"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".
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miércoles, 24 de febrero de 2021

Ciclo de cine "Free Cinema británico" : IF... Lindsay Anderson 1968





Crítica y sinopsis

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 65 SEMINCI: 
If….
 

Encuadrar If…. entre los largometrajes característicos del Free Cinema resulta más controvertido que hacerlo con las otras películas que componen el ciclo, cuya adscripción al movimiento resulta incuestionable. Como mínimo cabe la discusión en el caso de este transgresor film de Lindsay Anderson que en 1968 puso en jaque al elitista sistema educativo privado británico. Lo primero que llama la atención es que el inicio mismo del film nos saluda con el logotipo de la Paramount, la hollywoodiense major que se encargó de su distribución internacional a pesar de que If…. sea una producción netamente británica a través de la productora Memorial Enterprises.

Pero este detalle de la Paramount no es más que un signo de que los tiempos estaban cambiando y los otrora opositores al sistema establecido estaban ya coqueteando con las productoras hollywoodienses. En 1968, Karel Reisz rodaba Isadora con producción de la Universal, Tony Richardson ya había saboreado las mieles del éxito con los premios Óscar a mejor película y mejor director por Tom Jones (1963) y John Schlesinger estaba solo a un año de conseguir lo mismo por Cowboy de Medianoche en 1969. Ese mismo año, Bryan Forbes también rodaría su primera película de producción estadounidense, La loca de Chaillot, en este caso para la Warner.

Fue precisamente Lindsay Anderson el único que se resistió a los cantos de sirena de Hollywood y no llegó a trabajar nunca para ninguna de las majors de la industria americana. Desde luego, no puede acusarse a If…. de tener ningún rasgo complaciente con el canon de distribución de la Paramount que, durante mucho tiempo, no supo qué hacer con la película en EEUU hasta que la Palma de Oro del Festival de Cannes de 1969 le otorgó la excusa perfecta para estrenarla en las salas de cine estadounidenses.

Anderson vuelve con If…. a la narración fragmentada que ya empleara en El ingenuo salvaje, si bien aquí el relato sigue la línea temporal y no hay saltos en el tiempo. La fragmentación es llevada a cabo mediante la división del metraje en ocho capítulos: la vuelta al internado; el colegio, otra vez juntos; el trimestre; ritual y romance; la disciplina; la resistencia; a la guerra y los cruzados. A medida que avanza, la película se va alejando cada vez más de la realidad y en los últimos capítulos flirtea con lo absurdo, incluso con el surrealismo, para terminar convirtiéndose en la sátira que, en esencia, es.

Un grupo de jóvenes de diferentes edades regresan a un elitista internado tras las vacaciones estivales, las diferencias entre los novatos, los veteranos y los que han adquirido el rango de tutores sirven a Anderson como detonante para ejercer una acerada crítica al sistema de clases imperante en la sociedad británica de la época. Al mismo tiempo, se pone en cuestión el sistema educativo británico del que en determinado momento un personaje llega a decir: “la educación en Gran Bretaña es como Cenicienta, se viste pobremente y todos opinan de ella”.

Más diluido queda todo lo concerniente a la guerra. La sátira es tan llevada al extremo que un espectador poco informado podría entender, sin que se le pudiera culpar por ello,  que más que una crítica se está haciendo una defensa de las armas y la violencia como medio para solucionar los conflictos. El tono bélico que la película va adquiriendo conforme avanza el metraje culmina en los tres disparatados últimos capítulos que desembocan en un apoteósico y turbador final.

If…. fue el inicio de una trilogía cinematográfica que Anderson continuaría con Un hombre de suerte (O Lucky Man, 1973) y cerraría con Britannia Hospital en 1982. En los tres films el protagonismo recae sobre el personaje de Mick Travis al que interpreta un jovencísimo Malcolm McDowell que precisamente en If…. hacía su debut en la gran pantalla. Ya en If…. McDowell muestra su enorme potencial inquietante, ese tipo con el que resultaría incómodo estar a solas en una habitación que, a buen seguro, impulsó a Kubrick para encomendarle el papel protagonista de La naranja mecánica tan solo tres años después.

Volviendo al principio, la discusión que, en mi opinión, cabe sobre la adscripción de If…. al Free Cinema no es por su vinculación con Hollywood, que ya ha quedado dicho que no fue tal, sino por cuestiones temáticas y de realización como el progresivo despegue de la realidad que sufre el film, el empleo de las metáforas para mostrar aquello que se critica o ciertos devaneos estilísticos como la caprichosa alternancia entre la fotografía en color y en blanco y negro. Podríamos hablar de un Free Cinema evolucionado en el que más que de la libertad, Lindsay Anderson hace uso de la arbitrariedad. En cualquier caso, a pesar de que en 1968 resulta incuestionable que su mensaje estaba fresco, la película alcanzó un notable éxito (Palma de Oro incluida) y supuso una auténtica revolución.


 

miércoles, 17 de febrero de 2021

Ciclo de cine "Free Cinema británico": Blow-Up , M. Antonioni 1966

 


“Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías”
“Las babas del diablo” – Julio Cortázar





Cortázar escribió las Babas del diablo gracias a un relato de Sergio Larraín ( fotógrafo chileno amigo de él)  acerca de algo vivido por él. Antonioni hizo el film inspirado en Cortázar y Joan Fontcuberta le devuelve la dimensión fotográfica al hecho contado por Larraín.  


Crítica y Sinopsis

Por @GiuCappiello

“Blow-up” es un film de 1966 dirigido por el italiano Michelangelo Antonioni, basado en el cuento “Las babas del diablo” (1959) de Julio Cortázar. La película se centra en Thomas (David Hemmings) un famoso fotógrafo dentro del mundo de la moda, que cansado de las banalidades propias del ámbito en el que se mueve, decide ir a tomar unas fotos a un parque londinense, y tras revelar las mismas, comienza a pensar que –sin quererlo- ha captado un asesinato.

¿Cómo saber si una película es buena? Midiendo el tiempo que permaneció en tu cabeza, a pesar de haberla visto hace ya varias horas (o días).

El cine es el séptimo arte y –en este marco– hay quienes lo suponen como algo acabado, es decir, algo que debería entenderse inmediatamente: apenas se visualiza (en el caso de una pintura o film), apenas se lee (en el caso de un libro), etc. Sin embargo, el arte es una forma de expresión, por lo tanto, debe involucrar algo que está más allá de aquello que podemos decir o interpretar mediante el lenguaje; porque si éste último fuese absoluto, entonces no habría necesidad de que exista otra manera de expresarnos.

Generar interrogantes o dar respuestas, representar abstracciones o descifrar mensajes, estas son algunas de las formas en que se manifiesta la verdadera belleza del arte. Ustedes se estarán preguntando: ¿Qué tiene que ver todo esto con la película en cuestión? Bueno, “Blow-up” es considerada una pieza de culto, no sólo en el mundo cinematográfico sino también en el universo de la fotografía; y no suficiente con eso, hoy en día sigue siendo un referente cultural de la estética “mod” –además de contar con la particularidad de unir a figuras como Julio Cortázar y Jimmy Page (Led Zeppelin) en una misma obra– por lo tanto, vamos a analizarla como se merece.

Lo explícito

Thomas es un aclamado y excéntrico fotógrafo cuyo trabajo se orienta a la pasarela, con cientos de jóvenes esqueléticas que posan entusiasmadas delante de su lente, para así capturar la extravagancia propia de la época. Pero si dejamos de lado su gran talento, por todo lo demás, este personaje roza lo despreciable: trata a la gente como objetos, mientras que a los objetos los cuida y contempla con aquella devoción que le niega a todo ser humano. De hecho, podemos observar algo de ésto en aquella escena en la que desea comprar cuadros de “paisajes” en una tienda de antigüedades, es únicamente por las reiteradas negativas del comerciante, que el protagonista decide finalmente recorrer –cámara en mano– un inmenso parque verde.

El parque londinense en cuestión es muy importante, ya que es allí donde Thomas capta con su lente a una pareja que camina entre risas, besos y abrazos; cuando la mujer (Vanessa Redgrave) se anoticia de que están siendo fotografiados, inmediatamente lo increpa angustiada, exigiéndole el rollo de la cámara primero y rogándoselo después, a cambio de dinero. Por supuesto que el obstinado fotógrafo se niega, regresa a su estudio y revela los negativos; una vez que se encuentra frente a frente con las imágenes, distingue una extraña forma que no había notado al momento de sacar las fotos… sin darse cuenta, cree haber fotografiado un crimen.

“Blow-up” debe su título al trabajo que hace Thomas frente a esas impresiones, estos recortes que hace una y otra vez sobre la fotografía, ampliando para entender qué es esa forma sospechosa que no había visto antes, en la que cree que se encuentra la clave para descifrar lo acontecido en el parque:

“Cuando se utilizan ampliadoras pueden verse cosas que probablemente el ojo desnudo no sería capaz de captar (…) pero lo que sucede es que al ampliarlas demasiado, el objeto se desintegra y desaparece. Por lo tanto, hay un momento en que asimos la realidad, pero ese momento pasa… este es en parte el significado de ‘Blow-up’.” (Michelangelo Antonioni)

 El director con esta declaración deja en evidencia que el film no se trata –solamente– de una intriga policial, en la que como espectadores debemos dedicarnos a resolver un crimen; sino que nos está diciendo que se plantea algo “más allá”. Pensémoslo así: siempre que miramos algo, lo hacemos bajo la influencia de otros factores que perturban o influyen, por ejemplo, un sentimiento placentero hacia aquello que observamos, o por el contrario, cierto rechazo con el que emprendemos la acción de ver. Pero Antonioni se refiere a algo aún más básico, habla de realidades, como un empleo filosófico de esa acción que constantemente emprenden nuestros ojos cuando enfocan: para “mirar algo” es necesario “dejar de ver” otras cosas dentro dentro de ese “todo”.

“De todas maneras, si de antemano se prevé la probable falsedad, mirar se vuelve posible; basta quizá elegir bien entre el mirar y lo mirado, desnudar a las cosas de tanta ropa ajena.” (Julio Cortázar – “Las babas del diablo”)

Lejos de ser una interpretación exclusiva del director italiano, lo que se ve y lo que no, las limitaciones y subjetividades al mirar, y su relación con la teoría acerca de diferentes realidades, es un paralelismo que ya está planteado en el relato que sirvió de inspiración para el film. De hecho, es bastante llamativo e interesante, que Antonioni haya usado la expresión “ojo desnudo” y en el cuento se hable de “ropa ajena”. En “Las babas del diablo”, el protagonista de frente a una foto exclama: “Había sido tomada, el tiempo había corrido; estábamos tan lejos unos de otros(…) De pronto el orden se invertía, ellos estaban vivos, moviéndose, decidían y eran decididos, iban a su futuro; y yo desde este lado, prisionero de otro tiempo, de una habitación en un quinto piso (…) de ser nada más que la lente de mi cámara, algo rígido, incapaz de intervención.”

“Prisionero de un tiempo”, “Asir una realidad”… estas son algunas de las pistas que se siembran delante nuestro, para empezar a sospechar que existe un trasfondo más profundo e invisible que aquel que se percibe en superficie dentro de este film. Y si aún a esta altura, hay algún escéptico que desconfía de la fiabilidad de esta interpretación –por complicada o innecesaria– el final de este despliegue artístico que es “Blow-up”, no hará más que convencerlos y –¿Por qué no?– invitarlos a leer nuevamente este análisis, para cerrar algunos cabos sueltos.

Lo implícito

Nos valemos de esta atractiva perspectiva filosófica –y metafórica– que hace Cortázar y traduce en imágenes Antonioni, para plantear otro aspecto intangible que “Blow-up” nos expone constantemente. Aunque tal vez podamos discutir si se trata de una característica inherente a todas las películas, a fin de cuentas resulta innegable que existen múltiples ejemplos para afirmar que detrás de cada gran film, existe un concepto “madre” que lo atraviesa. Hablamos de una idea o imagen abstracta que direcciona el acontecer de cada escena, así como la impresión que se desea provocar en los espectadores. Si aceptamos esto, entonces en este film de 1966 podemos vislumbrar cuál es dicho concepto, apenas comienza: la banda sonora de Herbie Hancock irrumpe sin previo aviso en la pantalla y los créditos comienzan a aparecer, es justamente allí donde se presenta el primer guiño, cuando las letras vacías dejan ver una serie de imágenes que trascurren por detrás del nombre de los actores, los técnicos y el título mismo de la película.

Es como si Antonioni ya nos planteara desde el comienzo ese ver “a través de», el mismo que se presenta cuando Thomas cree haber captado un crimen “a través” de su cámara fotográfica. Pero si nos disponemos a hacer una interpretación un poco más minuciosa, existe otro elemento que afirma esta perspectiva: la primera escena que vemos –sin títulos superpuestos en ella– es la de un grupo de jóvenes vestidos de manera llamativa que, subidos a una camioneta, recorren las calles a gran velocidad, gritando y haciendo ruido con diversos elementos. Esto que al comienzo parece no encajar con la posterior trama del film, en realidad lo que hace es contextualizarlo: en Londres, a mediados de 1960, se produjo el apogeo del movimiento “mod” (o “modernista”) un fenómeno que manifestaba la revuelta vanguardista juvenil, “a través de” la moda y gustos musicales que se alejaban de lo propio de aquella época. Como dijimos anteriormente, de forma casual –o causal– hoy en día “Blow-up” es un referente de esta estética “mod”.

Pero estos no son los únicos dos ejemplos, también lo encontramos en aquella escena en la que Thomas realiza una sesión de fotos individuales con una modelo: éste al principio le da indicaciones de forma hostil, pero a medida que la mujer responde a sus exigencias y las fotografías comienzan a adquirir cierta calidad, entonces el tenor de los comentarios –y la escena misma– se vuelven cada vez más íntimos. Él se va acercando a ella con gritos de entusiasmo, mientras que la modelo por su parte, yace en el suelo y se estremece complacida ante la cámara; finalmente Thomas termina posado encima de ella, mientras aprieta incesantemente el disparador. Esta escena es intencionalmente y sin ninguna duda, una relación sexual consumada “a través de” la cámara fotográfica.

Para concluir, sin ahondar en demasiados detalles y así preservar la sorpresa –y belleza– del final, sólo resta mencionar aquella escena en la que dos mimos juegan un partido de tenis… sin pelota. Estos minutos de film condensan no sólo todo el despliegue interpretativo que desarrollamos hasta este punto en relación a “realidades”, sino también la intención real –y oculta– detrás del largometraje, de que aquello que entendemos como “real” no es más que un mero consenso acerca de qué cara de la moneda elegimos ver.  

“Blow-up” es una obra de arte, donde el cine y la literatura convergen de manera exquisita, en un Londres que se presenta como un protagonista más, junto con una banda sonora que se ubica a la altura de semejantes circunstancias. Muestra la belleza del mundo fotográfico, tanto en su dimensión poética como técnica. Y por último, como si todo esto fuera poco, abre una dimensión surrealista de análisis que invita a pensar –y repensar– ciertos aspectos, que tienen la habilidad de esconderse dejándose ver, mientras nos entretiene con una intriga detectivesca.

No quedan dudas acerca de por qué este film es considerado una obra de culto, que debe verse casi de manera obligada, para que luego la fascinación aparezca en nosotros, como una forma de agradecimiento hacia el cine.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Ciclo de cine " Free Cinema británico": El Sirviente Joseph Losey 1963

 


Ficha Cinematográfica: https://www.filmaffinity.com/es/film929703.html

Enlace para ver el film: https://www.filmin.es/pelicula/el-sirviente?utm_source=justwatch
Crítica y Sinopsis:


El sirviente es la obra maestra indiscutible de Joseph Losey, nacida del fructífero encuentro con el dramaturgo Harold Pinter. Un film claustrofóbico donde los roles principales se invierten lentamente utilizando la corrupción, la degradación y el sexo, con técnicas despiadadas e impredecibles.
La película, protagonizada por Dirk Bogarde y James Fox, fue presentada a competición en el Festival de Venecia de 1962. Escrita por Harold Pinter y dirigida por Joseph Losey, El sirviente es una de las películas más inquietantes de la historia del cine.

Dirk Bogarde interpreta a Hugo Barret, un seductor y perspicaz mayordomo contratado por el refinado aristócrata Tony Mountset (James Fox) para que decore y mantenga el orden su recién adquirida casa. Pero la sobrecogedora eficencia de Barret hará que pronto se tergiversen los roles del señor y sirviente.

Joseph Losey fue un cineasta marginado, perseguido por el anticomunismo del senador McCarthy y exiliado hasta la muerte. Sus relaciones con simpatizantes de la izquierda como Dalton Trumbo, Ring Lardner o el compositor Hanns Eisler, lo llevaron ante el Comité en los años 50. Él nunca desmintió su condición de comunista.

Pese a estas dificultades, la producción del director norteamericano cuenta con algunas obras maestras del séptimo arte como “El mensajero” (1971), “El otro señor Klein” (1976) y El sirviente (1963).

Tony Mountset, un joven rico que vive en una mansión de Londres, contrata a Hugo Barrett como su sirviente. La trayectoria de Hugo es impecable, un hombre astuto que se vuelve indispensable para el señor Mountset, aunque para su novia sea un tipo desagradable y antipático. 

El sirviente consigue, en cierto modo, seducir a su dueño y crear un vínculo magnético -casi enfermizo- hacia sí mismo. Una relación de dependencia del señor hacia el siervo; el dominante ahora es el dominado. Las similitudes con la aclamada “Parásitos” (2019) de Bong Joon-ho son evidentes, igual que con “La ceremonia” (1995) de Claude Chabrol, donde destaca una magnífica Isabelle Huppert. Un ensayo espléndido sobre las relaciones entre clases sociales diferentes.

Losey era conocido por su atención obsesiva con el aspecto escenográfico, los objetos y su disposición en el marco. De ahí que El sirviente sea un producto perfecto a todos los niveles. Estéticamente funciona porque las tomas están muy cuidadas, por el intrigante juego de luces y el hábil uso de los espejos. Una copa de brandy superpuesta a la imagen de Barrett o la esfera de cristal a través de la cual Tony observa la fiesta final son otros ejemplos brillantes de la perfección del filme. 

Además, la dinámica de la película es lenta, pero letal. Acelera progresivamente hasta culminar en un clímax ejemplar, que parece no solo lógico sino inevitable. 

El sirviente se configura como una fría lección sobre el alma humana dentro de las relaciones interpersonales, bajo la apariencia de una venganza de clases y de una inversión catártica entre Tony y Barrett, el siervo y su amo. Losey creo un dispositivo narrativo perfecto con una historia que se transforma ante los ojos del espectador, quien no podrá evitar sufrir con el protagonista mientras se va hundiendo en la trampa narrativa preparada por el autor. 

¿Parásitos o héroes de su propia clase? Un filme perturbador.

miércoles, 3 de febrero de 2021

Ciclo de cine "Free Cinema británico": Un sabor a miel , Tony Richardson 1961

 




Ficha cinematográfica: https://www.filmaffinity.com/es/film929703.html

Enlace para ver el film  VOSE :  https://www.amazon.es/dp/B0053CAHLM?tag=filmaffinity-21

Free Cinema: https://es.wikipedia.org/wiki/Free_cinema

Crítica / Sinopsis:

Un sabor a miel (en inglés A Taste of Honey) es una película británica, adaptación de la obra teatral homónima, dirigida por Tony Richardson, que también la había dirigido en el teatro, que se estrenó en 1961. Fue la misma autora de la obra, Shelagh Delaney, quien adaptó el guion con la colaboración del director.

Una chica de 17 años vive en un barrio obrero inglés con su madre, una mujer alcohólica y promiscua que la ignora por completo. Un día, tras la marcha de la madre con un nuevo novio, se hace amiga de un joven homosexual, que está dispuesto a cuidarla a ella y a su futuro hijo, pues la chica se ha quedado embarazada después de una aventura esporádica con un marinero.

José F. Pérez Pertejo en la 65 SEMINCI: 

Un sabor a miel

Para su siguiente largometraje, todavía encuadrado claramente en el movimiento del Free Cinema, Tony Richardson volvió a recurrir a un texto teatral insistiendo en la vinculación del movimiento fílmico con la literatura dramática de los jóvenes airados. Pero en esta ocasión el autor de referencia no fue su amigo y socio John Osborne tras las adaptaciones de Mirando hacia atrás con ira y El animador, sino la joven dramaturga Shelagh Delaney que tres años atrás había estrenado su primera obra, Un sabor a miel (A Taste of Honey) con enorme éxito en los escenarios del West End londinense de donde había, meses después, dado el salto a Broadway.

Delaney, un claro exponente del movimiento literario Kitchen sink realism (cuya desafortunada traducción al castellano sería “dramas de fregadero”) escribió Un sabor a miel en diez días, con tan solo diecinueve años, con la intención, al parecer, de ejercer cierta renovación en el teatro británico que no abordaba de frente temas candentes en la sociedad de la época como la homosexualidad, las diferencias raciales, los embarazos adolescentes o el aborto.

Y de todo esto hay en un drama descarnado en el que una jovencísima Rita Tushingham hace su espectacular debut cinematográfico encarnando a Jo, una adolescente que vive con su madre divorciada (Dora Bryan), demasiado mayor, con ideas muy particulares acerca de la responsabilidad de la maternidad y más preocupada por volverse a casar que por cuidar de su hija.

Esta situación disfuncional hará que Jo pase la mayor parte del tiempo sola y no tarde en tener una aventura con un marinero de raza negra (Paul Danquah) de quien se quedará embarazada y, posteriormente, abandonada hasta encontrar la amistad de Geoffrey (Murray Melvin), un joven homosexual cuya amistad será el único alivio a su desdichada vida.

No resulta difícil deducir, de la simple lectura del argumento, que Un sabor a miel aúna las principales preocupaciones temáticas del Free Cinema que, simplificando (quizá demasiado), puedan resumirse en una aproximación no edulcorada a la realidad social.

No faltan los planos exteriores de la Inglaterra suburbial en los que todavía permanecen huellas de la cada vez más lejana guerra, la omnipresente presencia de los niños jugando en la calle, alegres, ajenos a la miseria que se respira en sus barrios y a los dramas cotidianos que se cuecen en sus hogares, las secuencias en el interior de los bares donde la gente se refugia en la música y en el alcohol y, como ocurriera en el fundacional cortometraje O Dreamland, la visita a un parque de atracciones, en este caso el de Blackpool, en el que la cámara de Richardson filma atracciones y espectáculos de feria con la misma mirada de entomólogo con la que Lindsay Anderson lo hizo en el citado corto.

En cuanto a los interiores, Richardson vuelve a constreñirnos en los oscuros ambientes de los más que destartalados pisos de alquiler, angostos, abuhardillados y opresivos en los que podían permitirse vivir las clases humildes hacia las que este nuevo cine británico vuelve su mirada.

Ante la ausencia de protagonistas de tanto renombre como Richard Burton y Claire Bloom en Mirando hacia atrás con ira o Lawrence Olivier en El animador, el protagonismo recae en una joven debutante que se apodera del film con uno de los rostros más expresivos de la historia del cine. Rita Tushingham encarna con espontaneidad, sensibilidad y fuerza dramática a un personaje con el que resulta imposible no empatizar. Su “no pedimos vivir, nos lo imponen” se clava en el alma del espectador con la misma firmeza con que lo hacía la ira de Richard Burton o el desencanto de Lawrence Olivier en las dos citadas películas de Richardson.

Por esta interpretación, Tushingham (quien cuatro años después haría una breve pero inolvidable aparición junto a Alec Guiness en la secuencia inicial de Doctor Zhivago) recibió el BAFTA, el Globo de Oro y el Premio de Interpretación femenina de un Festival de Cannes que también premió a Murray Melvin como mejor intérprete masculino.