Ficha Cinematográfica: https://www.filmaffinity.com/es/film667037.html
Crítica: (Antonio Bazaga 2015)
Entramos hoy en el extraño universo onírico creado por Alain Resnais en la película ‘El año pasado en Marienbad’. Dejen lo racional a un lado y sumérjanse en una de las películas que, en 1961, más revolucionó el lenguaje cinematográfico. Y dedíquenle todo su amor. O parte de su odio.
Que el cine es un arte está claro, cuando menos en concepto, y por ello se le ha venido a denominar el séptimo, sumándose a las seis grandes artes descritas en el Renacimiento: literatura, música, pintura, escultura, arquitectura y danza, viejas conocidas de la historia. Que además es otra cosa, entretenimiento, espectáculo, industria…, tampoco es menos cierto, y es además la razón por la que predominantemente se le conoce.
Como arte, tan sólo tiene una edad de poco más de cien años; y aunque pueda parecernos extraño, los momentos culminantes de cambio y avance no han sido tantos, si prescindimos de las novedades de formato, sonido, color…, es decir, las técnicas; pero nos referimos a las verdaderas mutaciones o innovaciones en la narrativa, en la forma de contar, de relatar, de decir; en fin, de desarrollarse como lenguaje cinematográfico más allá de su estructura meramente contemplativa.
Dicho esto, Un Viernes de Cine quiere hablarles hoy de una de esas películas que rompe con el canon establecido y que se instrumenta, en un salto al vacío, bajo la silueta de una nueva fórmula narrativa. El año pasado en Marienbad (L’année dernière à Marienbad, 1961), de Alain Resnais.
Aventurarse a escribir sobre este trabajo casi puede tomarse como una locura; quizá haya llegado el momento de perder el juicio esperando la primavera. Si no me creen, escuchen lo que decían de su criatura los dos hacedores, Resnais y el escritor Robbe-Grillet (autor del guión), sobre la intención de su obra: «No importaba tanto lo que se relataba, sino cómo se relataba».
Pues bien, esta fascinante creación que algunos han querido describir como una alegoría sobre la muerte o como una clara inmersión en el mundo de los sueños, como la representación pura del deseo, como el perturbador universo de la creación poética o el inmenso y por tanto inabarcable espacio de las ideas, da aún para múltiples interpretaciones más, y, con seguridad, a posibles y razonables argumentos de los que tan sólo usted puede ser el creador.
Pues una historia tan sencilla como bien pudiera parecer su trama, les aviso ya, es únicamente una idea plausible de aquello que podría ser el argumento y nada más. La historia real está dirigida a las emociones del espectador a través de su representación, y a que la desconcertante conjunción de imágenes y palabras tenga un significado en él, huérfano de paraguas de cualquier racionalidad.
Y he aquí lo que parece querer contarnos: En un suntuoso y barroco hotel, un hombre trata de persuadir a una sofisticada mujer de que, el año anterior en Marienbad, donde se conocieron, le prometió que si la esperaba todo este tiempo, abandonaría a su esposo y se fugaría con él. Pero la mujer parece no recordar ni aquel encuentro ni mucho menos aquella promesa.
Tratar de aferrarse a la razón para comprender esta película es fracasar en el intento, ya que esta rareza -imposible poder calificarla de otro modo-, inusual y libre de compromisos, rompe con la estructura cronológica y los tiempos académicos, dejando al espectador desvalido, ante su desconcertante, pero apabullante y hermoso, laberinto físico y mental, como una trampa, un juego a través del cual deberá componer y recomponer la historia bajo su libre voluntad, con su propio hilo de sensaciones.
Para todo ello, Resnais se vale de una puesta en escena minuciosa, cercana a la coreografía, casi una danza, manejando el travelling, la repetición de planos, los saltos de eje y la rotura premeditada del tiempo y el espacio, haciendo conciliar lo narrado en off con lo visualmente mostrado, un experimento nunca antes desarrollado.
La cinta de Resnais es de esas escasas películas que enlazan de manera descarnada la literatura y el arte visual, tomando importancia incluso por separado y envolviéndolas juntas en un soberbio ejercicio cinematográfico. Tanto el guionista como el realizador trabajaron individualmente sin la influencia del otro; una vez escrito el libreto, Robbe-Grillet lo dejó en manos del realizador, que transcribió en imágenes lo escrito, desde su perspectiva más escrupulosa.
Es cierto que El año pasado en Marienbad tiene tantos seguidores como detractores; unos que alaban su carácter innovador, su atmósfera ensoñadora y sensual, su apuesta por un mundo de ideas, de sensaciones…, y otros que abjuran de su carácter pedante, de su falta de coherencia y de su ritmo analítico desasosegante fuera de cualquier convencionalismo.
De ustedes depende adjudicarse uno de los colores; pero si le dan la oportunidad, quizás más de una, observen la impecable fotografía en blanco y negro y en CinemaScope –digna más bien de una superproducción que de un experimento de la nouvelle vague- de Sacha Vierny, fotógrafo de la también indescriptible obra anterior del director, Hiroshima mon amour.
Contemplen una puesta en escena tan fascinante como desconcertante, laberíntica y desproporcionada a veces y no por ello menos embaucadora. «Pasillos, alfombras, estucos, espejos y más pasillos, alfombras…», narra constantemente la voz en off, verdadera protagonista del filme.
Disfruten de la arquitectura, la luz y la penumbra como personajes; cómo olvidar ese jardín de setos triangulares sin sombras frente a las desproporciones de los personajes, personajes objeto como esculturas dentro de un tablero, o el asombroso brillo de las miradas y los labios, la delicadeza de los gestos y la rigidez de los cuerpos y los muros.
Si entran, háganlo precipitándose incluso en el desasosiego, dejándose herir y estremecer por esa música de órgano recurrente, que pareciera salir de los dedos de un Bach ebrio en una noche de composición en fugas. Háganlo todo suyo, como si, aburridos en el metro, jugasen a inventarse la historia de los cuerpos y mentes que les rodean, mezclando sonidos y palabras, miradas y conversaciones, llevándolas al terreno que les apetezca.
Y, si no, ódienla, tiren por tierra cualquier teoría, detesten tanta incoherencia, pero de cualquier forma, no olviden, si la ven, que quizás sin ella no habrían existido El ángel exterminador o El resplandor, gran parte de la narrativa de Scorsese, el mundo de Lynch y muchas otras más.

