"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".

sábado, 1 de febrero de 2020

04 Pierrot el loco





Crítica: 

Jean-Luc Gordard es, a día de hoy, una de las vacas sagradas cuando se trata de hablar
de la historia del cine, uno de esos «dinosaurios» cuya leyenda empieza a superar a su
propio trabajo actual. Y eso que, a sus más de 85 años, sigue en activo y –lo que es aún
más admirable– sin bajarse del carro de la transgresión en el que ha estado instalado
desde sus inicios.
Mientras la mayoría de cineastas que denominamos «innovadores» lo son más bien en
el aspecto visual y/o narrativo, Godard siempre ha ido un paso más allá, cuestionando
en profundidad los principios del propio cine, y configurando una obra heterodoxa y
difícilmente abarcable que le hace prácticamente inaccesible para gran parte del público.
“Pierrot el loco” (“Pierrot le fou”, 1965) supone un punto de inflexión en su filmografía,
si es que es posible encontrar puntos de inflexión en una trayectoria que ha navegado en
la irregularidad y en la continua reformulación de su propio arte. Hasta ese momento,
sus filmes habían tenido como telón de fondo más o menos definido la subversión de los
géneros del cine clásico, ya sea el policíaco en “Al final de la escapada” (“À bout de
souffle”, 1960) o el de ciencia-ficción en “Lemmy contra Alphaville” (“Alphaville, une
étrange aventure de Lemmy Caution”, 1965), por poner dos ejemplos. Godard conocía
bien el cine clásico tanto francés como de Hollywood desde sus tiempos como crítico en
la revista Cahiers du Cinéma, pero a diferencia de otros colegas como François Truffaut
(dotado de un sello muy personal aunque adherido todavía a los estilemas del cine
narrativo convencional), el director parisino optó desde el principio por el
cuestionamiento de las características intrínsecas no sólo del cine, sino de la narración
en general.
Como él mismo dijo de su obra, «Pierrot no es realmente una película, es un intento de
cine. La vida es el sujeto, con el Cinemascope y el color como sus atributos… En
definitiva, la vida llenando la pantalla igual que la tapa que cierra el inodoro que se está
vaciando al mismo tiempo». Sea como fuere, Godard priva al espectador del cómodo
salvavidas que supone una narración al uso con su aristotélica estructura de
presentación, trama y desenlace. En lugar de eso, ofrece un relato sesgado, lleno de
incongruencias espaciales y temporales e insertos de fotogramas sin ningún sentido
para la trama (carteles, letreros luminosos), todo ello aderezado con continuos ataques
al montaje tradicional en forma de saltos de eje, fallos de raccord, desencuadres,
discontinuidad de la banda sonora, etc. Unos aspectos que son, por otro lado, «marca de
la casa» desde sus primeros filmes y que tienen un marcado sentido estilístico.
Pierrot es, por intentar definirla de alguna manera, una película sobre el amor y sobre la
vida. La sencilla trama argumental (una pareja huye desde París hacia la costa
mediterránea mientras son acosados por la policía y unos gangsters relacionados con el
pasado de ella) es una mera excusa para que Godard, a través de sus personajes,
reflexione sobre el amor, el vacío y la nada. Y, por supuesto, sobre el propio cine. Resulta
en este sentido aclarador el interesante cameo del director americano Samuel Fuller al
principio del film, en el que compara una película «con un campo de batalla. En él hay
amor, aventura, acción, muerte…En definitiva, emociones». Y ese es precisamente el
trasfondo de Pierrot, hablar de las emociones utilizando como telón de fondo (o más
bien teatro de marionetas) una historia de persecuciones. En el film no hay apenas
correspondencia entre la imagen mostrada y el diálogo que el espectador escucha, ya sea
mediante las voces en off o en las interpelaciones directas –a la manera brechtiana– de
los personajes a la audiencia.

La química entre los dos actores principales es otro de los pilares sobre los que se
sostiene la película. Jean-Paul Belmondo (que rezuma una capacidad innata de ser un
icono pop en cada una de sus poses) ya había trabajado dos veces con Godard, mientras
que Anna Karina (pareja del director por aquel entonces) era sin dudas su actriz fetiche,
ya que había estado presente en varios de sus films anteriores. Es decir, que el hecho de
que ambos protagonistas ya conocieran la manera de rodar de Godard facilitó
sobremanera que la película pudiera salir adelante, ya que es de sobras conocida la
leyenda de que el director trabajaba siempre sin guion e improvisando las secuencias a
partir de una sucinta idea previa. A pesar de todo, la propia Anna Karina afirmó que
cada escena estaba preparada al milímetro, y no resulta extraño al ver el resultado final,
donde, a pesar de la anarquía aparente, cada movimiento de los personajes encaja
perfectamente con el movimiento de la cámara, y viceversa.
Por muchas razones, Pierrot el loco se ha convertido, con el tiempo, en uno de los filmes
icónicos de la nouvelle vague y de todos los movimientos artísticos que se producían en
aquel momento (los colores, vivos y llamativos, remiten en ocasiones a la explosión
cromática del Pop-Art). El propio personaje interpretado por Belmondo simboliza al
mismo tiempo la dualidad entre la parte contemplativa del artista (en los momentos en
los que el personaje está leyendo o escribiendo y exige a su compañera que lo llame
Ferdinand) y la parte de acción y aventura, en la que el personaje es Pierrot el loco en su
sentido más pleno. Después de este film, Godard empezaría una nueva etapa más
combativa y comprometida, al calor de los acontecimientos de mayo del 68, no sin antes
haber dejado una de las piezas más extrañas y sugerentes de la historia del séptimo arte.

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