Finales de los años cuarenta. Juli es una joven huérfana que vuelve a Budapest con sus abuelos tras unos años emigrados. Los acoge su tía Magda, una convencida comunista que dirige una prisión. A pesar de sus esfuerzos por encarrilar a la rebelde adolescente, esta se resiste a vivir según las reglas de su tía. Empieza a buscar pistas de su padre desaparecido, arrestado por la KGB. Solo un amigo de Magda, János, parece apoyarla.
Crítica:
Al igual que le ocurre a la protagonista, el padre de la directora, el escultor László Mészáros, fue arrestado y ejecutado en 1938, hecho que la cineasta solo conocería en 1999 tras una larga investigación. Su madre falleció dando a luz a otro hijo, por lo que se quedó huérfana muy joven y se crio con una autoritaria madre adoptiva tras pasar por un orfanato. Esto marca su obra profundamente.
La realizadora ha reconocido en las pocas entrevistas en las que habla de su vida personal que cuando se casó con el también director Miklós Jancsó o con Jan Nowicki, mirándolo de forma retrospectiva, quizá estaba buscando figuras viriles y seguras de sí mismas que le recordaban a su padre. Es obvio el amor, casi la idolatría, que le profesaba.
‘Diario para mis hijos’ se desarrolla a finales de los años cuarenta. En ella, su protagonista (Magda) es una joven huérfana que vuelve a Budapest con sus abuelos tras unos años emigrados. Los acoge su tía Magda, una convencida comunista que dirige una prisión. A pesar de sus esfuerzos por encarrilar a la rebelde adolescente, esta se resiste a vivir según las reglas de su tía. Empieza a buscar pistas de su padre desaparecido, arrestado por la KGB. Solo un amigo de Magda, János, parece apoyarla.
En diversos flashbacks Juli recuerda a su padre, que se confunde de forma deliberada con la figura de János, una suerte de referencia moral para ella. Ambos papeles los interpreta Nowicki. Uno de los aspectos que más destaca de esta trilogía es su apartado estético, del que fue responsable uno de los hijos que tuvo con Jancsó, Nyika. Esta película con su madre fue su primer trabajo en el cine. Hoy es un reputado director de fotografía en la industria del cine húngara.
De las más de quince películas que ha realizado, ésta ha sido la de mayor reconocimiento. La trilogía se completa con ‘Diario para mis amantes’ (1987) y ‘Diario para mis padres (1990).
Acabada la Segunda Guerra Mundial la joven Juli (el alter ego de Márta Mészáros) aterriza en Budapest desde algún recóndito rincón del Kirguistán. Con ella va lo que queda de su familia: unos abuelos más o menos postizos y la promesa de una madre adoptiva con proyección dentro de los cargos intermedios del Partido. Se llama Magda (interpretada por otra dama del cine del este, Anna Polony, a la que habréis visto sin ir más lejos en el decálogo televisivo de un tal Krzystof Kieslowski) y durante todos los diarios será la encargada de representar -y de qué manera- el incontestable poder que tuvieron las directrices moscovitas sobre sus países satélite.
Ni rusa ni húngara, extranjera en su propio país. Juli se siente deslumbrada muy pronto por la avasalladora personalidad de János (interpretado por el actor fetiche de la Mészáros, Jan Nowicki, capaz de representar todas las obsesiones (y los fracasos) de la masculinidad. Un ingeniero realmente volcado en el proceso revolucionario y que bien pronto sufrirá la persecución paranoica de un Partido para el que los planes quinquenales son la única fe verdadera.
Un amor platónico, un temprano interés por el cine y una oposición frontal a cuanto le sonase a imposición. Esas son las tres líneas fundamentales para entender una adolescencia triste, la tentación de la huida, una temprana necesidad de entender -y aprender a contar- lo que de verdad estaba pasando.
LOS TRAUMAS DE UN PAÍS
Al hacer cine casi siempre en tiempo presente, el público podrá comprobar hoy cómo la Hungría de la posguerra fue evolucionando hasta el colapso de la era soviética. No obstante, la preocupación de Mészáros por la definición del carácter nacional húngaro (de nuevo, de forma crítica, sin patriotismos) en décadas anteriores, erige su obra en un testamento de toda la historia del siglo XX. En estos filmes de época le gusta mezclar material de archivo con la ficción, introduciendo a sus protagonistas en eventos reales, con asombrosos montajes que desdibujan la frontera entre los dos modos de registro. De este tipo de cine, su gran contribución es la trilogía de diarios que realizó a lo largo de los años ochenta y que se ambienta en los cincuenta. Basada en recuerdos autobiográficos que se entremezclan con la historia de su país, Mészáros usa a Juli, su alter ego, para desenterrar el drama nacional que, según ella, marcó el devenir de la segunda mitad del siglo XX en Hungría: el arresto del primer ministro Imre Nagy en 1956 y su posterior desaparición. En unos eventos que recuerdan demasiado a recientes episodios bélicos, las tropas rusas entraron ese año en Budapest para deponer al mandatario justificándolo en la independencia de Moscú que Nagy estaba alentando desde su gobierno. Nunca se volvió a saber nada de él, todos lo daban por muerto, pero nadie podía asegurarlo. El asunto fue tabú en Hungría durante décadas. Mészáros recuerda cómo esta fue la única vez en que la censura de su país le dio verdaderos problemas para rodar. Solo tras la caída del muro de Berlín se abrió una investigación que acabó determinando el lugar donde descansaba su cuerpo y se confirmó que había sido ahorcado por un tribunal militar en un rápido ajusticiamiento sin posible defensa. La trilogía se cierra precisamente con el ahorcamiento del personaje interpretado por Jan Nowicki, una figura que toma detalles de Nagy y otros políticos e intelectuales de la época, pero que se identifica también con el padre de Mészáros, ajusticiado de forma similar por el régimen. La escena es de un verismo y crudeza como pocas se han filmado de una pena capital. En resumen, y por recoger algunas de las declaraciones que ofreció a Portuges, estamos ante una cineasta incorruptible que se exigió una misión vital: “dejar constancia de forma honesta de la era que me ha tocado vivir”. Y lo hizo siempre, desplegando un rico lenguaje cinematográfico, desde una perspectiva femenina: “si interpretas mis películas de forma estrictamente política, ves que trato las relaciones de poder de forma muy diferente a como lo hacen los directores hombres”. Sus filmes son, en efecto, personales, políticos, honestos, feministas y auténticos.



