Sinopsis: "Poderosamente conmovedora, es la película más
profunda y detallada de los últimos tiempos”.Una pieza de artesanía fílmica que se convierte en una denuncia universal sobre
la pérdida de la memoria colectiva pero también una historia de amor de las que
ya no quedan ni se hacen.
Contexto: La Revolución Cultural China.
La Gran Revolución Cultural
Proletaria mejor conocida como la Revolución Cultural China fue un movimiento
llevado a cabo por Mao Tse Tung y la banda de los cuatro; conformada por
dirigentes de alto nivel del Partido Comunista Chino. Tuvo lugar en 1966 y buscó
hacer un cambio en la cultura de la sociedad China reestructurando la ciencia,
la educación, la moral y las artes, a partir de las ideas maoístas. De igual
forma las humanidades se vieron influidas por la estructura política comunista;
en la producción cultural de la época se reforzaron los ideales políticos y la
imagen de Mao Tse Tung, la cual se había debilitado tras el llamado “Gran Salto
Adelante”.
La Revolución Cultural buscaba
dar fin a los “cuatro viejos”: las costumbres, mentalidad, cultura y hábitos de
la época de las dinastías, los cuales debían ser superados para llevar a la
sociedad a una mejora. Lo anterior junto con la eliminación de la influencia
capitalista y el pensamiento burgués.
El partido comunista buscó la
creación un vínculo emocional y moral que naciera desde la población y
estuviera dirigido hacia las representaciones artísticas de la China comunista,
tomando en cuenta a la cultura como un aspecto social que ayuda a la
construcción de una identidad, forjando un sentimiento de pertenencia. Mao Tse
Tung se situó como una figura de culto que, por medio de sus postulados
ideológicos, actuaba como una la luz que iluminaba el sendero de re-educación.
De tal forma el libro rojo junto con las demás obras que expresaban el carácter
del comunismo, se volvieron lecturas obligatorias en la educación.
La Revolución se caracterizó por
la represión, así como por una severa educación a los intelectuales chinos,
considerados como burgueses privilegiados que daban prioridad a sus objetivos
particulares por encima de los intereses del partido. Debido a su formación
académica el movimiento buscaba que colaboraran o que callaran sus ideas
anticomunistas que impedían los avances nacionales.
Durante este proceso la educación
jugó un papel muy importante, se consideró como el vehículo con el que se
derribarían las barreras que impedían la llegada de la doctrina comunista a
todos los estratos. De tal forma se consideraba que los conocimientos en las
antiguas tradiciones, así como la creencia en elementos supersticiosos, tales
como las doctrinas confucianas o la religión, se contraponían con los
conocimientos modernos a los que se debía de llegar para progresar.
Sólo se podría llegar a una toma
de conciencia por parte del pueblo si éste era instruido de la manera correcta
y si se lograba moldear el pensamiento de la nación, es por ello que los
jóvenes que vivieron durante esa época debían aprender no solo de la teoría
sino también de la importancia de la práctica y el vínculo entre estas,
trabajando en el campo para comprender y formar parte del trabajo de la clase
obrera e involucrarse con ella.
Lo anterior aplicó de igual forma
para los intelectuales, quienes debían integrarse con el pueblo para tomar
conciencia de sus costumbres, y conocer e integrarse a su comunidad. Con lo
anterior se buscaba situar a toda la sociedad en una sola masa homogénea que
permitiera eliminar los privilegios de clase y alcanzar un carácter
absolutamente comunista.
Si bien el proceso de educación
se volvió más accesible para la población tras la aplicación de estrategias
tales como la de la eliminación de los exámenes de ingreso, esta educación
estaba sesgada por los lemas revolucionarios; se debía tener un pleno
conocimiento de la doctrina y de los personajes que contribuyeron a su conformación
teórica, así como su llegada al plano de la práctica.
En el campo de las artes se optó
por hacer una limpieza general en materia de historia y cultura, en la cual se
eliminó la herencia cultural china que estaba impregnada de elementos feudales e
imperialistas. En materia de lenguaje se hizo una eliminación en los trazos de
los ideogramas chinos, surgiendo el chino simplificado, con el cual se buscaba
poner al alcance del pueblo los conocimientos de la lengua.
En el arte se buscó producir
piezas que reflejaran los intereses de la revolución y que lograran acercarse
al pueblo para despertar su interés y empatía por los postulados maoístas. Una
forma de lograrlo fue recurriendo a aquellas representaciones artísticas que ya
tenían popularidad en la sociedad, tal es el caso de la ópera y la literatura,
en los cuales se suprimieron los valores del pasado sustituyéndolos por las
enseñanzas modernas; ejemplos de esto es la Schachiapang, una
composición para opera y La balada de Ouyang Hai, una novela
escrita entre 1964 y 1965.
Esta nueva reformación de los
valores de la sociedad China fue supervisada por los guardias rojos, un órgano
bien educado en las premisas maoístas, que se encargaba de establecer el orden
y cumplimiento de las mismas, vigilando la eliminación de los viejos elementos
de la sociedad que le impedían el progreso. Conformada principalmente por
jóvenes y campesinos, la guardia roja se encargó de velar por los intereses de
la revolución cultural; dentro de las acciones que se les atribuye esta la
destrucción de obras y representaciones que fueran en contra del ideal de
modernidad, comenzando una erradicación de la vieja historia imperialista China
Fue así que antigüedades,
templos, imágenes de Confucio y su doctrina, libros, manuscritos, obras sobre
religión, etc., fueron destruidos o desprestigiados por la guardia roja, toda
esta eliminación del pasado se tomó en cuenta como un aspecto necesario citando
las palabras de Mao “Primero destruye, la reconstrucción vendrá por sí sola".
La Revolución Cultural fue un
acontecimiento trascendental para la historia China, se ha llegado a considerar
que fue durante ésta que se llevaron a cabo las verdaderas transformaciones
revolucionarias en el seno del pueblo chino. No solo repercutió en diferentes
aspectos de vida social abarcando diferentes estratos, sino que representó la
implementación de una ideología que fue llevada hasta extremos lo
suficientemente fuertes como para ser aún hoy día tema de debate, cuestionando
por un lado si tuvo un carácter despótico o bien si era
algo necesario e inevitable por el otro.
Bibliografía
Snow, Edgar, China. La
larga Revolución, Madrid, Alianza, 1974, p. 350.
Gray, Jack y Cavendish,
Patrick, La Revolución Cultural y la Crisis China, trad. Juan Ramón
Capella, Barcelona, Ediciones Ariel, 1970, p. 242.
Lin, Piao, La Revolución
Cultural China, México, Editorial Grijalbo, 1975, p.149, serie tercera,
colección 70.
Amador Bech, Julio, “Mito y poder
en la Revolución Cultural China”, en Revistas UNAM (sitio web), Septiembre-Diciembre
de 2013, Documento
en línea, consultado el 17 de Mayo de 2017, núm. 3
Crítica:
El adiós de la memoria
‘Regreso a casa’ tiene dos partes bien diferenciadas,
separadas por un momento único, el impedimento del encuentro de la pareja
protagonista, Lu y Feng —excelentes Chen Daoming y Gong Li— en una estación de
tren, lugar por excelencia de muchos grandes dramas románticos. El contexto, la
Revolución cultural china; Lu es un enemigo del gobierno a quien traicionará su
propia hija Dan Dan —personaje a cargo de Zhang Huiwen— para poder así aspirar
a mejores papeles en su pasión: el baile.
Media hora, más o menos, dura ese primer tramo en el que se
realiza una concisa presentación de personajes. Un matrimonio, separado, que se
ama poderosamente, tal y como muestra la emotiva secuencia de la estación; y
una hija a la que cierto tipo de celos le llevan a cometer una estupidez que
encontrará su comprensión —perdón— con el paso del tiempo. Una elipsis de
varios años nos lleva a la liberación de Lu y su regreso a casa. A partir de
ahí ‘Regreso a casa’ se vuelve demoledora.
(From here to the end, Spoilers) La ilusión del reencuentro
entre Lu y Feng se verá ensombrecida por el hecho de la amnesia de ella, que no
reconoce a su esposo. A lo largo de los días, Lu, armado de paciencia,
intentará que su esposa le reconozca, hasta le mostrará cartas, escritas
supuestamente durante su encarcelamiento, con el afán de disipar la niebla que
ensombrece su mente. Ella, mientras tanto, irá a recibirle el día 5 de cada
mes, en lo que será un ritual durante años y años.
Desoladora
Es precisamente el punto de Lu intentando que su mujer recuerde
el que une el presente film con la trama actual de la ñoña ‘El diario de Noa’
(‘The Notebook’, Nick Cassavetes, 2004), que Spielberg estuvo a punto de
dirigir. Sin embargo, la escandalosa concesión que en el film del hijo de John
Cassavetes se da —ella recuerda a su marido al final de cada día— aquí no tiene
lugar. Paradójicamente, recuerdo y olvido, memoria e historia, irán de la mano.
La unión de un amor recordado y sentido de formas muy diferentes.
Yimou narra con una elegancia fuera de lo común, y arriesgando
en el uso del formato scope, enmarcando —habría que decir aprisionando— a sus
personajes entre puertas nunca cerradas, entre recuerdos horribles, losas de un
pasado que se quiere olvidar —una violación se produce en off, dándole una
vuelta de tuerca al tema de la amnesia—, siempre juntos y separados, a veces
unidos por miradas o silencios, aunque en alguna ocasión se bordee
peligrosamente el ridículo, como en la secuencia del piano.
La labor actoral es sencillamente impecable. Gong Li
renunciando a su espectacular belleza con un personaje difícil, y Chen Daoming
en una impresionante muestra de contención dramática, poseen una química
indiscutible. El devastador epílogo es buena muestra de ello. Lu y Feng tras
los barrotes de la puerta de la estación. Ella, esperando por él. Él a su lado,
resignado, encarcelado de por vida en la prisión más terrible que existe, la
del olvido.
Película de Zhang Yimou, poca broma. Estamos en los tiempos
de la revolución cultural china, años 60. Un hombre, una mujer, una hija. El
hombre ha sido expulsado del sistema. Ahí lo vemos, durmiendo en la calle,
escondiéndose, malviviendo. La mujer lo espera. Y la hija ha sido quien lo ha
denunciado. La hija, por cierto, con gran ambición para situarse como primera
bailarina. Por ambición vale todo. Sin embargo, según vamos viendo, el futuro
no es lo que se esperaba. Estamos, pues, ante una transformación en la que cada
cual se sitúa como buenamente puede.
Finalmente, una vez finalizada la década de la revolución
cultural, el hombre es rehabilitado. Han pasado muchos años. Quiere volver a
integrarse en la familia, de la cual se vio expulsado por las razones antes
dichas. Se acerca a su mujer. Sin embargo, ella no lo reconoce. Padece de
amnesia psicológica. Recuerda a su marido tal y como ha quedado en su mente.
Sin embargo, él insiste. Insiste el hombre en ser reconocido, a la par que la
amnesia de su mujer lo impide. Un choque entre la necesidad de ser reconocido
-y rehabilitado emocionalmente- y la desmemoria de una mujer que se va
encerrando en si misma.
El caso es que la mujer tiene ante si a su hombre, al cual
no reconoce. Y el hombre, que alberga esperanzas de ser reconocido por su
mujer, insiste en que se le reconozca como tal. Sin embargo, como ya vamos
viendo que tal reconocimiento es imposible, él se las ingenia para poder estar
todo lo cerca posible de su mujer. Ya les adelanto que tal reconocimiento no
llega a suceder. Sin embargo, la solución es verdaderamente genial. Todo un
ejercicio de sutileza por parte del equipo que ha ideado Regreso a casa.
Sin embargo, si nos quitamos de encima la pregunta de si la
historia es creíble o no, podremos ver en Regreso a casa una parábola que puede
dar para pensar, reflexionar y debatir sobre las posibilidades del amor,
especialmente cuando este amor no es reconocido por la persona a la cual va
dirigido. Y también, por lo que otra es capaz de llegar a hacer cuando tal cosa
ocurre.