Sinopsis: Franquismo, años cuarenta. En una compañía de cómicos de la legua medio emparentados entre sí, aunque no recuerdan con precisión cuál es su parentesco, surgen amores y desamores. Hay separaciones dolorosas y encuentros felices; el trabajo se entremezcla con el amor, los problemas económicos con los familiares, y el hambre con el sueño de alcanzar el triunfo.
Sugerencia de enlace para ver el film: https://www.rtve.es/play/videos/cine-de-siempre/viaje-ninguna-parte/5811522/
Crítica:
Bajo el punto de vista del recuerdo, y no precisamente de la nostalgia, se cuenta este deambular de una serie de gente que iba de pueblo en pueblo, de tasca en tasca, y de batacazo tras batacazo, a leer unos textos con el mayor cariño del mundo, y con un hambre matadora.
Es una auténtica oda dedicada a un oficio jodido: el de actor. Narra la búsqueda de apaciguar el hambre con lo único que saben hacer y lo que han hecho siempre, que es actuar, ya sea bien o mal. Porque aspirar a la gloria es un chiste de mal gusto. Son los últimos eslabones de una cadena que se acerca a su fin, a la definitiva derrota. Al que las películas, los nuevos tiempos, la indiferencia del público, o vete tú a saber qué, han tocado de muerte.
Es una película en la que reina el sentimiento, y un retrato de la amargura formidable, pero muy disperso e irregular, tanto, como la carrera de un actor. Las interpretaciones de Fernando Fernán-Gómez, José Sacristán, Juan Diego y Agustín González son descomunales, sobre todo la del primero. Qué decir de ese señor, ese gran actor, esa presencia delante y detrás de una cámara, ese talento para conversar, bueno, y seguramente para lo que le diese la gana. Esta película es una muestra de ese inmenso talento, sin ir más lejos una de las escenas más grandes del film es en la que le dan un papel de extra a Fernando, tan desternillante como amarga.
Pero lo que voy a recordar de esta película no es el monólogo de José Sacristán como ese actor invisible, no al individuo, sino al grupo. Esos cómicos recorriendo los pueblos, con tristeza, con esfuerzo, con penas, pero por amor al arte. Ojalá que este viaje tan grande lo sigan continuando los artistas, y que sigan llegando a esa parte desconocida de nosotros para que nos sigan haciendo disfrutar. Gran película.
Los Premios Goya que nacieron en 1987 tuvieron uno de los mejores inicios que pudieron jamás soñar al tener como película ganadora a “El viaje a ninguna parte”, ya que estamos hablando de una de las mejores películas españolas de la década.
Es curioso que esta película no sea apenas conocida fuera de nuestras fronteras y resulta aún más patético que una y otra vez se patrocine y se subvencione películas para acudir a festivales internacionales que dan una imagen de España bastante equivocada, presentando un cine de marujeos y sectarismos ideológicos que poco ayudan a la reconciliación cultural.
Pero volviendo a la película en cuestión decir que “El viaje a ninguna parte” tiene todo aquello que necesita una película para ser muy buena: Un extraordinario guión con unos diálogos soberbios, una auténtica nómina de buenos actores y una dirección modélica con la cámara puesta donde tiene que estar sin necesidad de ser afectado por el baile de sambito.
Y el hombre que hace posible este milagro es nuestro Orson Welles español,
Fernando Fernán Gómez. Erudito, polivalente, intelectual y bastante a contrapelo. Un hombre que tiene un Goya como director, otro como guionista dos por actor principal y otro más por actor secundario nos da una idea de la dimensión de este todo. Y encima es un novelista de primera magnitud. En Alemania es uno de los españoles más admirados; normal, los germanos son gente seria.
Es verdad que su trayectoria como director está llena de obras irregularidades y de otras bastante olvidables eso es evidente, sin embargo cuando acierta lo hace de pleno, como es en este caso regalándonos una de sus tres mejores películas.
Las interpretaciones son inolvidables, en especial la de José Sacristán en estado de gracia, pero también otros como Agustín González que lo borda como empresario teatral tacaño.
¿Qué le falta para ser perfecta? Pues muy poca cosa, pero es cierto que la música del filme no acompaña en absoluto ya que es excesivamente fría y urbana . Faltaba un Jesús Gluck componiendo un tema emotivo.
También un cierto ensimismamiento con la profesión de los cómicos hace que se pueda producir un ligero distanciamiento con el gran público. Es una película endogámica y eso provoca indiferencia.
Dos horas de magia cinematográfica made in Spain.

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