"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".

sábado, 20 de abril de 2019

14 Mi vida sin mi





Enlace para ver la pelicula ( de pago) : https://www.youtube.com/watch?v=70zXdVxEat8

Crítica:

Una poética de la mirada
Mi vida sin mí
(My life without me). Isabel Coixet, España, 2003
Por Isabel Verdú [1]

Nunca he visto una película sobre el tema de la muerte que transmita tanto vitalismo como Mi vida sin mí. Supongo que es por ello que me resulta imperecedera. ¿Cómo cansarse un canto a la vida honesto, sensorial, que huye de intelectualismos y se infiltra lenta pero arrebatadoramente en la epidermis? 

Para su historia, Isabel Coixet se basó en una novela breve donde aparecía el tema de la muerte inminente de una mujer muy joven, y la decisión de esta de vivir el tiempo restante con intensidad. Coixet quedó fascinada por el personaje; y, además, decidió introducir un matiz peculiar: la protagonista guardaría para sí el hecho de que iba a morir; eso le permitiría desarrollar mejor su particular carpe diem silencioso. A partir de esta trama (que podría resultar inverosímil o excesivamente lacrimógena) Coixet supo construir una inspirada historia que trasciende todo detalle escabroso y se erige como una singular alegoría poética de la existencia humana.

Pero lo que hace de Mi vida sin mí una gran película, a la altura del mejor Wong-Kar Wai, es la mirada de la protagonista, que se construye a través de la acertada B.S.O., y de un delicado tratamiento de la imagen (con horizontes difusos, abundancia de primeros planos y poéticos encuadres que aproximan entre sí a los personajes). 

La mirada de Ann es la de un despertar. Su vida ha sido difícil, y precipitada: madre adolescente, trabajadora prematura... No ha habido grietas ni interludios. Nunca ha tenido ni un espacio para sí misma ni menos todavía tiempo para pensar. Pero su percepción del mundo cambia en un instante, y se hace más viva, paradójicamente, con el anuncio de la muerte. La  mirada de Ann se transforma en la del artista, la del poeta; aunque sea inspirada por cuanto ve, por la lluvia y las puestas de sol, y no por "todos esos libros" que no ha leído y ya no podrá leer. Como el flâneur del siglo XIX, que era consciente de las veloces transformaciones de la sociedad, como Baudelaire, que reivindicaba la belleza de lo efímero, Ann observa la realidad con pupilas dilatadas, como si lo viera todo por vez primera, o como si todo se fuera a desintegrar en el instante siguiente. Deambula sola por la calle, se deja llevar por sus estímulos; se une a la multitud, y a la vez se aparta de ella, en sus soliloquios. Cuando pasea entre los escaparates se sorprende respecto a los placeres que con tanto ahínco la sociedad de consumo nos ofrece; al entrar al supermercado, en un rapto de alucinación similar al de Bjôrk en  Bailar en la oscuridad (Dancing in the dark, Lars Von Trier, 2000) visualiza a la gente bailando al estilo de un musical. Nadie es infeliz en un supermercado, se dice; todos estos productos están aquí para seducirnos y  alejarnos de la muerte. Y esa mirada desvaída, esos párpados en trance, ese fundido en blanco resultan estremecedores; el espectador, acompañado por las melodías intimistas de Alberto de la Iglesia, por la imagen recurrente del vidrio, material frágil del que se extraen extrañas melodías, se encuentra con Ann en un lugar liminal, donde todo es hermoso y terrible al unísono, donde todo puede suceder, aunque lo único seguro es la muerte.

En ese estado de percepción el encuentro amoroso no tarda en surgir. Y Ann y Lee entran en un hipnótico enamoramiento que es mostrado con numerosas elipsis, como a través de un velo. Las palabras son escasas y las miradas, intensas como aquel que sabe que cada segundo es único e irrepetible. La fatalidad sobrevuela sobre sus encuentros, lentos y lánguidos, acompasados ahora por cálidas canciones como "Senza fine". Lo irónico del caso es que, mientras él interpreta la imposibilidad de su amor de manera "clásica", por la condición de ella de casada, para ella (y para el espectador) la imposibilidad es auténtica, porque sabe que va a morir. Eso no es óbice para que las situaciones familiares de Ann estén revestidas asimismo de una indudable ternura. Aunque vivan en una situación precaria, la convivencia entre Ann, su marido y sus hijas es armónica y aderezada de risas. Ello contribuye aún más al "shock", al extrañamiento que se produce en el espectador entre esas instantáneas y las apesadumbradas visitas al hospital; y eso da un sentido mucho más profundo a la historia de amor con Lee, puesto que no puede explicarse como una huida de su propia vida, sino más bien una exploración en los (hasta ahora) estrechos límites de la misma. Otro contrapunto más: otros personajes, como sus padres, parecen llevar vidas ásperas y vacías de sentido. Pero Ann ahora tratará de ver lo mejor en ellos y dejarles en herencia palabras esperanzadoras, mediante cartas póstumas cuyo guión no tiene desperdicio.

El ritmo de la película contribuye a percibir la existencia en plenitud, con todo su gozo, toda su melancolía: las secuencias intimistas, donde lo que entra en juego es la mirada de Ann (en complicidad con el espectador, único partícipe de su viaje), se yuxtaponen bruscamente a las escenas exteriores, donde la protagonista vive a fondo el romanticismo con su amante, la ternura con su familia; donde también aparecen personajes secundarios que nos hacen sonreír con alivio por lo adusto de su expresión (Blondie, la madre) o lo entrañable de su frivolidad (la peluquera, María de Medeiros. )

 Mi vida sin mí se vive como un baile perpetuo, que fluctúa entre lentas cadencias e imprevistos ritmos sincopados. Mi vida sin mí es portadora de una mirada despierta, desapegada, que nos recuerda cómo deberíamos enfrentarnos al mundo cada día: sabiendo que nada permanece ni es uniforme. Al final, nos aguarda el telón blanco de la muerte, y ni el dolor ni la  razón van a servir para ahuyentarla. De modo que, ¿por qué no tomar cuanto se nos cruza en el camino, con la belleza de lo perecedero, y agradecerlo, sin pretender retenerlo? Eso hace al final hace la protagonista con esas sublimes palabras destinadas a su amante: "Me encantó bailar contigo".


Festivales y premios:
Festival de Berlín, 2003. Premio de Guild of German Art House Cinemas.
Premios Goya 2003. Premio a mejor canción y guión adaptado. 


[1] Isabel Verdú cursó estudios de Filología Hispánica y Teoría de la Literatura. Es profesora de Lengua y Literatura. Escribe reseñas sobre novela contemporánea en el suplemento Artes y Letras del Heraldo de Aragón




domingo, 7 de abril de 2019

13 Sacrificio (Offret)






Enlace para ver el film VOSE : https://www.youtube.com/watch?v=ivTODosMeOQ

Críticas: 

La guerra del fin del mundo
Sacrificio
Offret, Andrei Tarkovski. Suecia-Reino Unido-Francia, 1986 

Por  Joaquín Juan Penalva

Para alguien a quien le guste el cine, descubrir al realizador ruso Andrei Tarkovski puede suponer un nuevo bautismo en el séptimo arte; como afirma Ángel Sobreviela, "se tiene la sensación de estar asistiendo al redescubrimiento del cine; como si la historia del cine pudiera comenzar de nuevo con películas como El espejo o Sacrificio". Y es que, no en vano, las películas de Tarkovski han estado, hasta fechas muy recientes, al alcance de muy pocos. En cierto modo, Sacrificio(Offret, 1986), su último largometraje, estrenado el mismo año de su muerte, supone una excepción, pero también una buena forma de descubrir toda su filmografía, que consta de ocho largometrajes, un documental y dos cortos. El de Sacrificio es el único guion que Tarkovski escribió sin la colaboración de otro coguionista, quizás porque se trataba de un proyecto personal largamente acariciado que finalmente pudo llevar a cabo en Suecia, en la isla de Gotland, en el mismo lugar donde Ingmar Bergman pasaba largas temporadas. Aunque no lo parezca, Sacrificio es una película sobre el fin del mundo, sobre cómo ese acontecimiento inesperado puede despertar la fe en un personaje como Alexander (Erland Josephson), antiguo actor convertido en intelectual y crítico de arte. Como bien señala Rafael Llano, "Tarkovski evita toda distensión geográfica y temporal de la acción: en Sacrificio, todo sucede en apenas doce horas alrededor de una dacha a unos mismos personajes. La narración respeta escrupulosamente, según Tarkovski, las leyes clásicas de la dramaturgia".

Toda la acción se enmarca en un mismo lugar, y el metraje empieza y acaba en un mismo espacio, junto al lago. Según la interpretación de Carlos Señor, la película se abre con un travelling lateral porque, en ese momento, predomina lo terrenal, mientras que, al final, en un largo plano‑secuencia, vemos cómo la cámara enfoca de cerca el mismo árbol que salía al principio y recorre su tronco y sus ramas secas hacia arriba, en un claro movimiento ascendente que enlaza con la dimensión espiritual del film. El descubrimiento de la fe es el tema principal de la película, algo que no debe extrañar, pues el cine de Tarkovski es fundamentalmente religioso y espiritual, pero de una forma no excluyente, pues admite otras lecturas desde un perspectiva no creyente.

Nadie ha fotografiado la luz escandinava como Sven Nykvist, el director de fotografía de Bergman, que es capaz de captar las noches blancas como nadie, y que, en Sacrificio, ha logrado acompañar ese presagio del fin del mundo con una continua degradación del color, ausente casi por completo de algunos planos. Sin duda, el tándem Tarkovski-Nykvist ha funcionado a la perfección en su única colaboración, y eso a pesar de que al director ruso le gusta mucho mirar directamente a través de la cámara, algo que a los directores de fotografía no les suele gustar.

En cierto modo, Sacrificio, dedicada a su hijo, con el que, tras su exilio, únicamente pudo reencontrarse al final de su vida, es una suerte de legado espiritual, un auténtico testamento fílmico en el que Tarkovski va recopilando elementos dispersos a lo largo de toda su filmografía: la música (El violín y la apisonadora), la guerra (La infancia de Iván), los iconos (Andrei Rublev), otros mundos (Solaris), el desastre nuclear (Stalker), lo espiritual (El espejo) y la crisis de fe del mundo contemporáneo (Nostalgia).

Sacrificio es una película sobre la ausencia de la espiritualidad en nuestro mundo, un largometraje lírico, una parábola poética en imágenes. Si Eisenstein, en El acorazado Potemkin (1925), situaba al ser humano frente a la Historia, Sacrificio lo sitúa ante Dios. Tarkovski captura la vida como un reflejo, como un sueño. Como todas sus películas, Sacrificio es una exploración sobre la conciencia humana, tal como afirma Carlos Tejeda en la monografía que le ha dedicado al director de Solaris. El suyo es un cine trascendente, filosófico, religioso en el sentido más amplio del término. Como afirma el propio Tarkovski, "es imposible una película en la que en sus planos no se advirtiera el flujo del tiempo". Para conseguirlo, utiliza planos muy largos, en los que se nota fluir el tiempo, ya que los personajes desfilan por delante de la cámara, que se mueve con ellos, que los deja salir de plano, que se acerca, que se recrea, en fin, hasta lograr planos‑secuencia de más de diez minutos.

Todo el cine de Tarkovski tiene que ver con esa idea de "escribir en el tiempo", de "esculpir en el tiempo", de crear el tiempo necesario sobre la pantalla: "El ritmo cinematográfico está determinado no por la duración de los planos montados, sino por la tensión del tiempo que transcurre en ellos". El sacrificio al que se refiere el título es el del propio protagonista, Alexander, que ofrece todo cuanto tiene a Dios, a un Dios al que ha hablado por vez primera. En ese fuego purificador que aparece al final arde toda su vida anterior, pero poco importa, pues el mundo vuelve a caminar y se ha salvado gracias a un solo hombre, que ahora, en consecuencia, debe cumplir la promesa hecha a Dios y renunciar a todo, incluso a su hijo.

Al cabo, eso es lo que encontramos en Sacrificio, un viaje por el interior de un ser humano, por su espiritualidad recién descubierta. La última escena -el niño que recupera el habla, el árbol seco, el agua del lago, la luz del sol...- cierra una de las filmografías más insólitas de la historia del cine, pero, al mismo tiempo, más coherente e innovadora.



 La responsabilidad moral del individuo

Es fácil responder, sin rodeos, a la pregunta de qué es lo que me fascinaba del tema del sacrificio. A mí, como persona con convicciones religiosas, me interesa sobre todo alguien capaz de entregarse en sacrificio, ya sea por un principio espiritual, ya sea para salvarse a sí mismo, o por ambos motivos a la vez. Un paso así presupone apartarse radicalmente de toda intención primaria y egoísta; es decir, esa persona actúa en un estado existencial más allá de la lógica “normal” de los acontecimientos, ha quedado libre del mundo material y de sus leyes. A pesar de ello (o quizá incluso precisamente por ello) su acción origina transformaciones visibles.
(Andrei Tarkovski, Esculpir en el tiempo. Página 239)
Tras el anuncio de Tarkovski de no volver a la URSS, la oferta más interesante para rodar su próxima película le llegaría desde el territorio de su admirado Ingmar Bergman: Suecia. Escribe entonces el borrador de una historia (de título provisional La bruja) sobre un hombre al que se le diagnostica una enfermedad terminal, incurable. Un día recibe la visita de otro hombre, que le trae un mensaje aparentemente ridículo: debe ir a ver a una mujer dotada de poderes mágicos, una especie de bruja, y dormir con ella. El protagonista lo hace y queda milagrosamente curado. El milagro supone toda una revelación, y el hombre decide entonces sacrificar toda su vida y posesiones e irse a vivir con la bruja. Como ya ocurriera con Nostalgia, Tarkovski no sabe hasta qué punto está hablando, desgraciadamente, de su propia vida, pues meses después será a él mismo a quien diagnosticarán un cáncer terminal.
Varios cambios sobre el borrador de La bruja acabarían dando forma al guion (el primero escrito por Tarkovski en solitario) de su última película: Sacrificio (1986). Su protagonista, Alexander (interpretado por el bergmaniano actor Erland Josephson, quien ya fuera el Domenico de Nostalgia) es un actor de teatro divorciado que vive aislado en una hermosa casa en el campo con la única compañía de su querido hijo, al que habla (como ya hiciera Domenico) sobre la decadencia de la civilización moderna y la preocupante deriva del mundo. El día de su cumpleaños recibe la visita de su exmujer, la nueva pareja de esta, su vecino y otras personas. Entonces, súbitamente, se desencadena lo que parece ser el inicio del Apocalipsis en forma de guerra nuclear (nuevamente Tarkovski muestra los detalles que hacen avanzar la acción en su mínima expresión, casi por obligación y con fastidio, decidido a mostrar más bien los efectos que esos acontecimientos tienen en los protagonistas), y Alexander decide sacrificarlo todo, su casa, su vida y su familia, en un gesto radical, desinteresado y aparentemente incomprensible para que la amenaza global desaparezca. Nuevamente Tarkovski está hablando de sí mismo: de hecho la historia que Alexander cuenta a su hijo sobre cómo su madre y él hallaron la hermosa casa de campo está sacada de su propia vida: habla de la casa que él y su esposa Larisa adquirieron en Rusia, y que ya jamás volverían a ver. Y el film concluye con la cita: “Esta película está dedicada a mi hijo Andriushka, con esperanza y confianza”.
Por estos y otros motivos, Sacrificio es un film asombroso, emocionante e inspirador a varios niveles, rodado no solo con un actor fetiche de Ingmar Bergman, sino en su ambiente y con el director de fotografía preferido del maestro sueco: Sven Nykvist. La película, sin embargo, es a todos los efectos un film de Tarkovski, y contiene varios de sus larguísimos y característicos planos secuencia. Dos destacan principalmente: el primero, el de nueve minutos de duración que abre la película, cuyo ritmo provocó la salida de varios espectadores de la sala en su estreno en Cannes. El hecho fue comunicado a Tarkovski, a quien por entonces la enfermedad ya había postrado en la cama de un hospital de París, y este se jactó jocosamente de haber hallado un modo tan eficiente de elegir a su público. El segundo plano secuencia notable de la película es su portentosa escena final, posiblemente la más prodigiosa de toda la carrera de su director: todo un tour de force técnico y logístico que implicaba la destrucción total de un decorado y que hubo de ser rodado dos veces: la primera vez todo salió mal, para desesperación de Tarkovski. Los productores propusieron entonces rodar la escena de otra manera, con maquetas y con inevitables cortes de edición. Tarkovski, consciente de que la implicación emocional del público crece en las secuencias largas sin cortes, no cedió y consiguió convencerles para obtener su segunda (y última) oportunidad. El decorado fue reconstruido y varias semanas después todo el equipo se conjuró para rodar en una única toma la escena clave del film. Esta vez todo salió bien. El resultado es una de las grandes escenas de la historia del cine.
Sacrificio obtuvo cuatro premios en el Festival de Cannes de 1986. La Palma de Oro, sin embargo, recayó en La misión, de Roland Joffé, lo que provocó la airada crítica del presidente de la República Francesa, François Mitterrand. Meses antes, el propio Mitterrand había enviado una carta a Mijaíl Gorbachov solicitando la salida inmediata de la URSS del hijo de Tarkovski para que pudiera despedirse de su padre, ya terriblemente enfermo en un hospital de París. Como consecuencia de estas y otras gestiones diplomáticas llevadas a cabo en los últimos meses por Tarkovski y su esposa, los soviéticos finalmente accedieron y en enero de 1986 Andriushka pudo trasladarse a Francia a ver a su padre. En mayo de ese mismo año iría también a Cannes a recoger en su nombre los premios obtenidos por Sacrificio en el festival.
El maravilloso documental de Chris Marker Une journée d’Andrei Arsenevitch muestra el reencuentro de padre e hijo en el hospital. En él se afirma que cuando los funcionarios de la embajada fueron a comunicar a Tarkovski la noticia de la próxima llegada de su hijo, este los tomó por asesinos del KGB que venían a liquidarle. Existe de hecho una teoría difícilmente demostrable según la cual la enfermedad que llevó a la tumba al director, a su mujer en 1998 y a su actor predilecto (Anatoli Solonitsin) en 1982 (cáncer de bronquio derecho en los tres casos, sorprendentemente) podría haber sido provocada por un envenenamiento, aunque también se dice que la proximidad a aguas residuales tóxicas durante el rodaje de Stalker pudo ser la causa, como vimos.
En el documental vemos también cómo Tarkovski supervisó todo el montaje final de Sacrificio desde su cama del hospital, consciente de que sería su última película. De hecho el film se cierra con la misma imagen que abría su ópera prima, La infancia de Iván: un niño al pie de un árbol. Se cerraba así el círculo poético, maldito y trágico de su breve e impresionante filmografía. Posiblemente resonaban entonces en su cabeza las mismas palabras que él mismo había dicho en cierta ocasión a cuenta del último episodio (La campana) de su colosal Andrei Rublev: “En el arte, otro asunto importante es el de la experiencia. En la película se dice que es imposible pasarla a los demás. La gente dice que se aprende de la experiencia de los padres. Eso sería demasiado fácil. Los niños se niegan a recibirla de nosotros y hacen bien. Desgraciadamente, debemos construir nuestra propia experiencia. Y una vez la tenemos, nuestra vida se termina”.
Andrei Tarkovski falleció en París el 29 de diciembre de 1986, a los 54 años. Sus restos no fueron trasladados a su país, sino que reposan en el cementerio ruso de Sainte-Geneviève-des-Bois, a las afueras de la capital francesa. La inscripción en su tumba reza: “Al hombre que logró ver al Ángel”.