"En tiempos en que las plataformas de cine y series se lo han fagocitado casi todo, volver a ver cine en una sala y poder comentar la película es recuperar la experiencia colectiva frente al individualismo de las pantallas, todo un acto de resistencia cultural".

miércoles, 24 de abril de 2024

Ciclo Expresionismo alemán, el cine de la República de Weimar: FAUSTO F.W. Murnau 1926



Sinopsis: Murnau adapta la obra de Goethe en este memorable drama humano que es "Fausto". Fausto, un sabio anciano pacta con el diablo, en principio, para librar al pueblo de la enfermedad que les acecha y les mata. Poco a poco Fausto se ve corrompido por el diablo Mefisto, ya que éste le tienta con la juventud eterna. Mefisto había pactado con el arcángel que si le robaba el alma a Fausto le daría la tierra, ya que según el propio diablo, ningún hombre se resiste al mal. Murnau creó una maravillosa cinta, tenebrosa, oscura, funesta, tétrica y realizó unos efectos especiales memorables. 



Obras Basadas en la Leyenda de Fausto


Crítica: "Fausto" ya es, para mí, la obra culminante de todas las de Murnau que he tenido la fortuna de ver. Alcanzando la cima del expresionismo estético en la sobrecogedora puesta en escena, combinado con un magistral guión basado en Fausto, uno de los personajes de las leyendas alemanas más populares, este drama mefistofélico queda como una de las cumbres de todo el cine europeo (y mundial) del siglo XX.

El famoso Fausto, un sabio y estudioso de la Edad Media que dio origen a diversas leyendas llevadas a la literatura (con la versión de Goethe como la más extendida), fue trasladado al celuloide por Murnau, quien confirió un toque de frescura romántica a su fascinante leyenda, envolviéndolo en una trágica historia de amor.
Fausto, el anciano que se ha pasado la vida entre libros, intentando hallar con sus investigaciones y con su búsqueda de la verdad un poco de luz entre el oscurantismo en el que está inmerso, se siente cada vez más impotente ante su inutilidad. Hay tantos fenómenos, tantas desgracias que escapan a los esfuerzos de su impotente sabiduría, que finalmente siente que Dios le ha abandonado, que todo es una farsa. Abatido, descubre una revelación que le incita a invocar al diablo. En su frustración ante un Dios que parece no escucharle, cree que el diablo es el único que puede ayudarle, y lo invoca.
El diablo le propone un pacto y le tienta ofreciéndole la juventud eterna. Al verse de nuevo como un joven vital, Fausto olvida sus propósitos de obtener más sabiduría para ayudar a sus semejantes, y se va dejando arrastrar por la seducción de los placeres mundanos, de las mujeres bellas... Hasta que un día conoce a Gretchen, una muchacha muy hermosa e inocente, y se enamora de ella.
Pero Mefisto, su siniestro acompañante, que ha esclavizado su alma pero no su corazón siempre libre, hará todo lo posible para truncar el amor de los jóvenes y sembrar todo el sufrimiento y la destrucción de los que sólo el diablo es capaz.
Increíble puesta en escena y ambientación, magníficos efectos visuales, espléndido en su histrionismo el actor que interpreta a Mefisto, y maravillosa historia que atrapa de principio a fin con su aire de cuento encantado en el que tanto un certero retrato de la esencia humana, como las terribles luchas entre el Bien y el Mal, entre el Amor y el Odio, permanecen inmunes, con su atmósfera atemporal, ante el paso del tiempo.
Ni siquiera el Diablo tiene poder para poseer el corazón de un ser humano.

La situación era insostenible a mediados de los años veinte en la República de Weimar. La Primera Guerra Mundial había pasado factura a los alemanes, precipitándolos al abismo de una crisis implacable. La condiciones impuestas por los vencedores en el Tratado de Versalles, entre las que se contemplaba el cierre de las exportaciones germanas, habían disparado la inflación generando el caldo de cultivo propicio para el imparable auge del nazismo. En medio de ese clima desolador, el cine alemán experimentó una de sus etapas de máximo esplendor de la mano de realizadores como Robert Wiene, Fritz Lang y Friedich Wilhelm Murnau. Este último estrenó en 1926 «Fausto» (Faust, 1926), la producción más cara hasta ese momento de la cinematografía alemana.

En 1924 Murnau llevó a la gran pantalla su película «El último» (Der letze mann, 1924), producida por Erich Pommer. El historiador Luciano Berriatúa, autor del libro «Los proverbios chinos de F. W. Murnau» (Filmoteca española, 1990), señala que este film fue realizado con el objeto de llegar al mercado exterior. Cabe señalar que, hasta 1920, la República de Weimar había cerrado las puertas a las producciones extranjeras, incentivando las producciones nacionales. Sin embargo, la crisis hacía inviable el afrontar el rodaje de superproducciones. Es por eso que, con el objeto de financiar «El último» se llegó a un acuerdo con empresarios alemanes afincados en los Estados Unidos. Berriatúa comenta que Murnau, Pommer y, posteriormente, Lang, viajaron a América y allí firmaron un consorcio integrado por las productoras Paramount, Metro-Goldwyn-Mayer y Universum Film AG (UFA) mediante el cual se accedía a facilitar la distribución de películas entre ambos países. Como fruto de ese trato, UFA produce dos superproducciones: «Fausto» y «Metrópolis» (íd., 1927).

«Fausto» es la última película de la etapa alemana de Murnau. La idea inicial es que el film fuese dirigido por Ludwig Berger. Sin embargo, el productor Erich Pommer optó por Murnau que, a sus treinta y ocho años de edad, había madurado por completo su propio estilo, siempre difícil de clasificar.

Se trata de una reinterpretación del clásico mito alemán, abordado magistralmente por Christopher Marlowe y por Goethe en los siglos XVI y XIX, respectivamente. Cuenta la historia de Fausto (Gösta Ekman), un anciano alquimista que tras, fracasar en su proyecto vital de hallar una pócima paraCartel erradicar la peste, firma un pacto con Mefisto (Emil Jannings) con el fin de alcanzar el bien a través del mal. Sin embargo, después de ser rechazado por sus conciudadanos, es tentado por la juventud y los placeres conduciendo hacia la desgracia a su amada, Gretchen (Camilla Horn).

Jordi Balló y Xavier Pérez afirman en su libro «La semilla inmortal. Los argumentos universales del cine» (Anagrama, 1997) que el «Fausto» de Murnau es una síntesis perfecta de los grandes temas del argumento faústico desde una concepción creativa e innovadora. El guión fue escrito por Hans Kyser bajo la tutela de los productores, interesados en que la película mostrara aspectos del folclore germano. Kyser fusiona estos elementos con otros procedentes de las interpretaciones de Marlowe, Goethe y del compositor francés Gounod. Sin embargo, Murnau, contrario a la postura de la productora opta por adaptar a su gusto el texto con la ayuda de Thea von Harbou, esposa por aquel entonces de Fritz Lang.

El carácter meticuloso de Murnau hizo que los preparativos y el rodaje de la película se prolongasen durante más de dos años. El proyecto contó con un presupuesto superior al millón de marcos, una cifra desorbitada para la época. El film destaca por su cuidado aspecto pictórico y por una imagen impecable. Berriatúa recuerda que el realizador germano, licenciado en Historia del Arte y Literatura, siempre había soñado con ser un pintor. La fotografía de «Fausto» recuerda a los grandes genios de la pintura, en especial a Rembrandt pero también a Böcklin, Munch, Kaulbach o a los prerrafaelistas.

Carl Hoffman fue el encargado de la dirección de fotografía. El proyecto inicial contemplaba la contratación de Karl Freund, con quien Murnau ya había trabajado en el rodaje de «El último». No obstante, Freund, más interesado en participar en el rodaje de «Metrópolis» había dejado en la estacada a su antiguo compañero. «Murnau no se entendía muy bien con Hoffman. Se encuentra con un director de fotografía que quiere hacer una imagen muy preciosista y pictórica pero cuyas imágenes no sirven para atrapar al espectador y crearle emociones como él pretendía», matiza el historiador.

La composición de los planos destaca por su exquisitez y por un control magistral de las líneas de fuga, utilizadas en numerosas escenas para conducir la mirada del espectador hacia puntos concretos de la pantalla. Durante el rodaje fueron empleadas dos cámaras y algunos de las escenas fueron grabadas varias veces durante interminables jornadas de trabajo. Por ejemplo, se empleó un día entero para filmar la escena en la que las letras del contrato con el diablo aparecen por arte de magia. Por otra parte, el uso expresionista de la luz es heredero directo de la etapa teatral de Murnau en la compañía de Max Reinhardt, quien dotaba a sus puestas en escena con logrados efectos lumínicos y que recurría a pintores como Munch para la realización de sus decorados.

Asimismo, «Fausto» pone de relieve el grado de perfección alcanzado por Murnau en el empleo de los efectos especiales. El realizador se apoyó en el trabajo de los escenógrafos Robert Herith y Walter Röhrig, con los que ya había trabajado durante el rodaje de «El último» y de «Tartufo» (Herr Tartüff, 1925). Röhrig poseía una trayectoria ampliamente contrastada y había formado parte del equipo de rodaje de «El gabinete del doctor Caligari» (Das kabinett des Dr.Fausto y Mefisto Caligari, 1920), dirigida por Wiene y considerada la obra más representativa del cine expresionista alemán. Herith y Röhrig son los artífices de las maquetas o de los escenarios en los que se desarrolla la acción. Escenas como el trepidante vuelo de Mefisto y Fausto a la ciudad de Parma, la invocación al diablo en un cruce de caminos o la amenaza de Mefisto sobre la ciudad sientan cátedra sobre lo que Murnau era capaz de hacer con los medios de la época.

Berriatúa sostiene que la elección de los actores estuvo sujeta al grado de implicación de la Metro-Goldwyn-Mayer en la financiación. Si la compañía americana aportaba el presupuesto necesario Murnau estaba dispuesto a contratar a Lillian Gish, John Barrymore o Greta Garbo. Finalmente, MGM sólo participó en la distribución y en la coproducción americano-europea.

Emil Jannings, que encarna a Mephisto, encabeza el reparto. Era el actor de moda en la República de Weimar y había protagonizado dos películas de Murnau: «El último» y «Tartufo». Su estatus le había permitido cobrar 600.000 marcos por su interpretación, tal y como precisa Emil JanningsBerriatúa. No obstante, y a pesar de su ego, elevado por la nubes, se tuvo que adaptar a la estricta disciplina de Murnau, quien controlaba todos y cada uno de los detalles de sus actores con el objeto de alcanzar la máxima perfección. Jannings cumple las expectativas con creces y realiza una interpretación soberbia. Un año más tarde, se convirtió en el primer actor ganador de un Oscar por su interpretación en la película «La última orden» (The last command, 1928), de Josef von Sternberg.

Gretchen, la auténtica víctima del «Fausto» de Murnau, es interpretada por Camilla Horn, una joven actriz y bailarina que había compartido protagonismo con Marlene Dietrich, apenas un año antes, en la película «La señora no quiere niños» (Madame wünscht keine kinder, 1926), de Alexander Korda. Murnau presenta a Gretchen como una jovencita inocente enamorada de Fausto. Nada que ver con la Gretchen de Goethe, la cual no duda en dejar señales para manifestar a su querido sus intenciones libidinosas.

El actor sueco Gösta Ekman es el encargado de interpretar a Fausto. El trabajo de maquillaje le hace irreconocible durante los primeros compases de la película, en los que se muestra a un Fausto anciano y decrépito, decepcionado por ser incapaz de ayudar a sus semejantes. Fausto, tentado por Mefisto, aceptará sellar su pacto con el mal a cambio de la juventud y los placeres de la vida. Durante el rodaje de «Fausto», Ekman desarrolló una adicción a la cocaína en un intento por soportar su intenso ritmo de trabajo. El abuso de las drogas acabaría con su vida a la temprana edad de 47 años.

Yvette Guilbert, la cantante de guantes negros retratada por Toulouse-Lautrec en el Moulin Rouge, da vida a Marthe, la pícara tía de Gretchen. Su presencia en la película responde a la coproducción de MGM. A mediados de los años veinte, la que había sido considerada por Sigmund Freud como su cantante favorita, ofrecía clases de canto en Nueva York y París.Fausto Gretchen y Mephisto

El elenco se completa con William Dieterle, mucho más conocido por su trabajo como director. Interpreta a Valentin, hermano de Gretchen. Dieterle, que también había trabajado en la compañía teatral de Reinhardt, fundó apenas un año después del estreno de «Fausto» su propia empresa cinematográfica.

«Fausto» se convirtió en el pasaporte directo para Murnau a Hollywood. En 1926 se estableció en los Estados Unidos tras firmar un contrato con «Fox Studio». Allí rodó cuatro películas entre las que destaca «Amanecer» (Sunrise, 1927), considerada por muchos la mejor película de la era silente. El 11 de marzo de 1931, una semana antes del estreno de su último film, «Tabú» (íd., 1931), su coche se estrelló contra un poste. Como consecuencia de las lesiones perdió la vida un día después.

El historiador Berriatúa, responsable de la restauración del montaje pensado por Murnau para ser proyectado en Alemania, sostiene la presencia de una doble lectura en «Fausto». Comenta que, al igual que sucede en otras de sus películas, oculta una crítica a la homofobia. El estudioso señala que Murnau -cuya condición sexual era la de homosexual- traslada a la pantalla la persecución que por aquel entonces sufrían los homosexuales de un modo sutil, camuflada a través del escarmiento que sufre Gretchen tras ser descubierta con Fausto en su alcoba. Murnau realiza una inversión de los elementos para jugar con el inconsciente del espectador y hacer proselitismo de esta causa. «Al final de la película, deja claro que lo único que importa es el amor», subraya.


 

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