"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".
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miércoles, 23 de septiembre de 2020

Una ventana al cine argentino actual: 2001, mientras Kubrick estaba en el espacio.(Gabriel Nicoli 2016)




CRÍTICA: 

Difícil rebatir que el argumento de 2001: mientras Kubrick estaba en el espacio no se presente como (algo) original.
Veamos: año de corralito, crisis, presidente en helicóptero, muertes, represión policial, barricadas, estado de sitio, saqueos, fin de la fiesta menemista extendida vía efímera “alianza”
En ese contexto, tres amigos –no tan “adolescentes” – se enteran que en Noruega se realizará un mundial de “aviones de papel” (sí, no hay error de tipeo) con eliminatorias previas en el interior del país.
Y hacia allí irán, con autito y plata afanada a la familia porque los sueños, como se sabe, sueños son.
Viaje iniciático, adiós a una “tardía” adolescencia, los dos muchachos (Daicz, Agulla) y la muchacha (Villa) discutirán, se pelearán, se reconciliarán, competirán, se les quedará el auto hundido o algo así en el barro, conocerán gente, recorrerán parte del país y verán qué pasa a su alrededor (sin alterarse demasiado por esa geografía que se incendiaba).
El punto de vista es claro: aguanten los avioncitos de papel y los (pequeños) conflictos familiares en oposición a un paisaje que estallaba en mil pedazos cada diez segundos.
Semejante construcción dramática a cargo del director Nicoli (también responsable del doc sobre No te va gustar), por lo tanto, y de acuerdo a la perspectiva de cada espectador, invita al disfrute o a la irritación en parejas dosis.
Como si los tres pos jóvenes miraran al mundo desde arriba (bah, como Kubrick en su propia 2001: odisea del espacio – de paso, una de las películas más sobrevaloradas e insoportables de la historia del cine-) junto a ese entorno al que a los protagonistas parecería importarles un catzo, y desde el que se anoticia con imágenes televisivas, radios encendidas y materiales de archivo, bajo esos conceptos, la película transmite una abundante carga de tilinguería ética e ideológica que condice con los tiempos actuales.
A menos que un concurso de avioncitos de papel se manifieste como el santo grial para tres personajes que no miran para los costados (la película tampoco, ya que sólo ilustra aquel fin de año), 2001: mientras Kubrick estaba en el espacio es un film atípico para el mercado local: una estudiantina veinteañera fashion, desideologizada y pueril, correcta en los rubros técnicos, con breves actuaciones de intérpretes conocidos fuera del trío central, invadida por una visión del mundo que la acerca (hasta rozarla, acariciarla) al paisaje político y social de estos días.
Al respecto, porqué no plantearse el hoy de esos tres amigos, en 2001 preocupados solo por una competencia en papel, y en estos días, podría suponerse, convertidos en proCeos con su particular manera de ver al mundo teñida de estupidez y cinismo revanchista.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Una ventana al cine argentino actual: Un cuento chino ( Sebastián Borensztein 2011)


Nuestra gloria más grande no consiste en no haberse caído nunca,
sino en haberse levantado después de cada caída.
Confucio



CRÍTICA:

Sebastián Borensztein con su tercer largometraje, Un cuento chino, nos obsequia una fábula. Aquí, una vaca, que como bien sabemos es una especie que no está dotada para el vuelo, cae estrepitosamente del cielo para cegar la diminuta vida humana que con sus embarcaciones se aventura en el agua. El desafío de ambos seres a su naturaleza, parece una lección para abrir y cerrar el relato. Pero se suma otro factor, el azar, que juega sus dados para asombrarnos con un acierto inesperado, pero contundente, ya que antes podemos esperar que nos parta un rayo, pero nunca una vaca voladora. Un suceso inverosímil como el de toda fábula, real como todo lo absurdo de la vida misma. Sin embargo, lo ilógico no tiene razón alguna para salir de la coherente pluma del fabulador, que hilvana cuidadosamente cada acontecimiento. Pero en nuestro mundo globalizado todos los días leemos la prensa, en papel o en Internet, vemos un noticiero televisivo o escuchamos los últimos avances de radio, y en cualquier lugar, los sucesos de la realidad siempre superan a la ficción. Siendo el desafío y el azar nuestras constantes cotidianas de actualidad.

Un cuento chino es una fábula contemporánea de este mundo multicultural que no termina de entenderse, posiblemente el motivo sea que sus protagonistas son seres de una misma especie. En las fábulas de Esopo era más fácil que se entendieran astutas liebres con pacientes tortugas, o que se unieran un león y un asno, en un equipo y por una causa común. Pero lograr un entendimiento entre los hombres, imposible, así es que el diálogo entre un argentino y un chino es algo utópico. Antes en ellos hizo estragos el derrumbe de la Torre Babel, y posiblemente ambos ponían ladrillos en el mismo piso, pero en la caída se confundieron con la multitud para olvidarse que eran compañeros de faena. Entonces se hicieron extraños, desconocidos, forasteros, y finalmente fueron extranjeros.

Un_cuento_chino en este mundo en ruina, patas arriba y sin sentido, está Roberto, interpretado por Ricardo Darín, un hombre atrapado en el pasado, absolutamente analógico en este tiempo de comunicación digital: no usa, no tiene ni quiere un ordenador. Las redes sociales son un cuento de ficción para él, que atesora en un cajón una carta manuscrita de su amada, sin abrirla por el debido respeto y temor a ese agujero negro que es el amor. Mientras, su hogar, que lo retiene en el tiempo, lo salva del desafío del presente como una dura coraza de recuerdos de lo que una vez era una familia. Un personaje romántico y nostálgico, pero con un aroma rancio y añejo a la vez. Sin embargo, y a pesar de refugiarse en un recodo de la espiral del tiempo, la vida también se ha encargado de tenderle caídas azarosas, que en parte le han trucado su lineal existencia, como caer en una absurda guerra sin desearlo o presenciar la caída del otro, que sin quererlo, lo arrastra a un nuevo giro del relato.

Un_cuento_chino ese otro es Jun, interpretado por Huang Sheng Huang, que logra dar el empujón a Roberto para sacarlo del mundo de formol en que se encuentra. Pero también es el empujón para cualquier espectador a abrir los ojos de un mundo cegado al "otro", al diferente, al extraño, a ese que repentinamente invade nuestro espacio público y nos despierta de la pereza de la vida. Jun simplemente puede ser el rostro de uno de los cincuenta millones de personas de la diáspora china, por tanto, no es ni tan raro ni tan exótico como parece, es más común de lo que creemos. Jun irrumpe ante la vista de Roberto, como todo migrante de hoy que puede ser escupido por aviones, trenes, autobuses, barcos, balsas y cayucos, en un orden creciente de infortunios, al caer de un taxi, expoliado y herido, como estigma de sus congéneres. Abriendo así las puertas de la ciudad de Buenos Aires como un lugar dónde no sólo estafan los proveedores ferreteros con unos cuantos tornillos de menos, sino que también acampa un entramado hostil de delincuencia, policía corrupta y burocracia consular que acecha a todo migrante en cualquier parte del mundo. Así ambos, por otro juego de dados, a pesar de la lengua y el origen geográfico que los separa, y de las dificultades de la convivencia obligada, se unen en la soledad: ambos sin saberlo han perdido a su familia, ambos son huérfanos que transitan por este mundo caóticamente disperso. Pero no son tan distantes, no son tan diferentes, sino más bien muy parecidos, simplemente dos caras de la misma moneda.

Para completar el triángulo, Borensztein nos presenta a Mari, interpretada por Muriel Santa Ana, la amada que busca desesperadamente caer en los brazos del amor de Roberto, pero el azar parece no estar de su lado para hacerle la oportuna zancadilla. Él es un hombre citadino, de "malas pulgas", huraño y rutinario, posiblemente lo menos atractivo para la dulzura e ingenuidad campesina que ella representa. Ella es la única que ve a Roberto con otros ojos, los de la ternura y la pasión que hacen florecer las cualidades del ser amado. Y a pesar de su adultez e independencia, es "la novia que espera" de antaño, siempre comprensiva y tolerante. Una paciente costurera que da puntadas de unión para lograr su cometido.

Un_cuento_chino ya nos parece tácito que la actriz de turno se enamore de él, sí ya a nosotros como espectadores nos ha conquistado hace tiempo. Ricardo Darín es una apuesta segura en cualquier película, y lo más loable es que sigue trabajando en el cine argentino. Al toparnos con su mirada en la pantalla, tal como le ocurre a Mari, ya sabemos mucho de él, sea que encarne a un ladrón de poca monta o a un cuarentón en la encrucijada de su vida, siempre nos es familiar su rostro, sus gestos, su sonrisa. Pero al ver a su lado a Huang Sheng Huang, no sólo vemos un nuevo rostro en el panorama cinematográfico, sino que observamos más detenidamente ese espejo del alma y nos preguntamos por el relato del otro, por este desconocido de ojos rasgados que implora con la mirada. Y en parte nos quedamos con esta incógnita sin despejar. Borensztein nos priva como espectadores de la voz de Jun, salvo en contadas ocasiones que otros personajes de la trama lo pueden traducir. Sí habla chino, chino mandarín y no entendemos nada. Sufre, llora, acepta, ríe, pero sus gestos no terminan de completarse con sus palabras. Es un personaje empático, pero a ratos está relegado por la sombra de la estrella. Su entorno no lo comprende, pero nosotros como espectadores tampoco, sufrimos por igual esta ininteligibilidad de la lengua.

Paula Segovia

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Una ventana al cine argentino actual: El abrazo partido (Daniel Burman 2003)


Tengo esta única imagen de mi padre. Papá se fue a Israel a luchar en una guerra. No volvió. Algunas cartas llegan, y a veces llama. A mamá le parece normal y a mi hermano, Joseph, no lo merece ningún comentario. No los entiendo. Trabajo con mi madre, en una galería comercial del barrio del Once. Los negocios cambian, la mayoría busca la salvación de un pasaporte europeo. Es la historia de un reencuentro. Es la búsqueda de un pasado que nos justifique.



CRITICA: 

A la salida de una función para la prensa, un colega me dijo, con dudosa intención: “me parece bárbaro que alguien encuentre su lugar en el mundo”. Daniel Burman está abocado a trabajar en su cine el tema de la mentalidad judeo-argentina, y lo hace cada vez mejor. Superando lo que hiciera en Esperando al Mesías, en El abrazo partido traza un cuadro ultracostumbrista, con distintos personajes muy dibujados, arquetipos de la colectividad, que no llegan al estereotipo. Un micromundo concentrado en una de las tantas galerías decadentes del Once, donde los comerciantes conforman una familia: todos son buena gente, afuera el mundo no está bien, pero ellos tratan de sobrevivir, adentro (son muy pocas las tomas en exteriores).
Un par de primos hermanos que venden telas, la sexy encargada de un local de Internet financiado por su amante, un matrimonio de hermanos coreanos refugiados tras la vidriera de su negocio de feng shui, una agencia de viajes que enmascara una mesa de dinero. Y nada termina de ser lo que parece en ese microcosmos... que es la Argentina. Nos guste o no –y creo que el costumbrismo, como la galería, atrasa varios años–, el libreto está plagado de momentos de humor que recuerdan al mejor Woody Allen pero con color local, y seguramente tendrán buen impacto en el público. La mirada costumbrista de Burman se detiene en el punto justo antes de caer en el sentimentalismo, gracias al guión que coescribió junto a Marcelo Birmajer, narrador cuyos trabajos también se concentran obsesivamente en la realidad judeo-porteña y del barrio del Once.

Volviendo a la galería, digamos que Ariel Makaroff ayuda a su madre en su negocio de lencería, aunque no se entiende muy bien en qué consiste esa ayuda. En todo caso, Ariel no cesa de errar por el barrio en busca de algo, y la extraordinaria fotografía de Ramiro Civita lo acompaña, nerviosa, fragmentaria, ubicuamente. Ya se ha dicho bastante sobre la condición de alter ego de Burman del actor Daniel Hendler, que aquí vuelve a ser protagonista (hasta se los comparó con la dupla que hicieron François Truffaut y Jean-Pierre Léaud). En la entrevista que tuve con Hendler durante el rodaje de este film, él me confirmó esa suerte de identificación que existe entre ambos. Hendler sabe muy bien cuál es su talento, y rechaza los papeles que no le cuadran. Nuevamente encarna a ese personaje que conocemos bien, quien parece haber salido de El fondo del mar para deambular por la galería del Once: ex estudiante de arquitectura, con problemas para relacionarse con las mujeres, sueña con irse de ese mundo asfixiante y emigrar a Europa. Uno de los momentos más logrados es su entrevista con un funcionario del consulado polaco, donde tramita un pasaporte europeo. Mientras se decide, la historia transcurre fragmentariamente a lo largo de distintas viñetas de situaciones, momentos de intimidad, cuadros psicológicos –sin que prime una historia lineal– sostenidos por el punto de vista de Ariel, que hace las veces de "narrador oficial" del film.

En este caso, el padre se fue a la guerra del Yom Kippur y nunca más volvió, y el muchacho arrastra ese tema sin resolver, el cual parece ser la clave de su inseguridad y sus dudas.

Todo el elenco es ajustadísimo, desde la luminosa Adriana Aizemberg, quien sabe dar a la madre los matices de seducción y de ternura de una mujer madura, pasando por Diego Korol hasta llegar a la veterana Rosita Londner, como la abuela con su inevitable recuerdo del Holocausto, quien después de los títulos y fuera de su personaje nos regala una canción tradicional judía.

Josefina Sartora  

martes, 1 de septiembre de 2020

Una ventana al cine argentino actual: Hombre mirando al sudeste,(Eliseo Subiela 1986)






CRÍTICA:

Hombre Mirando al Sudeste es resultado incuestionable del universo de Eliseo Subiela. Un universo que comienza con la llegada de Rantés a un hospital psiquiátrico sin que nadie sepa de donde ha surgido. A caballo entre la ciencia-ficción y la mitología mesiánica. Parábola liberadora sobre la posguerra de Las Malvinas y la dictadura argentina, representada en una institución/medicación, que reprime a los pacientes (el pueblo). Rantés representa la ruptura de la normalidad, de la cotidianidad del hospital psiquiátrico, que transcurre entre entrega de dosificaciones y terapias de dudosa utilidad, simboliza la cesura que hace dudar al profesional de la mente, de la racionalidad de lo que ven sus ojos.
El frenopático es fotografiado (Ricardo de Angelis) en tonos opacos, filmando los obsesivos pasillos en modo minimalista, casi con vocación de serie B, en un poético claroscuro. Angelis utiliza una iluminación subrayada, con el objeto de alterar los contornos y obtener percepciones antinaturales. El protagonista es fotografiado en espacios oscuros, claustrofóbicos, donde irradia una pequeña luz. 

En esta cinta lo substancial se encuentra en los diálogos, en esos ácidos, certeros y universales enigmas que propone Rantés que; sin alcanzar el didactismo; es posible que aleje a los espectadores que piensan que los Looney Tunes tienen exceso de líneas de diálogo. Los primeros planos del rostro del malogrado Hugo Soto (Rantés) y la voz en off de Lorenzo Quintero (Doctor Denis) soportan la estructura de un film alegórico sobre la propia naturaleza del hombre y renovador en el subgénero de psiquiátricos.

 Subiela aporta una nueva perspectiva: el mensaje es que no está todo trillado y hay vida después de “Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco”.1975, la formidable interpretación de Olivia de Havylland en “Nudo de Víboras” o  el film francés de culto "Rey de Corazones”, donde los alienados ocupan el pueblo, hasta la reciente (e interesante) Asilym, remotamente inspirada en la obra de Poe, sin olvidar “El Príncipe de las Mareas”, La estimulante “Despertares” o la genial “El Rey Pescador” del inefable Terry William. Carlos Larrondo realizaría en 2006, el encantador documental “LT22 Radio La Colifata”, apoyado por Manu Chao. Algunos pacientes de aquel rodaje participan en éste, que fue rodado en la misma ubicación: el Neurosiquiátrico “Jose Tiburcio Borda”. La situación del doctor frente al inquietante paciente es una metáfora del hombre enfrentado al desconocimiento del universo que le rodea. Tomar una decisión en uno u otro sentido, supone posicionarse y ser clasificado automáticamente, como sucede con nuestras opciones en la vida que condicionan el porvenir. 

Rantés, pletórico de ironía, se define como “paciente volador no identificado”. El misticismo del paciente y su carisma cambian el devenir del psiquiátrico y la vida del doctor. Sus filosóficas y profundas preguntas, casi monólogos, van desgarrando el velo vital y llenándolo de dudas, ante su paranoia delirante incurable. Aparte de un par de detalles que descolocan al espectador y con los que Eliseo Subiela juega al engaño, para dejar en tierra de nadie la procedencia real de Rantés y su misteriosa amiga (Ines Vernego). ¿Son dos extraterrestres o dos alienados que comparten al alimón sus patologías? Partiendo de un hecho real, un hombre que durante su niñez pasaba horas mirando al sudeste en su barrio, Subiela compone un absorbente ejercicio de reflexión sobre la naturaleza humana, utilizando la orientación oblicua de la cámara ¿hacia el sudeste? 

Con profusión de picados y contrapicados como coartada conceptual. Hay multitud de referencias Crísticas desde ese “Doctor por qué me has abandonado” musitado por Rantés, hasta la postura; casi de una Pietá; de Beatriz protegiendo el cuerpo moribundo o la inclusión de música sacra en determinados momentos del metraje. Prácticamente toda la arquitectura de la película se apuntala sobre la palabra como hecho redentor, como hecho constructor. Sobre el verbo como curación o catarsis en la polaridad que representan los dos personajes: el siquiatra “castrador” creador de fronteras y límites y el paciente “liberador” mediante la locura que conduce a la emancipación, conducidos por medio de un concepto socrático del diálogo. 

A través de la dialéctica; no exenta de sarcasmo; se avanza hacia el conocimiento (libertad). A cimentar la leyenda de “Hombre Mirando al Sudeste” contribuyeron hechos que nada tenían que ver con su exégesis, o su innovación conceptual: la muerte del actor en 1994 de Sida y la acusación de plagio, que Eliseo Subiela elevó a la película de la Universal titulada "K.Pax", (2001), interpretada por un carismático Kevin Spacey. Mucho más estadounidense que su referente, mas melodramática (en sentido estricto) y menos universal. Las parrafadas de Subiela son más ecuménicas y de una filosofía para mascar lentamente. El envoltorio de la americana es sin duda más atractivo para el “gran público” y arrasó en taquilla, mientras que la producción de Eliseo se redujo a los cenáculos culturetas y cineclubes.  No cabe duda de qué se trata de la misma historia. 

También otro producto americano absorbe bastantes influencias del original, se trata de Mr. Jones, una interpretación desatada de Richard Gere. En ella se plagia la mejor secuencia de la película, cuando Rantés se apodera de la batuta en el concierto y dirige la orquesta consiguiendo una catarsis colectiva en público e internos del psiquiátrico, fue definida por el mismo Richard Gere como un “homenaje” a una película argentina. Subiela maneja un instante tan delicado con maestría y pulso firme, no exento de sensibilidad (que no sensiblería), consigue emocionar y; al mismo tiempo; profetizar la tragedia que se aproxima, porque esa ruptura de convenciones no arriba en buen puerto en nuestra sociedad. El enviado asegura que ha venido a la tierra a “estudiar la estupidez humana”, ardua e imposible tarea que no abarcarían ni enviando a toda su civilización. El guión se pasea sobre hechos como la indiferencia del ser humano ante el sufrimiento, la perdida de inocencia, el hecho diferencial y muchos otros en base a profundas y meditadas reflexiones e inquisiciones que casi nunca son contestadas por el doctor, que se refugia en su saxo y en la proyección de vídeos caseros antiguos, para escapar de lo que le rodea. 

La irrupción de Rantés en un mundo que no quiere que se desectructuren sus creencias más básicas, es la crónica de un fracaso anunciado. Como una tragedia clásica recitada por un imposible Coro de alienados. El interrogante universal de Rantés no encontrará respuesta. Rantés es un Minotauro en el laberinto humano de la incomprensión y el egoísmo, abocado a ser destruido por el nocivo Teseo que ha dominado el planeta. Hay que destacar su capacidad de exorcismo post-Malvinas, los ecos de la guerra y el Régimen Argentino anterior sobrevuelan entre las pastillas e inyecciones que aíslan al hombre, o electrochoques que lo anulan directamente. Uno de los diálogos refiere directamente que: “Hay torturadores que les gusta Beethoven, que aman a sus hijos”. Nos encontramos ante una obra plurisignificativa que se abre en diversos senderos: denuncia del sistema, crítica cultural, inhumanidad de la ciencia, sistemas represivos del Estado, religión, etc. 

Y lo hace con unas soberbias exposiciones de Rantés, cuya certeza hace difícil contestar y precisa de profundas reflexiones. Pero lo hace sin perder su carácter cinematográfico, pese a las interiorizaciones verbalizadas del doctor en el papel de narrador intradiegético, contrapunteado con el sonido hipnótico del saxo. Los pacientes no creen en la muerte de Rantés, dicen que volverá a buscarlos. Imposible encontrar más referencias al mito redentor. Este hombre que se definió como un holograma en estado avanzado ha quedado para siempre en la vida de su terapeuta. La metaliteratura aparece cuando el doctor cree descubrir pistas releyendo “La Invención de Morel” de Adolfo Bioy Casares”. El mensaje desolador, certero es que cualquiera que repita el rol de despertador de conciencias, de redentor de los que no quieren ser redimidos, de conciliador de los hombres, tiene el destino escrito de antemano. Los fotogramas con las imágenes surrealistas, homenaje a Magritte ,de “Los Amantes” transmiten la imposibilidad de acercamiento, la frustración y la desolación humanas.


La conceptual banda sonora de Pedro Aznar, se solapa en algunos instantes con los diálogos creando una sensación de inquietud y desasosiego desde esas campanas desafinadas del inicio. El psiquiatra proyectando vídeos parar revivir el pasado es el mito de la Caverna y sus sombras a golpe de un saxo visceral, donde interpreta jazz, la música de la “generación perdida”, la melodía de entreguerras. Se utilizan fragmentos de “Preludio y Fuga en G Moll de J.S Bach”, “Vepro Della Beata Vergine” de Claudio Monteverde. Hay influencias en el estilo que recuerdan “La Conversación” de Copolla y su forma de utilizar la música de Elington. Instantes en que las notas buscan desconcertar con agudos semidesafinados, chirriantes, (un tanto darkies) Incluso un momento en que la melodía, el inquietante leiv motiv, recuerda notablemente al “Interzone” de “El Almuerzo Desnudo” compuesto por el freejazman Ornette Coleman. Una peculiar banda sonora para deconstruir la locura en este film de culto. Pedro Aznar es cantante, poeta y bajista de rock (utiliza la técnica de Jaco Pastorius sin trastes en el mástil). Ha formado parte de importantes bandas de rock. Volvió a trabajar con Subiela en “No te mueras sin decirme donde vas”. El soundtrack utiliza versiones de clásicos como cuando Rantés interpreta al órgano, la versión de Hans Otto del “Preludio y Fuga en G Moll de Bach”, mientras es escuchado, en estado de éxtasis, por los internos. Algunas de las obras pasan de ser música diegética a no diegética, o viceversa. Cuando el siquiatra interpreta en su apartamento, el saxo pasa a formar parte de la siguiente secuencia con Rantés, o cuando se interpreta “in situ” la “Novena Sinfonía”, que se complementa en montaje paralelo con la misma melodía en el hospital psiquiátrico. La versión del Tavernet Consort, un grupo de música antigua británico, cuyo nombre deriva del compositor inglés del siglo XVI: John Taverner. Un fragmento de las “Vísperas de la Beata Vergina” suena durante la escena del restaurante. 
Con las Vísperas, Monteverdi, intentó demostrar que era un maestro de vanguardia, capaz de servirse de los recursos más avanzados de la música de su tiempo. El gran desafío fue además escribir todas las piezas a partir del "cantus firmus", proponiendo la innovación manteniéndose  fiel a la tradición.

Monteverdi mezcla  lo viejo y de lo nuevo, mixtura lo sacro y de lo profano,apoyado en el "cantus firmus" gregoriano. incorpora en las vísperas todo tipo de recursos para desarrollar las posibilidades técnicas del estilo que entonces se consideraba “moderno". De este modo combina voces e instrumentos, utiliza el bajo continuo, adopción de melismas de voz solista, recurso a una polifonía empleando grupos restringidos (dúos, tríos), etc.

Curiosidades. La novela de Gene Brewer que inspiró K-PAX fue escrita en 1995 y tuvo dos secuelas. Es una novela con un gran componente psicoanalítico (vía neurológica de Oliver Sacks). En la tercera novela se pierde bastante el trasfondo psiquiátrico, quizás una continuación innecesaria. 
En la web de Brewer, éste pide perdón por la “guerra preventiva” aplicada a Irak..
Kevin Spacey también se queda mirando hacia su planeta…
Sócrates interrogaba la verdad permaneciendo en profunda meditación durante todo un día

Desde un punto de vista psiquiátrico, Rantés reunía todos los puntos para ser diagnosticado de esquizofrenia: Conducta catatónica, lenguaje incoherente, escritura anormal, alucinaciones, ideas delirantes. Aunque también tiene rasgos del Síndrome de Asperger. Pero ¿entonces, la escena de la cafetería? ¿Y el líquido que sale de la boca de Beatriz? Este es el territorio Subiela...Un territorio donde el director es un poeta y crea su propio mundo (según Tarkovsky).

“Yo soy mas racional que ustedes, respondo racionalmente a los estímulos, si alguien sufre lo consuelo, alguien me pide ayuda se la doy, ¿porque entonces usted cree que estoy loco?, Si alguien me mira lo miro, alguien me habla lo escucho, ustedes se han ido volviendo locos de a poco por no ser capaces de reconocer esos estímulos, simplemente por haber ido ignorándolos, alguien se muere y ustedes lo dejan morir, alguien pide ayuda y ustedes miran para otro lado, alguien tiene hambre y ustedes dilapidan lo que tienen, alguien se muere de tristeza y ustedes lo encierran para no verlo”.

“Yo no quiero que me cure. Quiero que me entienda”.

“Hemos retirado el velo, y la visión de tus ojos es penetrante”

 Jorge Luis Borges.