"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".
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miércoles, 26 de abril de 2023

Wim Wenders, un viaje por sus primeras obras: CIELO SOBRE BERLÍN 1987

 



Sinopsis: Protagonizada por Bruno Ganz ("El Hundimiento"), Solveig Dommartin ("Tan lejos, tan cerca"), Otto Sander ("El tambor de hojalata") y Peter Falk ("La princesa prometida"), entre otros. Una película maravillosa y conmovedora.
Dos ángeles vagan por el Berlín de la posguerra. Aunque invisibles a los seres humanos, dan su ayuda y comodidad a todas las almas solitarias y deprimidas que van conociendo. Despúes de muchos siglos, uno de los ángeles se encuentra infeliz con su estado de inmortalidad y desea convertirse en humano para poder experimentar la vida. Descubrirá que una experiencia puramente espiritual no es bastante para satisfacer a cualquier persona.

Crítica:

El cielo sobre Berlín. El muro en medio.

Almudena Ruiz

Cuando el niño era niño,

no sabía que era niño,

para él todo estaba animado,

y todas las almas eran una.

Peter Handke


No habrá existido otro escenario que retrate mejor lo partido que se encontraba el mundo, que Berlín en los años del muro. Ni tampoco habrá ya un mejor retratista.

Wim Wenders filmó esta ciudad cuando todavía era la única capital del mundo que se dividía entre países distintos. Ubicó la cámara en el preciso momento y lugar en que la historia ocurría. Y nos dejó la memoria de un contexto que —a beneficio nuestro— no tardó mucho en desaparecer. Es algo que comenta el mismo director: la caída del muro cambió tanto y tan pronto a Berlín, que del escenario filmado solo quedaron las imágenes archivadas en sus cintas. Sin embargo, documentar el hecho como tal no formaba parte de su objetivo, y eso en la película lo notamos desde el inicio. Muy lejos de un calco histórico, y más que una simple representación fidedigna, existe en el film la expresión del espíritu de una época, expuesta desde una mirada que no hace otra cosa que favorecer al retrato.

En El cielo sobre Berlín (1987) Wenders no solo nos pintó al auténtico muro en pantalla, sino que también nos incitó a derribarlo. Permitiendo que, años previos a su caída, el cine ya pudiera vivir algo parecido.

Cuando el niño era niño, imaginaba claramente un paraíso y ahora apenas puede intuirlo.

Una cámara levita por la ciudad a la par que lo hacen los ángeles que habitan en ella. Las imágenes del film nos cuentan que Berlín está repleta de seres celestiales y que estos se encuentran ahí para acompañar y apoyar la mano en el hombro humano, aunque ningún ciudadano pueda percibir su presencia e incluso si toda acción resulte inútil para generar algún cambio. Pues uno de los tantos límites que posee un espíritu es justamente el de no poder intervenir la realidad que le es impalpable. Ellos eternamente la miran sin poder hacer nada al respecto, eternamente los escuchan, pero no pueden obsequiar un abrazo, dar un consejo, ni mucho menos evitar un suicidio (como alguno que termina ocurriendo en el film).

Estas imágenes en blanco y negro son las que pintan el ambiente gris de la época y retratan la división como un tema que no se reduce a lo geográfico. En Berlín hay muchos más muros que el de concreto porque ya cada ciudadano levantó el suyo. Todos se sienten solos, todos se encuentran completamente ensimismados, padeciendo en conjunto del wall desease (“un muro que se levanta en tu pueblo, también se levanta en tu mente”). Vemos a personas, una al lado de otra, en el metro, pero ninguna se dirige la mirada. Vemos a miembros de familia juntos, pero estos se dan la espalda. Y cuando oímos sus pensamientos —a través de voces en off— sabemos que ninguno está presente en ese encuentro, pues la mente siempre la tienen en otra parte, donde la angustia y las preocupaciones los sumergen.

Así nos adentramos a un contexto tan partido y repartido, que hasta el lenguaje se divide para representar dimensiones distintas. Aunque este tono decadente no es el que persiste ni, mucho menos, el que caracteriza al film, ya que la historia se narra a partir de un ángel —Damiel— quien, cansado de vivir en plenitud, está dispuesto a cambiar toda la eternidad celestial por volverse humano.  No necesito tener un hijo ni plantar un árbol —le dice a su compañero Cassiel— pero sería tan lindo volver a casa cansado y alimentar al gato. Tener fiebre y sentir el peso del cuerpo. Mentir… Mentir sin vergüenza. El protagonista va contradiciendo todo deseo humano de perfección y conocimiento pleno, al demostrar que sus atributos celestiales no hacen otra cosa que volver monocromática su existencia. Pues no hay vida más tediosa que una eterna e imperturbable.

La historia, entonces, inicia así, a contramano, tratando de comunicar a la humanidad —tan harta de sí misma— que todavía hay alguien que desea formar parte de ella. Y para representarlo, la ausencia del color se vuelve fundamental, porque, además de su aporte estético y expresivo (el monótono tinte a la vida berlinesa) el blanco y negro remarca la condición del punto de vista. La dimensión de los ángeles es acromática porque esa es una de sus carencias, ellos no conocen el color, ni el sabor, ni la música. Pero es tal la curiosidad de Damiel al respecto, que —a través de varias analogías— se lo va comparando a un niño en pleno periodo de asombro y encanto con el mundo. Como si en contrapartida Berlín haya perdido su infancia, porque todo allí pasó a ser visto en un plano ordinario. No hay nada más que los sorprenda —Alemania ya vio y vivió suficiente—, solo quedan heridas que no cierran, de un pasado que no se olvida, y este muro que constantemente les recuerda.

La memoria vuelve a la pantalla constantemente, a veces se impone con flashbacks o entre fragmentos de Historia comentados Cassiel y el anciano a quien este siempre está siguiendo. Berlín no será la misma ya, se escucha decir en cierta escena. Mientras Damiel, por su parte —mucho menos partidario de atestiguar estos decaimientos— dedica su tiempo a frecuentar espacios distintos. Lo vemos intercambiando miradas con niños —porque son estos los únicos que pueden verlo— o deteniéndose a nombrar cosas que considera o imagina extraordinarias: la nervadura de las hojas, los colores de las piedras, las primeras gotas de lluvia, el pan y el vino… Damiel es quien concurre a escenarios como el del circo y su amigo Cassiel quien se caracteriza por diferencia. Pero es en conjunto que ambos cumplen la tarea de ofrecernos miradas distintas sobre un mismo panorama: una sobria y adulta, la otra infante y apasionada.

Esto lo vemos reflejado perfectamente a la mitad de la película, cuando la historia está a punto de cambiar. En la escena, ambos ángeles están observando el rodaje de un film bélico donde vemos que se replican combates de guerra como una de estas reconstrucciones fidedignas de la memoria (que, en el fondo, todos desearíamos olvidar). Y como es tan gris el entorno de este set, mientras Cassiel lo observa, Damiel se acerca a interrumpir con la línea más importante del film. Dejame mostrarte algo más. Como si del plano general de Berlín —de su realidad— ya tuvimos suficiente, y ahora tenemos la necesidad de acercarnos a algo distinto. Con eso, la invitación de Damiel no difiere en absoluto a la propuesta de Wenders, cuando, en vez de representarnos otro simulacro histórico enfocado en lo agobiante de la situación, utiliza toda la poesía que le permite el cine para ofrecernos una salida que, a pesar de ficticia, nos alivia.

Cuando el niño era niño, tiraba una vara contra un árbol, y ésta aún sigue ahí, vibrando.

Damiel termina llevando a su amigo al circo. Dejándonos en claro que, para él, ese «algo más» bonito de la realidad, se encuentra en el personaje de Marion, la trapecista del elenco.  Lo notamos desde el primer momento en que este la ve subida al trapecio, coincidentemente, vestida de un ángel. En la escena, la cámara se posa en las alturas —desde el lugar en que él observa— y la toma a ella en picado mientras nos deleita con sus acrobacias. Ya de por sí la imagen gusta, debido a la estética de un lenguaje que en toda la película se destaca. Pero lo verdaderamente impactante en la escena es la interrupción de un plano que, desde el ángulo opuesto, suspende por diez segundos el blanco y negro del film. Pues la idea es hermosa: es ella quien trae el color a esta historia, y es Damiel quien, realmente, siente la gracia de ver un ángel por primera vez.

Tanta fuerza tiene este impacto —y tan bonito es el primer punto de vista humano— que, por un lado, nos recuerda lo verdaderamente limitada que está la percepción de Damiel. Y por el otro, nos trae a consciencia que, pese a la carencia del personaje —él no puede ver este fragmento pintado— nosotros sí podemos empezar a percibir lo que este ve. Porque un sentimiento ocurre en simultáneo cuando, por primera vez, tanto protagonista como espectadores experimentamos algo distinto a todo lo que veníamos viendo. De cierta forma lo entendemos, es esto lo que significa Marion para Damiel.

Desde la aparición del trapecio y el color en el circo, la película nos va mostrando cómo su trapecista encarna la idea del ser único para este ángel, a partir de ángulos que la terminan tomando desde un contrapicado —o a veces un completo nadir— dejando su figura en el centro y por encima de todo lo que visualizamos. Pero, sobre todo, se refleja en la historia que nos presenta a Marion e inmediatamente después nos recuerda que todos estos ángeles existen incluso previo a la creación. El mundo no estaba y ellos sí.  Es decir que, habiendo visto todo lo que hubo y hay sobre la tierra —desde sus inicios— Damiel termina asombrado por la curva de este cuello en particular, y habiendo escuchado todos los pensamientos humanos, le terminan atrayendo los suyos; se conmueve con la soledad de Marion y le seducen sus intensas ganas de sentirse amada.

Es por eso que este ángel deja de actuar como tal, para cometer el menos racional pero más humano de los actos. Damiel se enamora y entrega sus alas por Marion.

La película usa ya el color definitivo cuando el ángel atraviesa la dimensión que lo separa de su amada y toda la historia cambia. No hablamos más de divisiones, porque el resto se centra en contar sobre su esperado encuentro con Marion. Pero antes de ese final —en todo lo que queda en medio— tenemos el placer de ver a Damiel en sus primeras impresiones humanas Y el regalo de Wenders, me parece que es ese. Porque detrás de la pantalla, también nosotros experimentamos el mundo nuevamente. No hay cosa que no maraville a este nuevo mortal, como sí hay muchas de las que nosotros ya ni nos dábamos cuenta. Damiel, sin embargo, despierta en el suelo con una herida en la cabeza y conoce la sangre que ahora circula en su cuerpo —¿Cuando nos detenemos nosotros a pensar en cosas como estas?—. Él se toca, la mira, percibe el color rojo por primera vez y lleva la mano a la boca para descubrir el sabor. Por fin siente lo que es estar vivo y, por sobre todo —con la totalidad de esta película— nos lo recuerda.

Es por eso que siempre me gustó creer que el espectador berlinés de la época, habrá sentido el mayor de los consuelos. Porque incluso hasta hoy, con este film, ese alivio se continúa sintiendo.

miércoles, 19 de abril de 2023

Wim Wenders, un viaje por sus primeras obras: PARIS, TEXAS 1984

 



Sinopsis: ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Protagonizada por Harry Dean Stanton ("Alien, el octavo pasajero") y Nastassja Kinski ("Tan lejos, tan cerca"). La banda sonora de Ry Cooder es todo un clásico en sí misma. Una de las películas más trascendentes de Wim Wenders y verdadero título de culto.  Un hombre aparece en el desierto de Texas sin recordar quién es. Su hermano acude en su busca e intenta que recuerde su vida cuatro años atrás, cuando abandonó a su mujer y a su hijo. Mientras recupera la memoria descubre la oportunidad de rehacer su vida.


Crítica: 

París, Texas es una película lanzada en 1984, considerada una de las grandes obras de esa década y la cúspide de la carrera del talentoso director alemán Wim Wenders. La película ganadora de La Palma de Oro y el FIPRESCI en el Festival de Cannes de ese mismo año, nos cuenta la historia de un hombre que tras deambular sin rumbo por 4 años, se reencuentra con parte de su familia y siente la necesidad de resolver dudas de su pasado.  Construir en silencio

“Soy un tipo duro” o “No hablo mucho” son frases que suelen acompañar a personajes estereotipados en cintas que carecen de profundización en el guion, la falta de ideas para presentar a los protagonistas a través de situaciones que involucren lenguaje en su forma no verbal, desata una disposición de la cinta a la obviedad absurda. Sería lindo que todo director/guionista decida intervenir en obras como la que hoy nos compete, un referente en la construcción de una persona y cómo describirla desde el lenguaje cinematográfico.

París, Texas cuenta una historia por demás curiosa, donde la conexión que establece público y protagonista es fundamental para aspirar a que el siguiente fotograma sea cuestión de interés. El vínculo se logra haciendo al público adoptar una posición de oyente silencioso ante un protagonista que no habla, la paradoja está ahí, pero el cine y su magia generan el anhelado efecto de atención. Wenders sabía exactamente lo que hacía cuando dejaba entrever un poco más de Travis en la pantalla, siempre lo suficiente para que siguiéramos prestando atención a sus movimientos y actos.
Paris, Texas y el camino
La reconciliación y el perdón se han escapado a Travis, huyendo –literalmente- de la confrontación con su sombra y situándose en la comodidad de esperar respuestas del camino, mientras se niega a prestar su voz, por miedo a influir negativamente en este proceso de aceptación y posterior redención, que él supone debe alcanzarse a través de la penitencia y deambular hacia un horizonte que no muestra señal alguna.

Conforme avanza la trama, el espectador irá desvelando una serie de sucesos que parten en una ambigüedad severa la mirada hacia Travis e incluso hacia la misma Paris, Texas. Hablamos de una suerte de caso de Dr. Jekyll y Mr. Hide, pero en un tiempo pretérito que, sin embargo, sigue sistematizando y ordenando los comportamientos de los personajes a través del trauma y la cicatriz emocional.

Esta revelación no puntual (es algo que se va cociendo, no que llega hecho) toma también al protagonista de la película para obligarlo a un cambio; tenemos un nuevo motor para continuar con París, Texas y el protagonista ha cambiado sus botas para apuntar en dirección a la búsqueda de un medio a través del camino. Travis ya no es más una piedra llevada por la corriente de un turbulento río de una claridad inexistente, ha evolucionado y busca algo en el horizonte: su pasado y un reencuentro.

No es una escena, es la escena
Si hay algo que cambiaría, sería jamás haber visto la más famosa de todas las escenas de Paris, Texas, así el impacto de un momento tan dramático, estilizado y excelentemente ejecutado habría podido ser muchísimo mayor. Sin embargo, me acerqué a la cinta de Wenders con una imagen preconcebida, la escena ya estaba en mi mente, mis ojos la deseaban y logró conmover, romper y reubicar muchos conceptos que había creado con respecto a la cinta.

Una escena organizada para que cada plano cuente la nueva relación planteada, con cada color examinando a sus protagonistas y cada reflejo bloqueando una  comunicación anhelada, pero desprovista de presente, angustiosamente fundamentada en un pasado nada brillante que termina por apagar las luces de una habitación que es testigo de la confesión más terrible.

Conclusión
Paris, Texas es una película absolutamente obligatoria en el camino cinéfilo de toda persona, e incluso en el camino general de vida de todas las personas, ya que es un relato que sin complejizarse demasiado, cuenta una historia cifrada a través de la quietud y el silencio de su protagonista. La escena por el final de la película marcó su nombre en la historia del séptimo arte y poco más se puede decir de una de las grandes obras de Wim Wenders.


miércoles, 12 de abril de 2023

Wim Wenders, un viaje por sus primeras obras: EN EL CURSO DEL TIEMPO 1976

 



Sinopsis: Paradigma del viaje como liberación y encuentro entre los seres humanos, narra la hermosa relación que se establece entre dos hombres (un reparador de proyectores de cine y un hombre deprimido tras el colapso de su matrimonio) durante un viaje por la frontera que separa las dos alemanias. 

Sugerencia de enlaces para ver el film: https://www.justwatch.com/es/pelicula/kings-of-the-road 

Crítica: 

La película comienza con una declaración de principios: «En Blanco y Negro. Formato 1:66. Sonido directo. Rodada en 11 semanas del 1 de julio al 31 de octubre de 1975 entre Lüneburg y Hof a lo largo de la frontera con la RDA» para dar paso a una escena en la que un operario que está reparando un proyector conversa con un antiguo músico de la época del gran cine mudo alemán. En la charla se reflexiona sobre la destrucción del cine mudo que supuso la irrupción del sonoro. Idea ésta, la del cambio, muy presente en toda la película, quizás la mejor road movie de la historia y la obra maestra que Wim Wenders dedicó a Fritz Lang y a una forma de vivir el cine que estaba en peligro de extinción en los años setenta.
Pocas películas han hecho una declaración de amor tan melancólica y bonita al cine como medio de cultura y cultivo de conocimiento. Ese cine que fue la luz que descubrió a los españoles de los años 50 la televisión, el bikini, la minifalda, los electrodomésticos y las relaciones pasionales en una época en la que la oscuridad impregnaba el ambiente. El cine puro como se indica en la frase que cierra la película «es el arte de ver y que evita que el espectador salga embrutecido por la estupidez». Los acontecimientos vividos en España en los últimos años con la destrucción de los pequeños cines de arte y ensayo y de las distribuidoras de cine independiente provocan que En el curso del tiempo esté de plena actualidad.

La película presenta las virtudes del mejor cine de Wenders: la idea de movimiento como cambio representado por un viaje que provocará una profunda transformación en la vida de los personajes, como sucedía en Alicia en las Ciudades, Paris Texas o Falso Movimiento. Del mismo modo la película tiene en la introspección su principal seña de identidad.
En el curso del tiempo narra la historia de dos hombres que se tropiezan por un hecho fortuito: el intento de suicidio de Robert (Hanns Zischler) que se zambulle con su Volkswagen Escarabajo en un lago en cuya orilla reposa la furgoneta de Bruno (Rudiger Vogler) un operario de cine que recorre Alemania del Oeste arreglando los proyectores de los decadentes cines de las pequeñas ciudades. Robert acabará saliendo a nado del lago y será ayudado por Bruno que le ofrecerá ropa seca y cobijo en su furgoneta. Bruno es un tipo solitario poco hablador y Robert un hombre extrovertido y dependiente que odia la soledad, pero que atraviesa una profunda crisis debido a la reciente separación de su mujer. Ambas soledades unirán sus silencios y reflexiones recorriendo en furgoneta carreteras ornamentadas por parajes salvajes y visitando cines mustios y solitarios de proyectores ruidosos y dueños famélicos económicamente que a duras penas pueden mantener viva la fábrica de sueños que su local llegó a ser en tiempos mejores.

Los caminos de Robert y Bruno se separarán momentáneamente una noche en la que Robert visita a su padre tras 8 años de desencuentro para saldar una vieja deuda y en la que Bruno conoce a la nieta de la dueña del cine del pueblo del padre de Robert, una madre soltera solitaria como Bruno que por necesidad de atraer espectadores regenta un cine porno que antaño albergó a los grandes clásicos del séptimo arte. El miedo a la compañía de esta posible nueva compañera obliga a Bruno a buscar a Robert para escapar de nuevo en nómada viaje.

Bruno y Robert harán un break en el camino para sentir la libertad de viajar en una moto BMW con sidecar a lo largo del valle del Rhin (lugar de procedencia de Bruno). La música acompañará el divertido viaje por escarpadas carreteras con unos maravillosos travellings. Ambos acabarán visitando la casa de la infancia de Bruno que se encuentra en estado de abandono. Este re encuentro con la niñez supone para el proyeccionista un retorno al pasado que hacía tiempo no visitaba volviendo a sentirse como alguien que tiene tiempo tras de sí, siendo ese tiempo su historia.

En una última parada en un antiguo barracón del ejército americano cerca de la frontera con la RDA, Robert y Bruno charlarán sobre la soledad, la muerte del ser humano sin deseos y sobre el tiempo que todo lo cambia a la larga. La frase todo cambia a la larga resume la moraleja de la película y simboliza de forma magistral la separación que el paso del tiempo y el final de la ruta impondrá a los protagonistas. Un tren, una furgoneta, una carretera, una mirada.

La película finaliza con un emocionante encuentro entre Bruno y la dueña de un cine que no proyecta películas por respeto a la filosofía del cine que llevó a cabo su padre. Un futuro incierto espera a Bruno representado en unas parpadeantes luces de neón reflejadas en los cristales de su furgoneta que reflejan la fluctuación de su destino. Personaje el de Bruno que ha vivido con la frustración de no poder convivir con alguien que acabe con el encierro en el que se ha convertido su vida. Un viaje que cambia internamente la vida de Bruno para no cambiar nada, es decir, la soledad que le acompaña sigue inmóvil.

Wenders consigue filmar bellísimos planos de carretera acompañados de la maravillosa música de guitarra blues americana interpretada por Improved Sound Limited. Los silencios y sonidos ambientales hipnotizan a la vez que poco a poco va floreciendo la personalidad de Bruno y Robert cuando el curso del tiempo provoca su conocimiento mutuo. La vida sigue su ritmo sin que el guión o la historia sean lo verdaderamente importante. Y eso, el discurrir de la vida, es lo que convierte a En el curso del tiempo en una obra atemporal de enorme fuerza. Wenders rueda con total naturalidad a Bruno mientras defeca, a unos niños emocionados al ver a Bruno y Robert representando una comedia de cine mudo de sombras chinescas en el fondo de una pantalla de cine (escena maravillosa que nada tiene que envidiar a la que filmó Truffaut en Los cuatrocientos golpes) o al proyeccionista de un cine porno haciéndose una paja mientras observa desde la sala de proyecciones la película.

Wim Wenders fue uno de los mejores directores de la nueva ola alemana de los años 70. De estilo único con influencias americanas, japonesas y del cine de la vieja Alemania, su cine carece de la fuerza del de Schlöndorff, del carisma de Fassbinder y del carácter marciano de Herzog, pero está dotado de una mirada renovadora de carácter existencialista que consigue conectar lo trascendental con la realidad cotidiana. Cuando vi En el curso del tiempo por primera vez, hace casi 10 años, era tan solo un aficionado al cine que acaba de finalizar los estudios universitarios y que devoraba películas de todo tipo con el único propósito de pasar un buen rato sin buscar ninguna explicación más allá del puro entretenimiento. Al finalizar la visualización de esta película algo cambió en mi forma de ver el cine. Este es el cine que debemos defender, el que nos transforma no solo como cinéfilos sino como personas, el que nos hace reflexionar y ver más allá de la historia. El cine que nos forma como personas y que no aborrega ni daña cerebros. Los amantes del cine debemos, como hace Wenders en esta película, defender el cine que queremos ver en lugar del que nos obligan a ver. El cine que se encuentra en peligro de extinción ante el marketing y las grandes productoras que todo lo fagocitan. Es por eso que amo el cine y es por ello que amo En el curso del tiempo.


miércoles, 29 de marzo de 2023

Wim Wenders, un viaje por sus primeras obras: ALICIA EN LAS CIUDADES 1974

 



Sinopsis: Wim Wenders busca en las cosas, en el espacio, busca esa corriente que se manifiesta en las urbes vacías, la lluvia y los aviones apátridas. Porque detrás de todo eso debe haber algo que sujete la realidad de alguna forma, que le dé sentido.  Alicia en las ciudades habla de la inmovilidad de las fotografías frente al transcurrir de la vida. Además de ser una bella, sencilla y emotiva historia de amistad entre un hombre y una niña, en la que cada uno, a su modo, busca su sitio en el mundo. 


Crítica: 

Las primeras películas dirigidas por el cineasta alemán Wim Wenders denotan el carácter de intrépido explorador de un realizador para el que el ancho de su plano se viste con grandes espacios abiertos y con la fisonomía urbana donde aloja a sus personajes, figuras aisladas casi siempre, pero en perfecta interactuación con la geografía metropolitana. Son tal para cual.

Wim Wenders se siente fascinado por las impresionantes carreteras, los viajes, por la sensación de identidad que proporciona el contar con un hogar al que poder volver. El desplazamiento, moral y físico, constituye uno de los ingredientes esenciales de sus comienzos en el cine. Pronto marca unas señas claras y reconocibles. Territorios, urbes, pueblos y establecimientos comerciales de variada estructura labran un escenario fijo en su universo creativo.

En medio de una Europa fuertemente americanizada, los personajes de los largometrajes de Wenders son casi siempre tristes viajeros exiliados o fugitivos de relaciones rotas. “Los americanos han colonizado nuestro subconsciente”, dice Robert (Hanns Zischler), médico pediatra, a Bruno (Rüdiger Vogler), mecánico de antiguos proyectores de cine, en la formidable obra En el curso del tiempo (Imlauf der zeit, 1975). Pero el fenómeno de la colonización de la Alemania de posguerra por Estados Unidos es un tema clave en el mundo cinematográfico de Wenders. Sin cortapisas, ha importado su diseño.
Su formación cultural, condicionada por el cine de Hollywood y la música rock, le dio una imagen mitologizada de los Estados Unidos. Un país que se presenta ante el realizador teutón de manera vigorosa y potente. Ha encontrado su musa. Inspiración que Wenders emplea en Alicia en las ciudades (Alice in den städten, 1974), aportando una forma de mirar el mundo en claroscuros y empleando una estructura narrativa en clave de viaje como eje para descubrir y describir lugares. Paradójicamente, define criaturas atrapadas en el bucle del viaje, pero estas parecen varadas y ensimismadas en crisis existenciales. Un ir y venir de aquí para allá, cuya finalidad es, por otra parte, integrar el paisaje a los acontecimientos que se narran, otorgándoles altura de personaje, de tal manera que el devenir de su experiencia no se entiende sin la importancia de la arquitectura de las casas o la grandeza de un vasto territorio natural en el que se desarrolla la acción.

Alicia en las ciudades concentra algunas de las características apuntadas que hacen de ella una muestra fidedigna del estilo de filmes que rodaba Wim Wenders en sus inicios como cineasta. Una película rodada en 16 mm que se abre con el plano de un avión en pleno vuelo. Toda una declaración de principios e inquietudes que advierten, desde el primer fotograma, los derroteros por lo que se va a mover este espléndido y emocional título. Una aeronave como sinónimo de éxodo anticipa los rasgos de la siguiente odisea de la que vamos a ser testigos. Una travesía al interior de las personas, relatada también a través del exterior escenográfico, el urbanismo de todo tipo de ciudades, claves para entender el desasosiego y desesperanza de su protagonista, el periodista Felix Winter (Rüdiger Vogler).

El relato arranca en los Estados Unidos, en un sitio costero y en una localización típica, no solo de las guías de viaje, sino también del propio universo cinematográfico norteamericano. A ningún espectador le pasa inadvertido el paseo marítimo de madera, captado en muchos filmes de casi todos los géneros, como tampoco le resulta desconocida su parte baja, sostenida por columnas, zona de crímenes y entorno apropiado para esconderse si te persiguen. En este lugar aparece Felix, el Homero del filme, armado con su vieja cámara de fotos Polaroid, captando instantáneas de lo que tiene delante de sus ojos sin importarle la estética y composición de la foto. Solo le interesa la captura para fijar un tiempo y un espacio concretos, y retener un instante que le permita no olvidarse de los sitios en los que ha estado. Divagaciones que aproximan a Felix a la filosofía del perdedor o al ocaso del viajero.

¿Qué es lo que atrapa y revela al mismo tiempo Felix? Construcciones icónicas de un panorama cien por ciento norteamericano. Wenders se deja arrastrar por la devoción que siente por los fetiches almacenados en la memoria como espectador (recordar que el realizador alemán fue crítico de cine) de producciones americanas que escenifica la seducción recibida, preocupado por plasmar su esencia en este trabajo. Está claro que las huellas que nos deja Alicia en las ciudades es el de una película de rasgos autobiográficos y que el mismo Felix es una extensión del cineasta, vamos, una especie de alter ego maravillado por la cultura expansiva de los Estados Unidos. Lo mismo ocurre, y también se aprecia en los compases iniciales del largometraje, la influencia de la música pop y rock, convirtiéndose en otro de los vectores que ilustran este personal homenaje emprendido por Wenders. Curiosamente, estos elementos son integrados en la narración, cuya forma y aspecto visual en blanco y negro recuerda mucho a la textura de los documentales de la época. No en balde, el autor de El amigo americano (The American Friend, 1977), con el correr del tiempo, se ha convertido en un excelente y reputado documentalista. Su fama en este campo es contrastada y, a mi modo de ver, goza de mayor prestigio hoy como realizador de documentales que como responsable de ficciones, sobre todo las últimas, muy irregulares y poco satisfactorias.
Ni qué decir tiene que el filme es una encantadora y hermosa road movie sobre personajes desplazados. Wenders recorre kilómetros, y nosotros, con él. Con su cámara manejada por el operador Robby Müller nos entrega un álbum fotográfico compuesto por imágenes de playa, cafeterías, gasolineras, rutas atestadas de vehículos, otras solitarias, compaginadas con observaciones de barrios residenciales prósperos de una ciudad cualquiera, destacando tomas de viviendas unifamiliares que conforman, por lo que sugieren, una manera de concebir un estilo de vida cómodo y confortable, como ejemplo del epígrafe american way of life, enfrentadas, en la disparidad de modos de vida y clases sociales, con otra tipología de urbe, ahora ciudades tristes, feas, atravesadas por infinidad de cables eléctricos, menos glamorosa y relacionada con la América profunda. En este proceso de caminos salpicados de lluvia, la aplastante nocturnidad, los desangelados moteles, las películas emitidas por la televisión, el personaje de Felix siente algo de decepción y desapasionamiento. Sigue haciendo fotos, pero el resultado que le ofrece su Polaroid dista mucho de reflejar lo que verdaderamente ve su mirada. Como si la foto estuviera incompleta y no atesorara toda la fidelidad y fuerza observadas por los ojos. Una amarga reflexión que se hace notar a lo largo de toda la proyección. Es verdad que los personajes de Wenders han sido alegres y divertidos.

Esta fijación por los iconos más emblemáticos, presentes en muchas producciones norteamericanas, alcanzan su colofón cuando Felix llega con su maltrecho y quejumbroso coche a Nueva York, parada y fonda del periplo por tierras americanas. Wenders no escatima celuloide cuando filma el perfil de la ciudad, la entrada a la enorme metrópoli a través del túnel, siguiendo a uno de los símbolos del transporte de aquel país, los autobuses de la empresa Greyhound, sin dejar al lado la belleza vertiginosa de los raíles del metro. No podían faltar, en este recorrido iniciático por la ciudad más cinematográfica del mundo, los planos de estadios de beisbol, andenes, vagones de trenes grafiteados, calles míticas, la inmensidad de los rascacielos y Felix, de repente, empequeñecido por semejante escenario, cariacontecido, deambulando por el centro de la ciudad e intentando poner fin a sus andanzas, toda vez que su excursión por los Estados Unidos toca a su fin, tras fracasar en su compromiso, como escritor, de redactar un texto sobre su experiencia en el país de las grandes oportunidades. Su reportaje sobre la idiosincrasia de las gentes, la abducción por los grandes núcleos urbanos, el ambiente de desigualdades y su hechizo por la majestuosa red de carreteras deberá esperar el instante adecuado de inspiración. El deseo de Felix es volver a Alemania, reencontrarse con sus raíces y regresar a su útero. Solo que el destino, tan caprichoso, le va a deparar una sorpresa. En la agencia de viajes va a tropezar con una mujer, Lisa (Lisa Kreuzer) y su hija, Alicia (Yella Rotttländer), que también quieren volver a Münich.
Una huelga de controladores aéreos en Alemania les obliga a cambiar de planes y optan por volar a Amsterdam para tratar de llegar a su destino por carretera. Este retraso en la repatriación de los viajeros le permite a Wim Wenders hacer el último recorrido por una urbe que le fascina, en lo bueno y en lo malo. Aprovecha cualquier anécdota para destacar imágenes de la ciudad. Una llamada telefónica desde una cabina en plena calle coloca al objeto en la parte izquierda del encuadre, dejando un hueco proporcional a la derecha para captar, con bastante profundidad de campo, una de las enormes avenidas de la gran manzana, en la que sobresale, como una efigie colosal o un espectacular obelisco, la monumental silueta del Empire State Building. La ciudad emerge con toda su apasionante belleza. El alemán filma muchos rincones, bonitos, feos o espantosos, de día o de noche. De cualquier ángulo o altura, incluso desde el apartamento de la amiga de Felix, a la que visita, en el que se vislumbra el edificio de enfrente. De igual modo, otear el horizonte de Nueva York desde la terraza del Empire a través de los prismáticos utilizados por los turistas para fisgonear el esplendor diurno de la urbe va más allá de la mirada turística para tener un componente dramático que alterará el rumbo de los acontecimientos.
Felix y la niña Alicia aparecen como una extraña pareja por ausencia de Lisa, que se queda en tierra americana, resolviendo sus asuntos sentimentales. El aeropuerto, otra zona cinematográfica por excelencia, brinda su ir y venir de gente para embarcar a los dos náufragos dirección a casa. Amsterdam es otro lugar y otro ambiente. Un hotel en medio de la nada ofrece otra fisonomía. Alicia propone a Felix dar una vuelta por la ciudad de los canales, puesto que la conoce, porque ha vivido en ella. Travesía en barco, circulando por los canales, bajada en un apeadero, recorriendo calles, y un entorno menos agresivo y más acogedor. Esta sensación no le pasa inadvertida a Alicia, que confiesa estar más a gusto en Holanda que en Nueva York.
Ahora toca explorar otra cultura de barrios, edificios y calles. Felix tiene que encontrar a la abuela de Alicia para dejarla con un familiar que la pueda recoger y atender. Comienza otra ruta, utilizando un modesto coche de la marca Renault. Otro desplazamiento que posibilita, además de ahondar en la curiosa y bonita amistad que surge entre los personajes, una inmersión en otra geografía, distinta sociedad y diferente modelo de ordenación humana y urbanística. Cruzar la frontera y adentrarse en Alemania significa entrar en contacto con la cuenca del Ruhr, un paisaje industrial, alternado con sencillas y acogedoras viviendas individuales, ubicadas a las afueras de los grandes núcleos. Wenders establece un contraste muy fuerte entre la mitificación de la expresión norteamericana opuesta al estilo obrero de las edificaciones que filma en suelo alemán, sin nada de glamour y como si fueran una réplica del urbanismo de la lucha de clases, en la que se entiende fruto del esfuerzo titánico del trabajador, que ha inculcado a una zona su alma y espíritu de cargada atmósfera fabril.

Gracias al incuestionable talento del operador Robby Muller y a la mirada de Wenders, el primero, con su cámara, convierte los paisajes alemanes en una fascinante película, cuya noción de tiempo y desplazamiento se une a otros trabajos del cineasta teutón, como Falso movimiento (Falsche bewegung, 1975), El miedo del portero al penalti (Die angst des tormanns beim elfmeter, 1972) y, sobre todo, En el curso del tiempo (Im lauf der Zeit, 1975).




lunes, 27 de marzo de 2023

Ciclo de cine : Wim Wenders, Un viaje por sus primeras obras.

 

"Sin sueños, no puede haber coraje. Y sin coraje, no puede haber acción."
Wim Wenders

 

Este cineasta se enmarca dentro del nuevo cine alemán, que desde sus inicios presentó un problema: los autores tenían prestigio en los numerosos festivales internacionales, pero las películas que realizaban no eran nada comerciales, respecto al cine americano y el resto del europeo. Probablemente, por esta necesidad de apoyo, Wenders funda, junto con Fassbinder y otros cineastas, la cooperativa Filmverlag der Autorem. En ella, los autores del cine alemán cubrían la necesidad de mostrar el lado más práctico de sus obras y abrían posibilidades a los nuevos talentos.

El cineasta alemán ha afirmado que su objetivo es contar historias. Por ello, durante toda su carrera ha ido buscando y perfilando el medio idóneo de expresión, un lenguaje propio y personal. Sus intervenciones cinematográficas presentan una economía de medios para narrar historias importantes y entrañables.

El director de El cielo sobre Berlín es fiel a unas temáticas (el viaje, el viajero, la búsqueda, la muerte, la falta de comunicación entre las personas, los paisajes y  las ciudades; las ausencias, la música…) que figura en la mayoría de sus largometrajes.

Wim Wenders también destaca en otro campo artístico: la fotografía. La fotografía es para él una vía de escape, un medio de exploración que le permite captar la esencia de un lugar desde el primer momento en que lo ve. La obra fotográfica de Wenders exhibe la lucha que se establece entre la imagen en sí, la realidad que ésta muestra en estado puro y el relato que puede originarse en el espectador que trata de otorgarle un sentido a lo que ve.

El acto creativo es para Wenders una manera de plasmar aquellas ideas sobre la creación artística que le proporcionan una mayor libertad de producción.

Tanto la fotografía, la pintura o el cine son para Wenders medios de expresión que le permiten canalizar una serie de inquietudes que pueden verse mejor o peor reflejadas según sea el lenguaje utilizado, y que son rasgos definitorios de un estilo muy personal.

Alicia en las Ciudades, película de 1974 Wim Wenders busca en las cosas, en el espacio, busca esa corriente que se manifiesta en las urbes vacías, la lluvia y los aviones apátridas. Porque detrás de todo eso debe haber algo que sujete la realidad de alguna forma, que le dé sentido.

En el curso del tiempo  (1976) Paradigma del viaje como liberación y encuentro entre los seres humanos, narra la hermosa relación que se establece entre dos hombres (un reparador de proyectores de cine y un hombre deprimido tras el colapso de su matrimonio) durante un viaje por la frontera que separa las dos Alemanias. 

Paris, Texas. (1984) Una road movie consiste como su nombre indica en una película sobre un viaje. Y un viaje puede dar lugar a infinitas películas, ya que las películas hablan sobre la vida. ¿Y qué es la vida si no un viaje? Ahora bien, de esas infinitas películas, "París, Texas" es una entre un millón.

El Cielo sobre Berlín (las alas del deseo) (1987)   la película es un precioso canto a la vida, a la belleza oculta en los momentos cotidianos, a las múltiples facetas de nuestra condición humana. "El cielo sobre Berlín" es compleja porqué la existencia es compleja, contradictoria, en ocasiones inexplicable.





 

Fichas Cinematográficas

Alicia en las Ciudades : https://www.filmaffinity.com/es/reviews/1/256001.html

En el curso del tiempo:  https://www.filmaffinity.com/es/film535802.html

Paris, Texas:  https://www.filmaffinity.com/es/film595430.html

Cielo sobre Berlín:   https://www.filmaffinity.com/es/film143942.html

 

miércoles, 16 de junio de 2021

Ciclo Cine de Verano (1) Alicia en las Ciudades (Wim Wenders 1974)

 



Sugerencia de enlaces para ver el film: https://www.filmin.es/pelicula/alicia-en-las-ciudades


Sinopsis: El periodista alemán Felix Winter recorre los Estados Unidos buscando temas para escribir un libro, pero como ni siquiera consigue empezarlo, su editor cancela el contrato. Cuando decide regresar a Alemania, conoce en el aeropuerto a una mujer, y como no hay vuelos hasta el día siguiente pasa la noche con ella. La mujer desaparece, pero le deja un recado: que vaya con su hija Alicia, de nueve años, a Amsterdam para reunirse con ella.


miércoles, 7 de abril de 2021

Ciclo Nuevo Cine Alemán: El amigo americano (Wim Wenders 1977)

 



Sugerencias de enlaces para ver el film: 



Sinopsis: El marchante americano Tom Ripley (Hopper) intenta poner a prueba la integridad de Jonatham Zimmermann, un humilde fabricante de marcos (Bruno Ganz) que padece una enfermedad terminal. Ripley le presenta a un gánster que le ofrece mucho dinero a cambio de que trabaje para él como asesino a sueldo. En un principio rechaza la oferta, pero, al pensar en el precario futuro que espera a su mujer y a su hijo después de su muerte, acaba aceptando el trato. La película que convirtió a Wim Wenders en director estrella de los espectadores modernos de todo el mundo. Este cineasta alemán nos admiró a muchos al hacer una versión personal, y europea, de una novela de Patricia Highsmith y de un género, la serie negra, que creíamos exclusivamente americano

miércoles, 31 de marzo de 2021

Ciclo Nuevo Cine Alemán

 

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Alemania era un país devastado y en ruinas, no sólo social y económicamente, sino también en el ámbito artístico y entre ello por supuesto el cine.

Muchos de los grandes realizadores alemanes habían emigrado a causa del nazismo, como FRITZ LANG, ERNST LUBITSCH o F. W. MURNAU, que a lo largo de estos años pusieron su talento a manos de Hollywood. 

Fueron años muy duros para el séptimo arte en el país alemán, con una industria cinematográfica casi nula, donde las pocas películas que se rodaban eran simple propaganda del régimen y su nivel artístico era irrisorio.

Con el paso del tiempo, la fundación de la República Federal Alemana y la década de los 50, surgió el llamado Heimatfilm, o Cine de la Patria, una serie de películas románticas de contenido simple, cuyas estrellas femeninas brillaban más por sus rizos dorados que  por su talento y que nos dejó como máximo exponente la trilogía de Sisí Emperatriz.

Con vistas de que esta situación continuaría durante la siguiente década, un grupo de realizadores se reunió en 1962 en la ciudad obrera de Oberhausen aprovechando la celebración de un festival de cortometrajes celebrado en la ciudad anualmente. Allí publicaron lo que fue llamado el manifiesto de Oberhausen, un ensayo en el que propugnaban su búsqueda de un nuevo cine, artísticamente notable, y su personal lucha por la libertad creativa. Este manifiesto de Oberhausen, supuso el nacimiento del NUEVO CINE ALEMÁN. Entre los firmantes del manifiesto estaban grandes directores del ámbito cinematográfico alemán, como ALEXANDER KLUGE, WALTER KRÜTTNER, ROB HOUWER, EDGAR REITZ o FERNINDAND KHITTL, uniéndose muchos otros grandes nombres con el paso de los años, como WIM WENDERS o RAINER WERNER FASSBINDER.  Si algo diferenciaba al NUEVO CINE ALEMÁN de otras corrientes cinematográficas de esos mismos años, como la NOUVELLE VAGUE o el FREE CINEMA BRITÁNICO, fue la ausencia de unas características propias. 

Además, el NUEVO CINE ALEMÁN fue el primer movimiento cinematográfico que se atrevió a ahondar en el pasado de Alemania y en las consecuencias que la guerra tuvo en la sociedad, planteando preguntas y reflexiones que hasta ese momento nadie se había atrevido a hacer. De este modo, en muchas de las películas se examinan la posguerra y la reconstrucción política y sobre todo social de un país en ruinas, pero siempre desde una mirada individual, siempre por medio de un protagonista, la mayoría de las veces un personaje femenino.

Se caracteriza también porque no poseen una postura crítica o teórica ante el cine, sino que les une la necesidad de crear un estado favorable para la producción y distribución de películas.  Tampoco conocen la tradición cinematográfica de su país y no les interesa el cine de la época, aunque han crecido en contacto con el cine americano, debido a la presencia americana en suelo alemán.

En nuestra programación exponemos a 4 de los directores más emblemáticos de este movimiento: Werner Herzog, Wim Wenders, Rainer Werner Fassbinder y Volker Schlöndorff. Las películas seleccionadas son a partir de una década ya pasada desde el manifiesto de Oberhausen donde la madurez de su cine se experimenta con bastante claridad.

Los principales representantes de esta corriente fueron:

  • Volker Schlöndorff, intelectual a caballo entre la cultura germánica y la francesa, ha sido ayudante de Resnais y de Louis Malle. Su cine va a tratar de ahondar en los conflictos que se producen por el enfrentamiento de sus personajes, y se va a caracterizar por adaptar numerosas novelas de la rica tradición germana. Entre sus obras destacan El joven Torless y El Rebelde. En los años 1970 adaptara para la pantalla El tambor de hojalata, de Günter Grass. Su cine posee siempre una puesta en escena muy controlada, un relato riguroso y un análisis histórico, al lado de una reflexión humana ante los conflictos expuestos.
  • Wim Wenders, influido por el cine norteamericano, tratará la incomunicación humana, los conflictos personales, los familiares y los viajes iniciáticos para conocerse a uno mismo. Su película más conocida de esta época es Alicia en las ciudades. En la década de los 80 realizará dos de sus películas más conocidas, como son Cielo sobre Berlín y Paris, Texas.


Programación

Sábado 3 de abril

El Corazón de Cristal

Werner Herzog 1973

Sábado 10 de abril

El amigo americano

Wim Wenders 1977

Sábado 17 de abril

Lola

Rainer Werner Fassbinder 1981

Sábado 24 de abril

El amor de Swann

Volker Schlöndorff 1983

 



jueves, 7 de enero de 2021

Ciclo de cine "El sueño americano": Paris, Texas (Wim Wenders 1984)



Enlace para ver el film: https://www.filmin.es/pelicula/paris-texas


Sinopsis: Un hombre camina por el desierto de Texas sin recordar quién es. Su hermano lo busca e intenta que recuerde cómo era su vida cuatro años antes, cuando abandonó a su mujer y a su hijo. A medida que va recuperando la memoria y se relaciona con personas de su pasado, se plantea la necesidad de rehacer su vida.

 

viernes, 20 de marzo de 2020

Documentales Cine Fórum Quintanar: La Sal de la Tierra

Le Sel de la Terre. Wim Wenders, Juliano Ribeiro Salgado. Francia, 2014.

La ventaja evidente del cine documental sobre el cine de ficción es que, aunque no siempre se da el caso, el primero tiene mucho más valor educativo que el último, aunque después de ver una buena película documental, el espectador sale del cine con la sensación de que ha perdido mucho tiempo por desconocer la materia sobre la cual trata la película y que es absolutamente obligatorio recuperar este tiempo perdido. Éste es el caso de La sal de la tierra, la ganadora del Premio del Público en el 62o Festival de San Sebastián, que predominó en las estadísticas desde que se estrenó en el Festival hasta el final. El filme cuenta los 40 años de la vida y obra del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, revelados por su hijo Juliano y Wim Wenders, una de las figuras más importantes del Nuevo Cine Alemán de los años 70, también fotógrafo.
Aquí el enlace para ver el documental en VOSE: https://vimeo.com/211102956