Ficha cinematográfica: https://www.filmaffinity.com/es/film924464.html
Biografía Ingmar Bergman: https://es.wikipedia.org/wiki/Ingmar_Bergman
Crítica:
Para muchos, Fresas Salvajes es la
mejor película de Ingmar Bergman, para otros, una obra muy correcta pero en
exceso sobrevalorada De lo que no hay duda es de que, por su profundidad,
elegancia y perfección técnica se encuentra entre las películas más relevantes
e influyentes del cine europeo.
Ingmar Bergman nos regala un relato complejo pero a la vez
de alcance universal, trágico pero con toques de humor, duro y contundente en
algunos pasajes pero tierno e inocente en otros, una historia, un viaje que nos
atrapa de principio a fin a través de oníricos y exquisitos planos,
inolvidables secuencias y una dirección de actores magistral. Con todo
ello, Fresas Salvajes constituye una obra maestra de
referencia, una joya intimista que brilla por su contención y sobriedad,
perfecta recreación agridulce de la espera de la muerte en la que los
recuerdos, el pasado y lo olvidado vuelve como las olas a la orilla del mar,
sencillamente una obra preciosa.
La historia es bien sencilla, en esta dinámica, peculiar y
bella “road movie” nórdica, gélida y muy cálida al mismo tiempo, el
protagonsita es Isak Borg (inmenso Victor Sjöstrom, de principio a fin), un
veterano y reputado médico de setenta y ocho años al que le comunican que va a
ser nombrado Doctor Honoris Causa en la Catedral de Lund por sus cincuenta años
dedicados al trabajo y a la investigación en la medicina.
Esa misma noche sufre un sueño premonitorio en el que,
paseando por las solitarias calles de una ciudad, presencia el paso de un coche
fúnebre que después de un fuerte choque deja caer un ataúd en el que ve su
propio cuerpo, una premonición de su muerte que le empujará a reflexionar y
prepararse para el final. A pesar de la larga distancia del trayecto, y en
contra de los consejos de su ama de llaves (con la que mantiene una relación de
cariño y respeto encubierto por continuos desacuerdos y discusiones, uno de los
pocos toques de humor en la película, y en el cine en general de Bergman)
decide emprender el viaje por carretera, conduciendo su propio coche.
Junto a él, le acompañará su nuera, Marianne (Ingrid
Thulin), en plena crisis matrimonial con su marido Evald (Gunnar
Björnstrand), y que le irá recordando a lo largo del recorrido, muchos de
sus errores del pasado. De camino hacia su destino, los protagonistas deciden
parar en la casa en la que Isak pasaba los veranos de su infancia con su
familia, una casa de campo en la que, como él todavía recuerda, crecen fresas
salvajes. En esta parada, los recuerdos de tiempos pasados vendrán a su mente y
se fundirán en el presente como parte de la misma realidad en la que el mismo
Isak estará físicamente presente en los momentos de su niñez y juventud.
En esos recuerdos, presentados en forma de flashbacks,
aparecerán personajes de su pasado, como el interpretado por una joven Bibi
Andersson como su primer amor, distantes pero cercanos, con el mismo estilo
narrativo por momentos que el relato de A Christmas Carol, de
Charles Dickens.
A través de la fotografía de Gunnar Fisher, el espectador sigue al personaje
interpretado pro Victor Sjöstrom en un viaje, exterior pero sobre todo
interior, en el que se dan cita multitud de temas y experiencias que Bergman
trata con sutil delicadeza y elegancia, tales como el aislamiento de la vejez,
la reflexión sobre los errores del pasado, el egoísmo de la indiferencia hacia
los problemas de los demás, incluida la propia familia, la frialdad en las
relaciones, el distanciamiento provocado y el arrepentimiento, la redención, la
pérdida de los recuerdos borrados por una memoria selectiva, la decadencia al
fin y al cabo de un hombre frío, que cerca del momento de mayor frialdad
de su vida, su muerte, revive instantes de suma calidez, como su
infancia o su primer amor, un primer amor que, con la tragedia como toque
distintivo del director sueco, queda manchado por el sabor amargo de la no
correspondencia. Bergman sabe y demuestra que por cada cucharada de miel viene
otra de hiel.
La historia, como bien se ha indicado, es la historia de un
viaje, un viaje hacia el reconocimiento y hacia la muerte, y como
característica de la “road movie” no podía faltar el habitual elenco de
personajes que se van uniendo de forma esporádica a nuestros protagonistas. Por
una parte, están los jóvenes con los que se encuentra en la finca donde pasaba
la infancia, una chica y dos chicos que sienten respeto y admiración por el
entrañable anciano y que connectan su solitaria y distante vejez con la
vitalidad y energía de su olvidada juventud, pero además, encontramos a la
pareja, marido y mujer, en constante discusión, cansados el uno del otro y a
los que Isak se ve obligado a echar de su coche.
El viaje llega a su final, a la ceremonia en la Universidad
de Estocolmo, pero la escena es breve y pasajera, casi, o explícitamente, como
un pretexto, un Mcguffin que el director ha incluido para justificar lo
verdaderamente importante: el viaje, lo que recuerda al eterno poema de
Kavafis, la bellísima y universal composición “Ítaca”, aquello que de verdad
importa no es el destino al que llegamos, sino lo que vivimos en el recorrido
del trayecto, las experiencias, los recuerdos, las personas a las que
conocemos, aprender de nuestros errores, reconocer nuestras faltas y saber
pedir perdón, disfrutar del camino y apreciar que al final es más importante
dejar huella en nuestro viaje que alcanzar el fin sin saborear cada paso, lo
transcendente y profundo del filme queda patente, la reconstrucción de un
personaje a través de sus recuerdos en forma de flashbacks, el
resto, la entrega del premio, el final y propósito del viaje, no tiene más
importancia.
Esta
es una gran película sobre la vejez, pero no es la única que ha retratado este
tema en el cine. Así, la exquisita y redonda Muerte en
Venecia (Morte
a Venezia, Luchino Visconti, 1971), de Visconti, la enternecedora En
el Estanque Dorado (On Golden Pond, Mark Rydell, 1981), con
Henry Fonda y Katharine Hepburn, o la más reciente y excelente Nebraska (Alexander
Payne, 2013) son sólo algunos ejemplos de cómo esta última etapa de nuestra vida queda inmortalizada
en el celuloide. En concreto, Nebraska es
un perfecto ejemplo que podría decirse que se ha inspirado directamente en la
película de Bergman, no sólo por el uso intencionado del blanco y negro, sino
por conferirle el carácter de una road movie, con parada incluso en
los sitios de la infancia y la definición de un personaje a través de sus
vivencias pasadas, brillante.
En cuanto a las interpretaciones, como hemos comentado,
Victor Sjöstrom llena cada plano en el que interviene, con su mirada perdida,
sus silencios estratégicamente situados, sus gestos y movimientos, exquisita
expresión de una melancolía palpable, sencillamente perfecto.
La elección de Sjöstrom como protagonista por parte de
Bergman tiene algo de símbolico. El que fue, y siempre será, uno de los
pioneros y grandes directores del cine mudo, con obras tan maravillosas e
imperecederas como El Viento (The Wind, 1928)
o La Carreta Fantasma (The Phantom Carriage,
1921), interpreta aquí a un anciano de setenta y ocho años, exactamente los
mismos que él tenía en el año del estreno del filme, que espera el momento de
su muerte, de un final que pronto llegará, al que se acerca en un viaje, en el
que reaparecerán antiguos recuerdos, y no hay que olvidar que Fresas
Salvajes fue la última aparición de Victor Sjöstrom en la gran
pantalla, su última película, un final profesional y vital perfectamente
aunados, a través de una gran película, Isak y Victor se unen en un solo
personaje, la muerte cinematográfica traspasa el celuloide y se asienta en la
vida real.
Fresas Salvajes es una película que
explora la fríaldad humana en un momento vital delicado como es la vejez, a
través de un viaje existencial íntimo, con el recurso de la comparación
metafórica de la medicina, con ese distanciamiento e indiferencia hacia los
sentimientos, el afecto y la calidez. En ese punto el diálogo sobre la
extirpación de los recuerdos de Isak como una operación de cirugía perfecta,
sin dejar el más mínimo rastro en la memoria, es excelente. Una película
necesaria y exquisita como el título que la define.

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