"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".
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miércoles, 17 de enero de 2024

Ciclo una ventana Latinoamericana: CASI HERMANOS (Lucía Murat 2004)

 




Sinopsis: 

En los años 70, cuando en Brasil gobernaba una dictadura militar, muchos presos políticos fueron llevados a la Penitenciaría de Isla Grande, en la costa de Río de Janeiro. Al igual que los presos políticos, los asaltantes de bancos estaban sometidos a la Ley de Seguridad Nacional, y ambos bandos cumplían sus penas en el mismo pabellón. El encuentro de esos dos mundos es parte importante de la historia de violencia que el país enfrenta hoy. "Casi hermanos" muestra cómo se desenvuelve esa relación y los detalles del conflicto entre las partes. Entre ese desencuentro y el aprendizaje, nace el Comando Vermelho, que más tarde pasará a dominar el tráfico de drogas en el Brasil. A través de dos personajes, Miguel (Caco Ciocler), un joven intelectual de clase media, hijo de un diputado federal, que está preso por motivos políticos, y Jorge (Flavio Bauraqui), hijo de un sambista, que es autor de pequeños asaltos y que luego será uno de los lideres del Comando Vermelho, la película nos relata la historia brasileña de los años 50, los 70 y la actualidad. Los ritmos y la música popular del Brasil serán siempre el vínculo entre estos dos personajes, entre estos dos mundos.

Crítica:

Por Pablo E. Arahuete

El encuentro de dos clases sociales, dos mundos divididos por diferentes realidades es el eje temático de Casi hermanos de la directora brasileña Lucía Murat. Estructurado en forma fragmentada y episódica (cabe aclarar que en cada época los personajes son interpretados por diferentes actores), el relato avanza y retrocede sobre dos temporalidades bien definidas: el Brasil de los 70 en el apogeo de la dictadura y el Brasil actual en el microclima violento de las favelas y los enfrentamientos entre bandas de narcos.

En ese escenario, donde los muertos son moneda corriente, queda plasmada la insalvable ruptura social como resultado de un fenómeno histórico y cultural que en los 70 algunos militantes políticos de izquierda lucharon por revertir, pero fueron derrotados por las contingencias socio-políticas, desencadenantes de una creciente marginalidad y desigualdades sociales. A modo de tesis -aunque por momentos con un tono demasiado discursivo- el guión de Murat y Paulo Lins (Ciudad de Dios), enfrenta dos miradas, dos ideologías encarnadas en las figuras de Miguel y Jorginho, protagonistas del film. Amigos desde la infancia, ambos compartían la pasión musical del samba; contexto donde las diferencias sociales dejaban de existir. Así, el pequeño Miguel (Brunno Abrahão) podía visitar el hogar humilde de su amigo Jorge (Pablo Ricardo Belo), pese al rechazo familiar. Luego, sus vidas siguieron rumbos distintos que provocaron el distanciamiento. Miguel (Caco Ciocler) se vio envuelto en la encrucijada de un futuro de bienestar económico y su afán idealista por cambiar las reglas del juego de un sistema socio-político perverso y opresivo. En el caso de Jorginho (Flavio Bauraqui), la supervivencia en un mundo hostil, atravesado de violencia, hambre y sin otra chance que la de hacerse valer a cualquier precio. Sin embargo, sus caminos se cruzarán en épocas de convulsión política en que el aparato represor de la dictadura promulgaba una Ley de Seguridad Nacional que unificaba el sistema carcelario. Esta medida trajo como consecuencia la mezcla de presos comunes con presos políticos.

En la cárcel de Isla Grande, ambos grupos intentaron convivir bajo otras leyes, las del respeto, la igualdad y donde la fuerza residía en la unidad para hacer fuerte la demanda. Sin embargo, al ámbito politizado, cuyo máximo propulsor será Miguel se le impondrá la cruel faz de la realidad: la del deterioro tras una larga huelga de hambre o la desobediencia de grupos de delincuentes nuevos que instauran el caos y sus códigos.

Murat, quien fue en el pasado una presa política, aporta su experiencia -aunque diferente a la de los hombres- en el contraste de estos micro-mundos que se van separando progresivamente. Así como esa distancia se reproduce en la pantalla a través de la violencia de las imágenes, encuentra su mayor expresividad en el escenario de las favelas, cuyos protagonistas son actores no profesionales.

El apunte musical, que identifica las dos épocas con el samba en el 70 y su metamorfosis hacia el hip-hop en el 2000, subraya el efecto contrastante, así como el reencuentro de Miguel (Werner Schünemann) y Jorginho (Antônio Pompêo) en el presente cuando idealismo y pragmatismo chocan.

Poco frecuente en un film sobre la vida carcelaria donde habitualmente el rol femenino queda relegado, en este caso el papel de la mujer resulta decisivo: la mujer de un preso político vehiculiza sus demandas a riesgo de ser detenida; la hija de Miguel (Maria Flor) visita las favelas en señal de rebeldía y critica a su padre por haberse traicionado al aceptar un cargo político.

Si bien la dialéctica del film de Murat peca de cierto simplismo y, a veces, redunda en explicaciones innecesarias, la intención de abarcar desde lo anecdótico un fenómeno socio-político de feroz actualidad (basta ver los últimos noticieros sobre los enfrentamientos entre la policía y las bandas armadas de las favelas o los motines carcelarios) es suficiente para decir que Casi hermanos es un film necesario, recomendable, vigente y obligatorio.