratos infraculturales del país.

Fuera de esas dos actitudes, respetable y aún encomiable la primera: nunca lo bastante recusada la segunda, Ana y los lobos señala una actitud digna. La del examen crítico de nuestra sociedad actual, condicionado inevitablemente, por los rigores de una censura de cortísimo vuelo que en tanto persista mantedrá en su actual postración a la creación cinematográfica española.

Ana y los lobos es un cuento cruel, una alegoría que se apoya en la realidad española como la bailarina se apoya en el tablado; sobre la punta del pie. Ana, institutriz extranjera, llega a una casa española, aislada para cuidar a los niños de la familia que la habita... Ana, por su libertad de espíritu, por su curiosidad, por su complaciencia, trastorna el orden establecido. Los tres hombres de la casa están perturbados por su presencia.

Todo va a cambiar en esa casa que la alegoría nos hace entender que es España, de la misma manera que José, Fernando y Juan simbolizan actitudes prototípicas españolas, si no es que representan de manera velada estratos que participan en el poder, que rivalizan entre sí, que recelan de su contorno y se encuentran unidos sólo por un inmovilismo conservador que les hace sentir verdadero terror ante cualquiera modificación de la estructura en la que viven apresados.

Finalmente, cuando la conturbadora presencia de Ana amenace con la destrucción de ese sistema equívoco, antinatural, enfermizo, pero útil en que la familia vive, José, Fernando y Juan, tras satisfacer en ella de sus obsesiones, la matarán. Sólo esa destrucción, el aniquilamiento de todo lo que venga de fuera, de todo lo que innove, de todo lo que introduzca en la mansión un aire al que está cerrada, puede tranquilizarles, garantizarles la continuidad de una vida a cuyo horror están habituados.

Es muy personal el tiento, la cautela, con la que Saura realiza esta alegoría crítica. Resulta innegable cuán atemperada, atenuada, evaporada, resulta esta amonestación que de sarcasmo se reduce a sonrisa advertida, triste, desalentada. Ana y los lobos se asienta en el carácter fundamentalmente elusivo del arte español de estos años. Podía haber sido un alegato vigoroso, una denuncia enérgica. Se queda en insinuación, cuyas limitaciones saltan a la vista, pero aún así el filme tiene una intensidad, una profundidad de concepción no habituales en nuestro cine, que cuando se pretende crítico cae en naderías o en subproblemas sexuales y sociológicos que por su inanidad resultan ridículos.

Se ha dicho que Saura está sujeto aquí a la influencia de Buñuel. Yo diría que, aún aceptando la sombra magistral del genial realizador de Calanda, Saura tiene autonomía tanto en el tratamiento, como en la confinada temática del guión en el que se ve el talento de Azcona, cien veces superior aquí a su participación en alguna película escatológica en la que los que quieren ser progresistas a toda costa confunden la m... con el talento.

La sombra de la censura deseca la naturalidad de la acción y eso pesa evidentemente sobre el trabajo del realizador y de sus intérpretes. Ya he dicho en Cannes y no veo motivos para rectificarme ahora, que Prada está seco en el José Autoritario; absorto, más que místico. Fernán-Gómez, un gran creador de tipo como el del obseso sexual que aquí le ha sido confiado. En cuanto a Rafaela Aparicio, brilla en un cometido fácil que le va como anillo al dedo; Charo Soriano es superior a su breve cometido y Geraldine Chaplin es todavía poco actriz para el cometido que aquí tiene.

Técnicamente la planificación, el montaje, los encuadres son de estricta calidad, de sentido cinematográfico moderno, funcional y válido. Ana y los lobos es como la fotografía amarilleada por el tiempo de un original que no conocemos: de la película que Saura hubiera podido hacer con su tema si se le hubieran dejado. Con todo, una película sobresaliente en nuestro cine de estos años.

ABC, 21 junio 1973

Análisis de Luis Navarrete : https://idus.us.es/bitstream/handle/11441/11672/file_1.pdf?sequence=1&isAllowed=y

miércoles, 30 de junio de 2021

Cine de Verano(2) Ciclo Saura, Erice y los carteles de Cruz Novillo: El Jardín de las delicias, C. Saura 1970



Sinopsis: Antonio Cano, un exitoso constructor de mediana edad, sufre un accidente de tráfico, en compañía de su amante, que le provoca amnesia y lo deja postrado en una silla de ruedas. Sólo él conoce las claves del negocio, la combinación de la caja fuerte y el número de la cuenta corriente que posee en Suiza. Su familia intenta que recupere la memoria representando escenas de su vida.





Crítica: 

LO IMPORTANTE SON LOS SÍMBOLOS A finales del siglo xv, el pintor holandés Hieronymus Bosch, conocido en España como El Bosco, pintó un tríptico en el que mostraba la depravación social de su época mediante figuras y actitudes simbólicas, algunas difícilmente reconocibles. Se ignora el nombre original de la tabla, a la que, con el tiempo, se dio en llamar El Jardín de las delicias terrenales, motivo del panel central. Para retratar la España de los años setenta y anteriores, Saura no sólo adoptó el título de este cuadro, sino también su carácter satírico y, cómo no, el recurso de los símbolos, imprescindible para emboscar (no, emboscar no viene de Bosco) la verdad frente a la censura franquista. "No comprendéis nada. Lo importante son los símbolos", dice Don Pedro al principio de la película, y es como si con esta advertencia Saura quisiera poner sobre aviso al espectador de hacia dónde dirigir su atención. Para los que conocimos esos años, la película no esconde tantos enigmas como el cuadro. Es más, si se sabe de qué va (lo del accidente y el control absoluto que el protagonista ejercía sobre su empresa), resulta incluso diáfana: la acumulación de capital fácil durante la posguerra, el embrión del boom urbanístico, la evasión de capitales a Suiza, son fenómenos socioeconómicos sobradamente conocidos por el público. Incluso el lenguaje surrealista, al que tan proclive fue Saura en aquella época, se reduce aquí a una alternancia entre lo que sucede fuera y dentro del cerebro de un amnésico en vías de recuperación, dualismo visual que culmina en la escena final, cuando, después de alcanzar el grado de lucidez necesario para sentirse asqueado por su vida anterior, el protagonista decide retornar a la amnesia, esta vez voluntaria, arrastrando consigo a todos los que lo rodean. Como dato anecdótico, los exteriores están rodados en El Escorial y Aranjuez, en cuyo paisaje fluvial el protagonista intenta materializar la escena cumbre de la novela “Una tragedia americana” (Theodore Dreiser, 1926), en la que un hombre atormentado provoca la muerte de la mujer que se ha convertido en su peor pesadilla haciendo naufragar el bote en que pasean. El film está “Dedicado a Geraldine” Chaplin, que tiene una breve aparición sin diálogo.