Ficha Cinematográfica: https://www.filmaffinity.com/es/film193896.html
El idioma del agua
Enlace para ver el film: https://www.filmin.es/pelicula/el-boton-de-nacar?origin=searcher&origin-type=unique
Biografía Patricio Guzmán: https://es.wikipedia.org/wiki/Patricio_Guzm%C3%A1n
Biografía Patricio Guzmán: https://es.wikipedia.org/wiki/Patricio_Guzm%C3%A1n
Crítica de El botón de nácar (Patricio Guzmán, Chile, 2015).
El agua es un órgano mediador entre las estrellas y
nosotros, nos dice una profunda voz en off mientras divisamos la Tierra
vista desde el espacio exterior. Con unas panorámicas vertiginosas, tan bellas
que duelen, da comienzo de El botón de nácar, documental
firmado por el chileno Patricio Guzmán. Desde el principio es fácil percatarse
de que nos hallamos ante una verdadera joya visual, un paseo por las entrañas,
los recuerdos y la historia reciente de Chile, enterrada bajo el mar por la
dictadura, sepultada por la xenofobia y el imperialismo. Un océano que guarda estrecha
relación con la ya desaparecida población indígena, una civilización tranquila
y sabia, en eterna comunión y vínculo con el agua. El mismo océano en el que
las víctimas yacen con el peso de la injusticia, mientras, quizás, sus almas
brillan en alguna constelación lejana. Este proyecto cinematográfico rescata
del olvido la historia y el genocidio de los antiguos habitantes de la
Patagonia chilena y de los prisioneros políticos asesinados por el gobierno de
Pinochet. Únicamente quedan a día de hoy alrededor de veinte descendientes
directos, guardianes de su lengua y su memoria.
Patricio Guzmán deposita en la melancólica voz en off
narrativa grabada por el mismo y en una fotografía abrumadora la
responsabilidad de contarnos esta historia, tratada con mimo y valentía, con
nostalgia y con lirismo. Viajamos por los desiertos, los glaciares y las
tierras donde vivían las cinco clases distintas de indígenas —apodados
“patagones” por sus grandes piernas—, imágenes completadas por los testimonios
personales de los familiares directos, cuyas palabras se abren en nuestros
oídos como auténticos tesoros. Los entrevistados nos cuentan el profundo
respeto que su extinto pueblo tenía por la naturaleza, la devoción que
profesaban al agua como concepto inseparable de la vida. Buceaban para
conseguir marisco con siete años, llegaban a la vida adulta remando. El título
procede de una anécdota histórica significativa: la debacle para indígenas
comenzó cuando Jimmy Button, a principios del siglo XIX, dibujó los mapas que propiciarían
la llegada de los colonos. Uno de los indígenas partió hacia Inglaterra en
barco a cambio de un botón de nácar, navegando metafóricamente desde la Edad de
Piedra a la Revolución Industrial. Al volver a su tierra natal, hablaba la
mitad en idioma nativo y en inglés y ya nunca volvió a ser el mismo. Aunque la
Revolución de Salvador Allende devolvió a los habitantes de la Patagonia las
tierras usurpadas, la desaparición de los Pueblos del Sur había dado comienzo,
un final triste que se cebó con su cultura y su identidad durante la dictadura
de Pinochet. Dosificando los tiempos con esmero, haciendo gala de una plástica
viva y elegante, Patricio Guzmán es capaz de descubrirnos a la vez el horror
del exterminio y la espiritualidad ancestral de una cultura en paz con la
naturaleza. Un pueblo que no tenía miedo al mar, pues el mar era su familia. Un
pueblo capaz de predecir las inclemencias meteorológicas y que soñaba con que
su alma, tras la muerte, se quedase en la luz de las estrellas.
«El botón de nácar es única. Adopta un punto de
vista singular y establece asociaciones creativas y sorprendentes entre lo
concreto y abstracto, lo general y lo particular, la Naturaleza —en mayúsculas,
retratada con un gran chorro de talento visual por parte de Katell Djian— y el
Hombre».
Durante la dictadura, el gobierno declaró a los indígenas bárbaros. Los colonos
y los misioneros católicos les quitaron sus canoas, sus creencias y su lengua,
haciendo gala de esa sentencia de la que hablaba Galeano de «Vinieron. Ellos
tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: 'Cierren los
ojos y recen. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros
teníamos la Biblia'». Convertidos en monstruos, fueron asesinados o condenados
a la miseria y al alcoholismo, pasando a engrosar la lista de las víctimas de
la superioridad moral e imperialista de los gobiernos occidentales y de la
Iglesia, empeñados en destrozar lo diferente o adoctrinarlo. Los más de 1.200
prisioneros políticos asesinados fueron lanzados al agua con un trozo de raíl
atado a su cuerpo, hechos completados por valiosos testimonios de poetas,
historiadores o abogados chilenos. El botón de nácar es un
documental político que se queda tatuado a la mente por su genialidad
expositiva y por el exquisito sentido poético que lo envuelve en lugar de
apostar por la frialdad narrativa. Guzmán nos recuerda, que al igual que el
agua posee memoria, el mar conserva y expulsa las huellas del genocidio de los
indígenas patagónicos a comienzos del siglo XX y las horribles prácticas de
tortura del régimen de Pinochet.
El botón de nácar es única. Adopta un punto de
vista singular y establece asociaciones creativas y sorprendentes entre lo
concreto y abstracto, lo general y lo particular, la Naturaleza —en mayúsculas,
retratada con un gran chorro de talento visual por parte de Katell Djian— y el
Hombre. El formato y la estética elegidos por Guzmán imbuyen a la obra de
cierto sentido cosmológico unido a la voluntad de denuncia, a la reivindicación
de una cultura ancestral sacrificada por la avaricia y la incomprensión que a
día de hoy, todavía se resiste al olvido. Los botones de nácar hundidos en las
profundidades abisales son testimonios de la brutalidad y el desamparo político
de una cantidad desorbitada de muertos que todavía no pueden descansar en paz.
Así, el registro poético del documental, en lugar de restarle fuerza,
multiplica sus capas de lectura. No pierdan la ocasión de ver y escuchar la
historia de los indígenas patagones, los marineros y los prisioneros políticos,
cuyas voces conserva la buena memoria del agua. Tenemos mucho que aprender de
esa civilización más pacífica, más respetuosa con el medio ambiente, más unida
a la tierra y al agua que la nuestra. Una civilización más inteligente en la
que, como nos contaba Cristina Calderón, Dios y policía no tienen
traducción. | ★★★★ |
Andrea Núñez-Torrón Stock
© Revista EAM / Cineuropa de Santiago de Compostela
Ficha técnica
Chile, 2015, El botón de nácar (The Pearl Button).
Director: Patricio Guzmán. Guion: Patricio Guzmán. Productora: Coproducción
Francia-Chile-España. Música: Miranda & Tobar, Hugues Maréchal.
Fotografía: Katell Djian. Reparto: Documentary, Gabriela Pasterito, Emma Malig,
Gabriel Salazar, Claudio Mercado, Raúl Zurita, Cristina Calderón, Javier
Rebolledo. Premios: 2015: Festival de Berlín: Mejor guión/ 2015: Festival de
San Sebastián: Sección oficial competitiva ("Horizontes Latinos")/
2015: Premios Fénix: Mejor fotografía documental.
Al igual que en Nostalgia de la Luz (2010),
Patricio Guzmán comienza aquí su meditativa narración en los observatorios del
desierto de Atacama. Si dicho documental buscaba hacer un contrapunto entre los
enormes observatorios apuntando hacia el cielo, y las viudas de los detenidos
desaparecidos rastreando sus restos en el piso, en El Botón de Nácar (2015)
Guzmán delinea un cuadro mucho más global. Su narración en off engloba desde el
origen de la vida más allá de las estrellas, pasando por la geografía de Chile,
el genocidio selknam, hasta el tema infaltable del director de La Batalla
de Chile: la dictadura de Pinochet.
Si en Nostalgia de la luz el eje era
el contraste entre la búsqueda de vida en el espacio, y la búsqueda de los
muertos en el desierto, aquí su tesis parte de algo mucho más simple: el agua.
Donde hay agua, hay vida. Y ésta existe en distintas partes del cosmos, así
como en nuestro planeta. “Se dice que el agua tiene memoria. Yo creo que
también tiene voz”, afirma en un tono melancólico Guzmán. De ahí que buena
parte de la película sea una cámara muda que deja hablar a la naturaleza. Esta
idea guía a sus reflexiones, las cuales son acompañadas de distintas voces,
expertas o protagonistas de distintas historias. Desde los últimos
sobrevivientes de la etnia kawéskar, pasando por el historiador Gabriel Salazar
al periodista Javier Rebolledo, a lo que hay que sumar las experiencias personales
del realizador.
Guzmán desarrolla una poética del paisaje chileno que tiende
a caer en el cliché, pero que de algún modo logra revitalizar al entroncarlo
con la mística de las imágenes del cosmos. Este nuevo contrapunto entre
el H2 Opresente en las nebulosas y los imponentes casquetes de hielo de
Magallanes logra dotar de sentido a esa frase que tanto hemos escuchado: los
paisajes patagónicos son como de otro planeta. Y eran habitados por seres de
otro planeta, indígenas que vivían en total armonía con el medio ambiente, y
que tras desaparecer sólo nos dejaron sus icónicas fotografías de sus cuerpos
pintados a rayas (en el caso de los selknam) y el testimonio de una cosmovisión
riquísima; una donde al morir, los miembros de su tribu ascendían a las estrellas.
Resalta aquí un buen uso del contexto histórico. El director
nos recuerda que los detenidos por la dictadura militar no son las únicas
víctimas de la historia chilena. Aprovecha su visión en perspectiva para
recordarnos hechos igual de despreciables como el genocidio de indígenas en la
Patagonia durante el siglo XIX. Aquí la historia de Isla Dawson le cae
como anillo al dedo al documental, Isla donde murieron primero los selknam, y
años más tarde los prisioneros de los militares. La historia, al igual que el
agua, es cíclica.
Guzmán echa mano de temas bastante manoseados como la
espectacularidad de la geografía chilena y las violaciones a los derechos
humanos, pero los interrelaciona de una forma tan sutil, con una narración tan
bien hilada, que uno termina convencido de que todo está relacionado (no por
nada el documental fue premiado con el Oso de Plata al mejor guión en Berlín).
Más aún, todo este condensado en un solo punto: un botón.
A través de dos botones el director logra trazar el vínculo
entre los indígenas y los prisioneros políticos. El primer botón, el que un
capitán inglés le ofreció a un yagán para convencerlo de que se subiera a su
barco para llevarlo a Inglaterra, y el segundo, el botón de nácar. Último
vestigio de un detenido desaparecido arrojado al mar junto a un riel. De algún
modo éste último encierra el misterio de la vida. Aquí en las costas chilenas
un pequeño pedazo de basura es testimonio de algo que los astrónomos siguen
buscando en el cosmos. Como profesa el movimiento Osho: todo el universo está
contenido en un solo punto. No hace falta salir a sondear el infinito para
encontrar algo tan valioso como huellas de vida.
Destaca así una poética audiovisual pensada en torno al
silencio (estimulador de ideas y de ambientaciones), los ruidos de la
naturaleza (principalmente el agua), las imágenes de los observatorios, del
universo, y claro, de los paisajes chilenos. Todo bastante bien estructurado
con la narrativa y las cavilaciones de la inconfundible voz de Patricio Guzmán
y de su sobriedad fotográfica.
Llama la atención que en el tráiler de la cinta se da mucho
más protagonismo a los perseguidos políticos y apenas se menciona a los
aborígenes. De hecho los primeros, que vienen a ser el clímax dramático de la
historia, son tratados recién en la última parte de la cinta. En su afán de
contar la historia de Chile en su relación con el agua, Guzmán quizás recurre a
un ritmo demasiado lento para narrar la historia. No obstante, esto es
justificable si recordamos que se enmarca dentro de una trilogía, iniciada
por Nostalgia de la luz, y que concluirá con La
cordillera de Los Andes. Así, la primera parte estaría enfocada en el
desierto, la segunda en el extremo sur, y la tercera en la cordillera, que
conecta ambos puntos.
Tomando en cuenta esto, cobra más sentido cierta escena
donde una artista plástica, amiga de Guzmán, desenvuelve una larga maqueta de
papel de Chile. Escena que viene a salirse un poco de tono en medio de tantos
planos aéreos de los fiordos del sur y que busca señalar, de forma un tanto
artificial, que este país es uno sólo y no está dividido en tres, como se suele
representar en los mapas. Guzmán, entonces, aspira a representar, con un ritmo
bastante parsimonioso, una imagen integrada y global de su país. Una donde
geografía y memoria histórica van de la mano.
Todo eso y más encierra algo tan simple como un
viejo botón.
