Ficha Cinematográfica: https://www.filmaffinity.com/es/film768126.html
Enlace para ver el film: https://www.filmin.es/pelicula/amor?origin=searcher&origin-type=secondary
Biografía Michael Haneke: https://es.wikipedia.org/wiki/Michael_Haneke
Crítica
Silencio. Silencio respetuoso. Silencio mortuorio… Silencio.
Así presenta Michael Haneke su última película. Y así la recibe un público que
ocupa la platea con una actitud respetuosa, expectante, cautelosa, atemorizada,
inquieta, doliente, que no indolente; cercana a la que nos embarga cuando
participamos de un velatorio por la muerte de un ser, querido en mayor o menor
mesura, pero, en cualquier caso, cercano. Es Amour una
película ejemplar desde cualquier punto de vista que la queramos analizar. Y a
pesar de su transversal virtuosismo se enfrenta a un gran pero: la
vida. Quizá no tanto la vida, como la experiencia vital,
compungida y hastiada de unos espectadores que, probablemente, rechazaremos
gran parte del material cinematográfico que se presenta ante nuestros ojos,
mostrándonos altamente intolerantes ante el aséptico punto de vista narrativo
de Haneke (que no conceptual, si no ilimitado en contenidos) para plasmar una
situación muy concreta, una gestión de las emociones, impulsos e instintos
primarios (que provocarán reacciones y acciones trascendentales e irrevocables)
complejísima y desolladora y un doloroso hasta la extenuación y, aunque parezca
contradictorio, conformista, claudicante, relativizado y desdramatizado
instinto de supervivencia. ¿A quién le duele la muerte de un ser querido? ¿A
quién se queda o al que se va? La respuesta está clara. Entonces, ¿por qué
tanto dolor? ¿Por qué el sufrimiento?
¿Por qué, pues, hacer el esfuerzo de experimentar Amour?
Sinceramente, no lo sé. Una duda que me embarga después de fustigarme con
el visionado de cualquiera de los títulos del realizador. Haneke duele.
Se instala en el rincón más escondido, en el núcleo de
nuestro sistema nervioso para conseguir dominar nuestra conciencia y provocar
que mantengamos un encendido y acalorado debate (con)tra nosotros
mismos, cuestionando todo y a todos: nuestras motivaciones, nuestras
preocupaciones, nuestras interacciones con el prójimo, los vínculos de sangre,
el placer que nos provoca autoinfligirnos dolor, el ataque violento contra
aquél más indefenso que nosotros (y el placer que, una vez más, experimentamos al
impartirlo)… Cuántas veces un servidor no ha deseado disponer de un mando como
el que utiliza Paul (Arno Frisch) en la espeluznante Funny Games (1997)
para rebobinar una escena, para volver a adormecer un impulso sádico, para
revocar una inquietud… Imposible e infructuoso intento de reestablecer la
calma. Con Haneke no hay vuelta atrás y, aun así ahí seguimos de manera total y
voluntariamente masoquista, cómplices del terrorismo psicológico y
cinematográfico del realizador austríaco. A pesar del título, Amour,
sigue esta perturbadora dinámica apuntalando los cimientos autorales con alguna
que otra vuelta de tuerca.
Como apuntábamos al principio, nos encontramos ante una
película ejemplar. Tanto desde el punto de vista narrativo como argumental,
Haneke delimita y acota concienzuda y muy claramente qué es lo que quiere
explicar, dónde coloca la cámara y qué papel jugamos los espectadores desde un
principio. El realizador nos situará en el escenario del Théâtre
des Champs Elysées, mirando hacia el público, donde se encuentran Georges
(Jean-Louis Trintignant) y Anne (Emmanuelle Riva), que asisten a un concierto
sinfónico del pianista Alexandre Tharaud (interpretándose a sí mismo en el que
sea, quizá, el único juego que se permite Haneke en la cinta que nos ocupa). En
el escenario, pues, nos encontraremos en un primer momento; como un pasajero
más del autobús en el que vuelven a casa la pareja de ancianos a continuación,
para más adelante encontrarnos, de nuevo, dentro del piso que habita el
matrimonio. De nuevo, porque es desde ahí donde empezamos la película, que
arranca con lo que parece un desahucio, aunque enseguida veremos que nos
encontramos ante el descubrimiento de un cadáver, secuencia que servirá de
prólogo y epílogo a la vez, ya que lo que veremos a continuación será un largo
y doloroso flashback, del mismo modo que la vida lo es de la
muerte, algo que desde que nacemos (aunque quizá no seamos conscientes en ese
primer momento) sabemos que será nuestro desenlace. ¿Por qué estamos allí? Si
el tono de la película fuera otro podríamos engañarnos pensando que Haneke
quiere que velemos al muerto, que nos empapemos de la desgracia y sufrimiento
de sus protagonistas, pero no. A medida que avanza el metraje nos mostraremos
asépticos (ya lo hemos comentado) e implacables, nos colaremos sin avisar en la
intimidad de la pareja protagonista. Empezaremos rondando, asomando la cabeza,
esperando en los pasillos del domicilio o escuchando tras las puertas para poco
a poco y con sigilo colarnos en la cocina, en el dormitorio, incluso en la cama
de los protagonistas. El realizador austriaco nos transforma en el simbólico
esqueleto que empuña la temida guadaña. Sí señor, convirtiéndonos no en
víctimas, sino en el más poderoso y temido verdugo: la muerte. Espeluznante y, una
vez más, portentoso y (des)humanizado Haneke.
Simbolismos y analogías disfrazadas de realismo. Realismo
mágico, género metalingüístico (y hasta ahora literario) que trata de mostrar
estilísticamente lo irreal o extraño como algo cotidiano y común, cuyo interés
no se centra tanto en suscitar emociones o apelar a los sentimientos, sino
expresarlas a través de una marcada actitud frente a la realidad. Por si fuera
poco, el realizador no se centra, como podía parecer en un principio, en el
personaje de Anne, la enferma, sino en Georges. Para ello cuenta con dos
cómplices de excepción: Emmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant. Excelsa ella,
colosal él. La actriz (re)crea meticulosamente todo el proceso de degradación
física y mental con una verosimilitud encomiable como pocas, que si no consigue
trascender su ilusión de verdad, para convertirse en verdad auténtica,
es sólo porque, obviamente, no puede borrar de nuestra memoria a esa abuela,
esa madre, esa amiga a las que, por vicisitudes de la vida, nos ha tocado
acompañar durante esos últimos momentos. Riva se entrega totalmente a su
personaje, haciéndonos partícipes de la sorpresa inicial al saberse enferma, la
negación de la enfermedad, el deseo fútil de valerse por sí misma hasta el
último momento… Pero donde más nos conmoverá será en su empeño por no
convertirse en una carga para su marido, eximiéndole de toda responsabilidad
hacia ella pero implorándole, a la vez, no volver a la consulta del médico y en
la plasmación de la irrevocable pérdida de facultades, del miedo, del
desamparo, de esos breves instantes plenamente conscientes de su estado que
desembocan en largas horas de abismal e inconsciente incertidumbre…
Pausa y párrafo aparte para Jean-Louis Trintignant,
inconmensurable, definitivo y definitorio con su interpretación de un estado
anímico que, hasta el momento del visionado de la película, creíamos imposible
de plasmar en cualquier otro recoveco que en lo más profundo de nuestra
intimidad, de nuestra memoria. Colosal mano a mano del Haneke guionista, que
construye uno de los personajes más complejos que un servidor ha disfrutado en
la gran pantalla (si no el que más) y de un actor que se muestra capaz de todo
y más: cada gesto, cada mirada, cada palabra y cada movimiento están ahí, en su
lugar, porque no puede ser de otra manera. Un personaje que se convertirá en
nuestro propio antagonista, del público, echándonos un triunfante pulso final
que se saldará con un portazo, siendo la muerte prisionera de sí misma y
quedando atrapada en el piso donde transcurre prácticamente la totalidad de la
acción. Trintignant protagoniza algunas escenas que, al igual que su
interpretación, quedan ya cinceladas a perpetuidad en la retina cinematográfica
de éste espectador: la rebelión silenciosa y vehemente renuncia contra todos
aquellos que parece que buscan antes el consuelo que la capacidad de apoyar o
ayudar a la pareja protagonista, incluida su hija Eva (interpretada por
Isabelle Huppert), saldada con una sintética e irrevocable sentencia: “…no
tengo tiempo para vuestra preocupación”; la pérdida de los nervios ante la
tozuda negativa de la esposa a ser alimentada (brutal) y la emocionantísima
escena en que después de negarle a la muerte la capacidad de ocupar el cuerpo
de su esposa de manera natural, George muestra todo el cariño que todavía es
capaz de dar, sosteniendo y acurrucando a una paloma que se ha colado en el
piso entre sus brazos. Nos quitamos el sombrero ante Jean-Louis Trintignant, sí
señor. Sin duda, la interpretación del año.
A destacar cuatro escenas más que al aquí escribiente le
parecen explícitamente dolorosas y, a pesar de todo, hermosas y alegóricas. En
definitiva, maravillosas. Haneke introduce una falsa salida por la tangente
cuando George y Anne vuelven del concierto inicial. Parece que la puerta de su
domicilio ha sido forzada, que han intentado robar, infructuosamente, en su
hogar. Una vez más, como al principio de la película, nos encontramos dentro
del inmueble. Somos nosotros, la muerte, los que hemos forzado la puerta, los
que nos colamos violentamente en la plácida existencia de la pareja, los
que robamos los últimos días de vida de Anne. Sigilosamente
iremos adueñándonos de la casa (así como del cuerpo de la mujer). Doble y
maravillosa alegoría: la muerte como robo de la vida y el piso como esqueleto
estructural similar al cuerpo humano, continente de la vida del personaje
femenino. Espeluznante también la pesadilla que sufrirá George: realista,
asfixiante, acongojante, impresionante. Otra fase del pulso que el personaje de
Trintignant realizará con la calavera de la guadaña. Sórdida y, una vez más,
capaz de dejarnos catatónicos, embelesados y, a la vez, compungidos, la escena
en que George escucha cómo su esposa toca el piano (no habrá banda sonora en la
película a excepción de unas cuantas piezas esporádicas y escogidas entre el
repertorio de Schubert, Beethoven y Bach) para acto seguido pausar el
reproductor donde realmente sonaba la música y escuchar, una vez más, el
silencio. Finalmente, no revelaremos nada más de la escena, pero queda dicho
que deberemos escoger entre flores y estrellas, y como Haneke, nos quedaremos
con las flores.
Poco más queremos decir de Amor. Un único (y
último) reproche. Para los que hemos vivido una situación similar, no acabamos
de ver qué puede aportarnos volver a experimentar una sensación parecida (que
no igual). Para todos aquellos que todavía no han pasado por ello, afirmamos
que no les hace ninguna falta adelantar acontecimientos de tal magnitud. Aun
así, para los que creemos que el dolor provocado por la muerte de un ser
querido no se debe superar, sino que es algo que debe acompañarnos mientras
vivamos, ya que es de ahí de donde exprimimos y aprendemos las mayores y más
útiles lecciones de vida, aplaudimos ese último portazo que comentábamos antes
y que haya realizadores como Haneke que compartan con nosotros su rabia e
inquietud ante la crudeza de unos hechos que son capaces de desbarajustar
nuestro mundo (exterior, pero sobretodo interior) en cuestión de segundos. Como
decía Anna Lizaran, ACTRIZ, que ha fallecido hace pocos días (y a la que me
permitirán dedique este texto), “Si es fa bé, també agrada!” (“Si se hace
bien, ¡también gusta!). Y, una vez superada la pataleta y nuestro rechazo
inicial, reconocemos que el señor Haneke lo ha hecho muy, pero que muy bien.
Como corresponde en estos casos, mostraremos nuestra más profunda admiración
hacia el autor y su obra, del mismo modo que la recibimos: sumidos en el más
absoluto y respetuoso silencio.

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