El primer largometraje que Saura dirigió, Los golfos (1959), fue seleccionado para participar en el festival de Cannes, “milagrosamente”, dice él con modestia. Aquella edición de 1960 fue histórica. Se exhibían nada menos que La aventura, de Antonioni, El manantial de la doncella, de Bergman o La dolce vita, de Fellini, que fue la que se alzó con el premio mayor, pero especialmente, a efectos de lo que aquí nos ocupa, La joven, una película de Luis Buñuel rodada en inglés, que hablaba del racismo y la solidaridad. No fue entendida en aquel festival, ni tampoco en Estados Unidos, donde se levantó una pequeña campaña contra Buñuel. Pero esto es anecdótico. Lo que importa aquí es que en aquel festival, Saura y Buñuel se encontraron frente a frente por primera vez, acompañados por Pere Portabella, productor de Los golfos. Buñuel tenía sesenta años y Saura, veintiocho. Se entendieron a la primera y cada uno se interesó por las películas del otro. Diez años atrás, Buñuel había sorprendido en Cannes con Los olvidados (1950), que podría tener algún parentesco con Los golfos, no en su forma pero sí en que ambas películas heredaban de algún modo el espíritu del neorrealismo. Sin embargo, no era el neorrealismo el principal punto de contacto artístico entre los dos autores, uno veterano, el otro en sus inicios, tanto como la intención de crear un mundo visual más complejo en el que la imaginación y lo onírico tuvieran la misma importancia que la realidad misma.
En 1966 Saura realizó La caza, “una obra auténticamente
personal”, que a Buñuel le interesó muchísimo”. Y no sólo a Buñuel. La caza
obtuvo el Oso de Oro del festival de Berlín y recorrió el mundo. “Se la
presenté en una proyección privada. Me confesó que le hubiera gustado haber
hecho él esa película. Sorprendido, me preguntó cómo había sido capaz de hacer
una película con un guion en el que los diálogos son tan vulgares que apenas
dicen nada interesante.”
A partir de La caza, Carlos Saura confesó abiertamente su
admiración por Buñuel, hasta el punto de dedicarle su película siguiente,
Peppermint frappé (1967). Y cuando, de nuevo coincidieron en Cannes, donde
Saura concursaba con La prima Angélica (premio especial del jurado 1974),
Buñuel declaró a su vez la admiración que le producía el cine de su amigo.
Saura había descubierto un camino nuevo y reconocía la
influencia del maestro que le había abierto los ojos. En España era posible
hacer un cine imaginativo, a la española, sobre la realidad española, como con
su genialidad hizo en la pintura el aragonés Goya. ¡En qué hora se le ocurrió a Saura hacer
estas declaraciones! A partir de entonces fueron muchos los críticos que
minusvaloraron su cine porque, en su opinión, se parecía al de Buñuel. Nada
menos cierto, sin embargo. Con miras comunes pero desde personalidades
lejanísimas entre sí, las obras de Buñuel y Saura han estado a veces en las
antípodas. Buñuel no tiene herederos, como tampoco Saura hasta ahora. “Creo que
sería imposible prolongar el cine de Buñuel. Con él se terminó Buñuel. Luis
Buñuel era simplemente Luis Buñuel” y Saura es simplemente “Carlos Saura”.


No hay comentarios:
Publicar un comentario