Críticas:
La guerra del fin del mundo
Offret, Andrei Tarkovski. Suecia-Reino
Unido-Francia, 1986
Por Joaquín Juan Penalva
Para alguien a quien le guste el cine, descubrir al
realizador ruso Andrei Tarkovski puede suponer un nuevo bautismo en el séptimo
arte; como afirma Ángel Sobreviela, "se tiene la sensación de estar
asistiendo al redescubrimiento del cine; como si la historia del cine pudiera
comenzar de nuevo con películas como El espejo o Sacrificio".
Y es que, no en vano, las películas de Tarkovski han estado, hasta fechas muy
recientes, al alcance de muy pocos. En cierto modo, Sacrificio(Offret,
1986), su último largometraje, estrenado el mismo año de su muerte, supone una
excepción, pero también una buena forma de descubrir toda su filmografía, que
consta de ocho largometrajes, un documental y dos cortos. El de Sacrificio es
el único guion que Tarkovski escribió sin la colaboración de otro coguionista,
quizás porque se trataba de un proyecto personal largamente acariciado que
finalmente pudo llevar a cabo en Suecia, en la isla de Gotland, en el mismo
lugar donde Ingmar Bergman pasaba largas temporadas. Aunque no lo parezca, Sacrificio es
una película sobre el fin del mundo, sobre cómo ese acontecimiento inesperado
puede despertar la fe en un personaje como Alexander (Erland Josephson),
antiguo actor convertido en intelectual y crítico de arte. Como bien señala
Rafael Llano, "Tarkovski evita toda distensión geográfica y temporal de la
acción: en Sacrificio, todo sucede en apenas doce horas
alrededor de una dacha a unos mismos personajes. La narración
respeta escrupulosamente, según Tarkovski, las leyes clásicas de la dramaturgia".
Toda la acción se enmarca en un mismo lugar, y el metraje empieza y acaba en un
mismo espacio, junto al lago. Según la interpretación de Carlos Señor, la
película se abre con un travelling lateral porque, en ese
momento, predomina lo terrenal, mientras que, al final, en un largo plano‑secuencia,
vemos cómo la cámara enfoca de cerca el mismo árbol que salía al principio y
recorre su tronco y sus ramas secas hacia arriba, en un claro movimiento
ascendente que enlaza con la dimensión espiritual del film. El descubrimiento
de la fe es el tema principal de la película, algo que no debe extrañar, pues
el cine de Tarkovski es fundamentalmente religioso y espiritual, pero de una
forma no excluyente, pues admite otras lecturas desde un perspectiva no creyente.
Nadie ha fotografiado la luz escandinava como Sven Nykvist, el director de
fotografía de Bergman, que es capaz de captar las noches blancas como nadie, y
que, en Sacrificio, ha logrado acompañar ese presagio del
fin del mundo con una continua degradación del color, ausente casi por completo
de algunos planos. Sin duda, el tándem Tarkovski-Nykvist ha funcionado a la
perfección en su única colaboración, y eso a pesar de que al director ruso le
gusta mucho mirar directamente a través de la cámara, algo que a los directores
de fotografía no les suele gustar.
En cierto modo, Sacrificio, dedicada a su hijo, con el que,
tras su exilio, únicamente pudo reencontrarse al final de su vida, es
una suerte de legado espiritual, un auténtico testamento fílmico en el que
Tarkovski va recopilando elementos dispersos a lo largo de toda su filmografía:
la música (El violín y la apisonadora), la guerra (La
infancia de Iván), los iconos (Andrei Rublev), otros
mundos (Solaris), el desastre nuclear (Stalker), lo
espiritual (El espejo) y la crisis de fe del mundo contemporáneo
(Nostalgia).
Sacrificio es una película sobre la ausencia de la
espiritualidad en nuestro mundo, un largometraje lírico, una parábola poética
en imágenes. Si Eisenstein, en El acorazado Potemkin (1925),
situaba al ser humano frente a la Historia, Sacrificio lo
sitúa ante Dios. Tarkovski captura la vida como un reflejo, como un sueño. Como
todas sus películas, Sacrificio es una
exploración sobre la conciencia humana, tal como afirma Carlos Tejeda en la
monografía que le ha dedicado al director de Solaris. El
suyo es un cine trascendente, filosófico, religioso en el sentido más amplio
del término. Como afirma el propio Tarkovski, "es imposible una película
en la que en sus planos no se advirtiera el flujo del tiempo". Para
conseguirlo, utiliza planos muy largos, en los que se nota fluir el tiempo, ya
que los personajes desfilan por delante de la cámara, que se mueve con ellos,
que los deja salir de plano, que se acerca, que se recrea, en fin, hasta lograr
planos‑secuencia de más de diez minutos.
Todo el cine de Tarkovski tiene que ver con esa idea de "escribir en el
tiempo", de "esculpir en el tiempo", de crear el tiempo necesario
sobre la pantalla: "El ritmo cinematográfico está determinado no por la
duración de los planos montados, sino por la tensión del tiempo que transcurre
en ellos". El sacrificio al que se refiere el título es el del propio
protagonista, Alexander, que ofrece todo cuanto tiene a Dios, a un Dios al que
ha hablado por vez primera. En ese fuego purificador que aparece al final arde
toda su vida anterior, pero poco importa, pues el mundo vuelve a caminar y se
ha salvado gracias a un solo hombre, que ahora, en consecuencia, debe cumplir
la promesa hecha a Dios y renunciar a todo, incluso a su hijo.
Al cabo, eso es lo que encontramos en Sacrificio, un viaje
por el interior de un ser humano, por su espiritualidad recién descubierta. La
última escena -el niño que recupera el habla, el árbol seco, el agua del lago,
la luz del sol...- cierra una de las filmografías más insólitas de la historia
del cine, pero, al mismo tiempo, más coherente e innovadora.
La responsabilidad moral del
individuo
Es fácil responder, sin rodeos, a la
pregunta de qué es lo que me fascinaba del tema del sacrificio. A mí, como
persona con convicciones religiosas, me interesa sobre todo alguien capaz de
entregarse en sacrificio, ya sea por un principio espiritual, ya sea para
salvarse a sí mismo, o por ambos motivos a la vez. Un paso así presupone
apartarse radicalmente de toda intención primaria y egoísta; es decir, esa
persona actúa en un estado existencial más allá de la lógica “normal” de los
acontecimientos, ha quedado libre del mundo material y de sus leyes. A pesar de
ello (o quizá incluso precisamente por ello) su acción origina transformaciones
visibles.
(Andrei Tarkovski, Esculpir en el tiempo.
Página 239)
Tras el anuncio de Tarkovski de
no volver a la URSS, la oferta más interesante para rodar su próxima película
le llegaría desde el territorio de su admirado Ingmar Bergman: Suecia.
Escribe entonces el borrador de una historia (de título provisional La bruja) sobre un hombre al
que se le diagnostica una enfermedad terminal, incurable. Un día recibe la
visita de otro hombre, que le trae un mensaje aparentemente ridículo: debe ir a
ver a una mujer dotada de poderes mágicos, una especie de bruja, y dormir con
ella. El protagonista lo hace y queda milagrosamente curado. El milagro supone
toda una revelación, y el hombre decide entonces sacrificar toda su vida y
posesiones e irse a vivir con la bruja. Como ya ocurriera con Nostalgia, Tarkovski no sabe
hasta qué punto está hablando, desgraciadamente, de su propia vida, pues meses
después será a él mismo a quien diagnosticarán un cáncer terminal.
Varios cambios sobre el borrador
de La bruja acabarían
dando forma al guion (el primero escrito por Tarkovski en solitario) de su
última película: Sacrificio (1986).
Su protagonista, Alexander (interpretado por el bergmaniano actor Erland Josephson, quien
ya fuera el Domenico de Nostalgia)
es un actor de teatro divorciado que vive aislado en una hermosa casa en el
campo con la única compañía de su querido hijo, al que habla (como ya hiciera
Domenico) sobre la decadencia de la civilización moderna y la preocupante
deriva del mundo. El día de su cumpleaños recibe la visita de su exmujer, la
nueva pareja de esta, su vecino y otras personas. Entonces, súbitamente, se
desencadena lo que parece ser el inicio del Apocalipsis en forma de guerra
nuclear (nuevamente Tarkovski muestra los detalles que hacen avanzar la acción
en su mínima expresión, casi por obligación y con fastidio, decidido a mostrar más
bien los efectos que esos acontecimientos tienen en los protagonistas), y
Alexander decide sacrificarlo todo, su casa, su vida y su familia, en un gesto
radical, desinteresado y aparentemente incomprensible para que la amenaza
global desaparezca. Nuevamente Tarkovski está hablando de sí mismo: de hecho la
historia que Alexander cuenta a su hijo sobre cómo su madre y él hallaron la
hermosa casa de campo está sacada de su propia vida: habla de la casa que él y
su esposa Larisa adquirieron en Rusia, y que ya jamás volverían a ver. Y el
film concluye con la cita: “Esta película está dedicada a mi hijo Andriushka, con
esperanza y confianza”.
Por estos y otros motivos, Sacrificio es un film
asombroso, emocionante e inspirador a varios niveles, rodado no solo con un
actor fetiche de Ingmar Bergman, sino en su ambiente y con el director de
fotografía preferido del maestro sueco: Sven Nykvist. La película, sin embargo, es
a todos los efectos un film de Tarkovski, y contiene varios de sus larguísimos
y característicos planos secuencia. Dos destacan principalmente: el primero, el
de nueve minutos de duración que abre la película, cuyo ritmo provocó la salida
de varios espectadores de la sala en su estreno en Cannes. El hecho fue
comunicado a Tarkovski, a quien por entonces la enfermedad ya había postrado en
la cama de un hospital de París, y este se jactó jocosamente de haber hallado
un modo tan eficiente de elegir a su público. El segundo plano secuencia
notable de la película es su portentosa escena final, posiblemente la más
prodigiosa de toda la carrera de su director: todo un tour de force técnico y
logístico que implicaba la destrucción total de un decorado y que hubo de ser
rodado dos veces: la primera vez todo salió mal, para desesperación de
Tarkovski. Los productores propusieron entonces rodar la escena de otra manera,
con maquetas y con inevitables cortes de edición. Tarkovski, consciente de que
la implicación emocional del público crece en las secuencias largas sin cortes,
no cedió y consiguió convencerles para obtener su segunda (y última)
oportunidad. El decorado fue reconstruido y varias semanas después todo el
equipo se conjuró para rodar en una única toma la escena clave del film. Esta
vez todo salió bien. El resultado es una de las grandes escenas de la historia
del cine.
Sacrificio obtuvo
cuatro premios en el Festival de Cannes de 1986. La Palma de Oro, sin embargo,
recayó en La misión,
de Roland Joffé,
lo que provocó la airada crítica del presidente de la República Francesa, François Mitterrand.
Meses antes, el propio Mitterrand había enviado una carta a Mijaíl Gorbachov solicitando
la salida inmediata de la URSS del hijo de Tarkovski para que pudiera
despedirse de su padre, ya terriblemente enfermo en un hospital de París. Como
consecuencia de estas y otras gestiones diplomáticas llevadas a cabo en los
últimos meses por Tarkovski y su esposa, los soviéticos finalmente accedieron y
en enero de 1986 Andriushka pudo trasladarse a Francia a ver a su padre. En
mayo de ese mismo año iría también a Cannes a recoger en su nombre los premios
obtenidos por Sacrificio en
el festival.
El maravilloso documental
de Chris Marker Une journée d’Andrei Arsenevitch muestra
el reencuentro de padre e hijo en el hospital. En él se afirma que cuando los
funcionarios de la embajada fueron a comunicar a Tarkovski la noticia de la
próxima llegada de su hijo, este los tomó por asesinos del KGB que venían a
liquidarle. Existe de hecho una teoría difícilmente demostrable según la cual
la enfermedad que llevó a la tumba al director, a su mujer en 1998 y a su actor
predilecto (Anatoli
Solonitsin) en 1982 (cáncer de bronquio derecho en los tres
casos, sorprendentemente) podría haber sido provocada por un envenenamiento,
aunque también se dice que la proximidad a aguas residuales tóxicas durante el
rodaje de Stalker pudo
ser la causa, como vimos.
En el documental vemos también
cómo Tarkovski supervisó todo el montaje final de Sacrificio desde su
cama del hospital, consciente de que sería su última película. De hecho el film
se cierra con la misma imagen que abría su ópera prima, La infancia de Iván: un niño
al pie de un árbol. Se cerraba así el círculo poético, maldito y trágico de su
breve e impresionante filmografía. Posiblemente resonaban entonces en su cabeza
las mismas palabras que él mismo había dicho en cierta ocasión a cuenta del
último episodio (La campana)
de su colosal Andrei
Rublev: “En el arte, otro asunto importante es el de la
experiencia. En la película se dice que es imposible pasarla a los demás. La
gente dice que se aprende de la experiencia de los padres. Eso sería demasiado
fácil. Los niños se niegan a recibirla de nosotros y hacen bien.
Desgraciadamente, debemos construir nuestra propia experiencia. Y una vez la
tenemos, nuestra vida se termina”.
Andrei Tarkovski falleció en
París el 29 de diciembre de 1986, a los 54 años. Sus restos no fueron
trasladados a su país, sino que reposan en el cementerio ruso de
Sainte-Geneviève-des-Bois, a las afueras de la capital francesa. La inscripción
en su tumba reza: “Al hombre que logró ver al Ángel”.